Lo que no debe olvidar el presidente de la Barra Mexicana

Lo que no debe olvidar el presidente de la Barra Mexicana

Pocos presidentes de la Barra Mexicana, Colegio de Abogados, han llegado al cargo con las expectativas que ha generado José Mario de la Garza. Su juventud, empuje y visión lo hacían, desde hacía tiempo, una promesa enorme.

Su toma de posesión en el Club de Industriales, a la que no faltaron ni el procurador general de la República, ni ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, gobernadores, altos servidores públicos y la crema y nata del mundo jurídico de México, confirmó estas expectativas.

El discurso de De la Garza las aumentó. Hacer de la Barra Mexicana “la conciencia jurídica de nuestro país” le generó aplausos a granel. Cuando aseguró que “la vocación de nuestra disciplina es la que nos llama a asumir una postura más activa, más firme y más decidida en estos difíciles días que vivimos en nuestro México, con el fin de disipar las sombras que amenazan nuestro futuro”, sus promotores intercambiaron sonrisas y codazos de satisfacción.

“Tenemos una responsabilidad social enorme —continuó— y debemos comprometernos y colaborar activamente por la restauración del Estado de Derecho.” Su tono triunfal, sin embargo, concluyó con 10 líneas estratégicas que, pese a la introducción discursiva, tuvieron un enfoque doméstico: formular la identidad como barristas, fortalecer la profesionalización del colegio, alentar la participación de las mujeres o “proclamar, alentar y mantener la mística y la fraternidad entre los abogados barristas” no parecen metas muy ambiciosas. En todo caso, ninguna que sus antecesores no haya intentado.

Por ello debemos concentrarnos más en sus planteamientos introductorios que en este sencillo programa de trabajo. La pregunta es: ¿se dará cuenta José Mario de la Garza de que mientras no exista la colegiación obligatoria la Barra y todos los colegios no podrán tener la relevancia que él quisiera? ¿Advertirá que, para “asumir una postura más activa”, tendría que lograr el consenso de los miembros de una asociación que se dedican a defender los intereses más opuestos?

Porque en la Barra Mexicana hay abogados que se oponen al muro que prometió el presidente estadounidense Donald Trump, y otros que, bien pagados, lo defenderían. Algunos de sus integrantes luchan por permitir que las mujeres decidan si quieren continuar con un embarazo y otros luchan para impedir que las mujeres ejerzan ese derecho. Unos aceptan la siembra y el consumo de la mariguana para fines lúdicos, mientras otros han lanzado ataques permanentes para estorbarlo.

En otras trincheras, algunos miembros de la Barra creen que el nuevo Sistema Nacional Anticorrupción es una farsa —ya tenemos todo lo que se supone que aportará el sistema— y otros son sus más entusiastas promotores. Algunos piensan que el Código Nacional de Procedimientos Penales, que privilegia el arreglo amistoso de los conflictos y la reparación del daño, dará nuevos aires a México, y otros, al ver que perderán clientes y la oportunidad de patrocinar litigios, lo socavan desde donde pueden.

Y así, ad infinitum. Por lo anterior parece difícil que De la Garza logre hacer de la Barra Mexicana esa conciencia jurídica que parece tan necesaria en el país. El pluralismo del colegio puede jugar en contra de su proyecto. Más, cuando tantos de sus miembros se asumen como custodios del statu quo. ¿Cuántos aceptarían pronunciarse a favor o no en contra del matrimonio gay en las entidades federativas o sobre la Ley de Seguridad Interior?

El presidente de la Barra tendrá que consensar posiciones muy claras —y muy firmes— dentro del colegio. A lo más que han llegado sus antecesores es a publicar “enérgicos posicionamientos” sobre algún tema donde nadie sale lastimado. Ni clientes, ni jueces, ni autoridades. Algo así como “la defensa de la defensa”, que se intentó hace unos años.

Sea como sea, hay que desearle éxito: puede darnos una sorpresa a todos. En dos años veremos si realizó su programa…

 

Ángel M. Junquera Sepúlveda

Director general

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