La ética del juez
La ética del juez
1 junio 2013
Autor:
Sección: Opinión

Teófilo Abdo Kuri

El pueblo de México requiere que los jueces que integran el Poder Judicial asuman con dinamismo, responsabilidad, conocimiento, actualización, sensibilidad y humanismo el compromiso que adquirieron, exige el autor, juez primero familiar del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal.

De acuerdo con nuestra historia, que a lo largo de los años ha sido plasmada jurídicamente en nuestra Constitución, necesitamos jueces que estén a la altura de los imperativos de la realidad contemporánea y que aglutinen tanto deberes profesionales, legales y sociales como virtudes relacionadas con los valores más sublimes inherentes a la función que desempeñan: justicia, ética y sabiduría.

Por eso, quien desempeña esta noble función sabe que no existe mayor distinción y responsabilidad para un ser humano que la de juzgar a su propio género, al tener que dirimir sus diferencias, evaluando su conducta y resolviendo, en el caso concreto, la aplicación de las normas jurídicas que hagan posible la convivencia de la sociedad y la vigencia de las instituciones en estricta armonía con la justicia.

Por lo anterior, el juzgador debe integrar la experiencia, la honestidad, el sentido común y el amor por su función, lo que conlleva al equilibrio emocional como base indispensable de su imparcialidad, su autonomía y su independencia, principios fundamentales de su actuación.

En ese contexto, la mística del juzgador consiste en escuchar todas las voces que se pronuncien, analizar sus planteamientos y buscar en la ley, con justicia, la solución viable a sus reclamos, haciendo realidad el pensamiento de José María Morelos y Pavón, en el sentido de que en una nación “lo fundamental es un Poder Judicial independiente y capaz de hacer de la ley límite y espacio de la libertad”.

En este nuevo siglo, la sociedad mexicana requiere seguridad jurídica y que las instituciones democráticas atiendan en tiempo y forma sus reclamos. En ese sentido, el Poder Judicial local desempeña un papel importante, ya que la vida en sociedad exige que quien deba dirimir los desacuerdos que se presenten en su seno, otorgue certeza jurídica, irrestricta aplicación del Derecho y una adecuada interpretación de las normas. Y es aquí donde el papel del juzgador es de gran trascendencia para responder en forma adecuada a los reclamos de justicia.

Sin embargo, para lograrlo el profesionista que pretende impartir justicia debe tener vocación de servidor público para apoyar a la ciudadanía, entender la difícil misión que tiene que realizar diaria y permanentemente, pues en un sinnúmero de ocasiones no le permite descanso, ya que inclusive en casa continúa estudiando y analizando uno o varios asuntos, y despertando por las noches iluminado con la eventual solución a los problemas.

Para el juez es inadmisible la impasibilidad, ya que se trata de una tarea constante, en la que el justiciable ansía, con un grito desesperado la mayoría de las veces, que se reconozcan sus derechos que reclama ante la autoridad jurisdiccional, los que al ser juzgados con justicia, en congruencia con la ley, traen como consecuencia que en todo momento se preserve la paz, con el objeto de que la sociedad mexicana goce de armonía y confíe en sus instituciones.

Por lo tanto, un juzgador debe mantener el equilibrio entre las partes, para que al agotarse los procedimientos emita su sentencia libre de pasiones e inclinaciones. Un buen juzgador debe evitar que otros pretendan influir en su ánimo y en sus resoluciones, aun cuando quien lo pretenda hacer sea el presidente del tribunal.

El sacrificio y el esfuerzo que costó alcanzar el sueño de impartir justicia, que es una misión que tienen pocas personas ante un pueblo entero, bien vale la pena no permitir la injerencia de los demás en las decisiones personales. Por lo cual la imagen de hombre íntegro debe brillar y aparecer en toda la carrera del juez, quien siempre debe estar consciente de sus alcances y de sus limitaciones, y plenamente convencido de su vocación y de su responsabilidad social, con un cariño entrañable por la función jurisdiccional, con una sed de conocimiento, y con un gran amor a sí mismo, a su país y a la tranquilidad personal y familiar.

Coincido con el maestro Ignacio Burgoa: “Las funciones judiciales requieren un sentido de la justicia social en quienes las desempeñan, no para administrarla, sino para interpretar el Derecho conforme a ese valor. Sin dicho sentimiento, el juez, cuando mucho, será un frío aplicador de la ley, sin el calor humano que la justicia exige. Y es precisamente por medio de su labor interpretativa como los juzgadores construyen o crean el Derecho gracias a las normas que establecen en sus fallos para dar sustancialidad al mero positivismo jurídico. Estos imperativos deontológicos no podrían lograrse sin otras cualidades que el juez debe tener: la imparcialidad y el valor civil; la primera, para mantener el equilibrio entre las partes contendientes, y la segunda, para resistir a toda clase de influencias que provengan del poder público del Estado, principalmente cuando se trata del control constitucional. Un juez parcial y cobarde es un corrupto aunque no sea venal; es decir, no es auténtico juez, a pesar de que ostente un nombramiento inmerecido. Daña gravemente al Derecho y a la sociedad, que lo desprecia por su inmoralidad o le teme por su prepotencia abyecta y servil. El juez sapiente, honesto, digno y valiente que cumple su deber con gallardía, firmeza y seguridad, en cambio, es un funcionario respetado y respetable a quien hasta los poderosos temen y acatan por su excelencia, objetividad, imparcialidad profesionalismo e independencia”.

Por el contrario, las injusticias que cometen los jueces por quebrantar el Derecho se revierten contra ellos. Sufre más quien las perpetra, que quien las padece, porque contra aquél se vuelca el rechazo de la sociedad.

En manos de los buenos jueces está la preservación del régimen democrático, la efectividad del Derecho y la confianza popular en la administración de justicia. El magistrado que da consigna a un juez para fallar en el sentido que le indica se convierte en cómplice de un atentado contra la justicia y merece la execración pública, que obviamente se extiende al funcionario judicial que ha cedido a la presión. El juez cobarde, que acepta la indignidad y la vileza a cambio de permanecer en el cargo que deshonra, no puede tener limpia su conciencia. En su fuero interno seguramente experimentará la vergüenza de su comportamiento ante su familia y ante la sociedad a la que traiciona, exponiéndose a la reprobación moral generalizada.

Por lo anterior, la petición de un superior se debe atender con amabilidad y respeto, sin importar la forma en que se realice, pero sin acatarla ciegamente. Deberá atenderse a las circunstancias del caso concreto y a la aplicación de la ley con justicia, mas no atendiendo a la postura de quien pretende determinar la forma en que debe de resolverse un conflicto. Aquí son aplicables las palabras del filósofo griego Sócrates, cuando se refiere a las cualidades que deben poseer los jueces: Escuchar cortésmente, contestar sabiamente, considerar todo sobriamente, y decidir imparcialmente”.

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