La Suprema Corte se está debilitando

La Suprema Corte se está debilitando

Cuando, en 1994, Ernesto Zedillo llegó al poder, una de sus primeras decisiones fue desmantelar la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Lejos de que ésta fuera un tribunal de casación eficaz, lejos de ser el tribunal constitucional que se esperaba que fuera —garante de la división de poderes en México—, se había convertido en un órgano de tráfico de influencias. En el mejor de los casos, en un cuerpo legitimador de las decisiones del Poder Ejecutivo. La iniciativa de Zedillo halló apoyo unánime dentro y fuera del mundo jurídico del país.

Con la reforma, la Corte se revitalizó y comenzó a actuar como un auténtico tribunal constitucional. No sólo a la hora de establecer criterios novedosos y valientes para los tribunales sino a la de proteger los derechos humanos de los mexicanos. Teníamos muchos motivos para enorgullecernos de ella. A más de 20 años de esta reforma, no obstante, la Corte parece empezar a perder su punch.

Hace unas semanas, uno de los ministros se reunió con jueces y magistrados federales para advertirles que el papel del Poder Judicial era respaldar al gobierno de la República. Aunque aplaudieron en público, muchos de los asistentes a aquella reunión salieron escandalizados… ¿El ministro habría perdido la brújula?

Pero no: no la había perdido. Si miramos las recientes decisiones de nuestro Máximo Tribunal, confirmaremos que algo delicado está sucediendo. Nadie niega los momentos luminosos que ha tenido la Corte en los últimos años —momentos reconocidos incluso por la ONU—, ni la presencia de juristas brillantes dentro del pleno. Pero esto no basta para rescatarla de los nubarrones que se divisan…

La luz roja se encendió cuando la Corte legitimó la ocurrencia de un puñado de legisladores para que se prolongara el periodo de gestión de los recién electos magistrados electorales. Si ya se les había elegido para tres y seis años, ¿por qué no alargar su periodo a siete y ocho años, respectivamente? Cualquier alumno de primer semestre de la carrera de Derecho habría dicho que eso requería reformas legales. Hubo quien creyó que la Corte rectificaría la pifia y llevó el asunto ante el Máximo Tribunal. Pero el Máximo Tribunal dejó estupefacta a la comunidad jurídica, declarando que la prolongación del periodo estaba justificada.

Ahora que el Tribunal Electoral declaró que la elección del gobernador de Coahuila fue válida, pese a que éste excedió los montos permitidos y pese al dictamen adverso del Instituto Nacional Electoral, el desatino de la Corte parece entendible: hay que apoyar a los magistrados electorales para que éstos voten como se les indique. Si las resoluciones son constitucionales o no, eso es lo de menos. Si el mensaje que acaba de enviar el Tribunal Electoral es que no se sancionará ningún exceso en las campañas, eso tampoco tiene importancia.

Pero la fragilidad de la Corte no sólo se advierte en estos fallos. A finales de noviembre resolvió que las previsiones legales que permiten al Ministerio Público solicitar a la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV) datos sobre las cuentas bancarias de una persona investigada son inconstitucionales. ¿Cómo pudo ocurrírsele a la Corte algo tan desatinado, cuando los mexicanos están tan indignados contra la corrupción? Mientras en países como Singapur se investiga el enriquecimiento inexplicable a través de las pesquisas del fiscal, aquí la Corte impide cualquier investigación que pueda incomodar a quienes lavan dinero o lo desvían.

“Es indignante la corrupción de gobernantes y empresarios”, declaró en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara el ministro Luis María Aguilar, presidente de la Suprema Corte. Y tiene razón. Pero la Corte, en lugar de ser un contrapeso, una institución que obligue a la rendición de cuentas, la conciencia constitucional del país, ha perdido su esencia. “Al sistema político le urgen ejemplos para remontar la credibilidad”, expresó el ministro Arturo Zaldívar a El País. También él acierta, pero ¿esto será posible?, ¿la Corte podrá ayudar a ello? No dejemos que la Corte pierda su razón de ser. En palabras bíblicas, hay poco que hacer cuando la sal pierde su sabor.

 

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Revista El Mundo del Abogado