El problema no es Trump

El problema no es Trump

Estamos a punto de saber qué ocurrirá con el Tratado de Libre Comercio (TLC) que, desde hace años, oxigena la economía de Canadá, Estados Unidos y México. En nuestro país se teme la retirada de Estados Unidos y se critica la mala voluntad del presidente norteamericano, Donald Trump, que parece ignorar la importancia que tiene el libre comercio en el siglo XXI.

La crítica es acertada, pero pasa por alto que, en las circunstancias actuales, las pérdidas de Estados Unidos no serían tan graves: a fin de cuentas, el consumidor estadounidense pagaría un poco más por los automóviles que adquiera. Diferido este pago significaría 20 dólares más cada mes. A cambio, Trump anunciaría, triunfal, que allá se crearán más empleos y que los recursos que se obtengan se invertirán en proyectos que hagan grande a América de nuevo.

Las mayores pérdidas serían, sin duda, para nuestro país. “Si Estados Unidos sale del Tratado de Libre Comercio —declaró Luis Videgaray, secretario de Relaciones Exteriores— presionaremos en otras áreas.” Pero ¿en qué otras áreas vamos a presionar? Lo que anhela Trump es separarse de México por completo: por todos lados. El muro que propuso es lo menos importante en la escisión a la que aspira. No quiere nada con nosotros.

Pero el problema no es Trump: durante décadas, México ha permitido que la desigualdad se haya convertido en el eje de su vida política, económica y social, así como que esta desigualdad sea la madre de todos nuestros problemas. Trump no tiene la culpa de que nuestro sistema político esté diseñado para favorecer solamente a un pequeño grupo de mexicanos, a costa de las mayorías.

De acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, en su Panorama social de América Latina 2016, dos terceras partes de los activos físicos y financieros de México está en manos de 10 por ciento de los mexicanos y solamente 10 por ciento de las empresas concentra 90 por ciento de la producción.

Oxfam, por su parte, nos recuerda que 45 millones de mexicanos viven en la pobreza: 21 por ciento de los ingresos de todo el país está en manos de 1 por ciento de la población. La organización da nombres: Carlos Slim, Germán Larrea, Alberto Bailleres y Ricardo Salinas Pliego tienen, en sus manos, 10 por ciento de la riqueza nacional.

Figuras como el amparo, que permiten que una ley sea inconstitucional para quienes lo obtienen, pero constitucional para quienes no pueden pagarlo; decenas de nuestras laberínticas disposiciones fiscales, diseñadas para favorecer a los monopolios; organismos “autónomos” que sólo sirven de mascarada; prebendas como la que tenía la esposa del dirigente del Partido del Trabajo en las guarderías infantiles (CENDIS); organizaciones que sólo sirven para desviar el presupuesto público, y la oscuridad que, pese al discurso oficial, prevalece en las cámaras de diputados y senadores, son apenas algunas de las estructuras que apuntalan esta desigualdad.

En este escenario es fácil explicar por qué tantos mexicanos sueñan en emigrar a Estados Unidos; por qué las inversiones decaen; por qué tantas personas prefieren actuar al margen de la ley; por qué la delincuencia ordinaria y la organizada se han disparado y por qué se advierte un encono cada día mayor en México. Las elecciones de 2018 serán, a no dudarlo, un termómetro de lo que ocurre en el país.

Algunos de los beneficiarios de este sistema exigen que el Ejército, la Marina y los policías repriman a los inconformes. Pero los inconformes ya están por todas partes y el uso de la violencia legítima se desdeña, como opción, cada vez con mayor energía.

Ocurra lo que ocurra con Trump y con el TLC, es hora de que México se haga cargo de su destino y que tanto empresarios como políticos entiendan que ha llegado la hora de desmantelar este régimen tan excluyente. A estas alturas, depender de Estados Unidos parece una idea difícil de sostener.  

 

 

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Revista El Mundo del Abogado