Homo Deus. Breve historia del mañana

Homo Deus. Breve historia del mañana

Yuval Noah Harari

Debate, México, 2016

Si usted pretende leer un libro en 2017 —uno sólo— sugiero que éste sea Homo Deus, de Yuval Noah Harari. Después de Por qué fracasan los países, de Daron Acemoglu y James Robinson, esta “breve historia del mañana” es lo mejor que he leído en los últimos años.

Harari, historiador de formación, comienza su trabajo con un tono festivo. Pese a las profecías catastróficas, el mundo está mejor que nunca, dice: las personas son más sanas, las guerras han disminuido y, si consideramos que en 2010 los terroristas asesinaron a 7,700 personas en el mundo, mientras que tres millones murieron por enfermedades vinculadas con el azúcar, el argumento se sostiene: “Para el norteamericano medio, la Coca-Cola representa una amenaza mucho más letal que al-Qaeda”.

Controladas la enfermedad, el hambre y la guerra, los hombres, siempre insaciables, quieren ahora la felicidad, la inmortalidad y hasta la divinidad. Y, gracias a la tecnología, es posible que las consigan. A partir de este postulado, la lectura resulta de enorme relevancia para cualquier estudioso del Derecho o para cualquier profesionista interesado en dar forma política —y jurídica— a la tempestad que se anuncia.

De acuerdo con el autor, lo que distingue al hombre de los animales es su capacidad para organizarse. La organización ha permitido que los seres humanos sometamos a los animales domésticos (la parte que Harari dedica a éstos es escalofriante) y también ha permitido que unas élites sometan a las mayorías desorganizadas. También, que podamos lanzar satélites al espacio. Los grandes triunfos del hombre son resultado de la organización. Corrijo: de la cooperación organizada.

Dada nuestra capacidad de abstraer y crear símbolos, sin embargo, la organización requiere una “causa”: Dios, la patria, la libertad… Miles de guerras se han librado en nombre de estas abstracciones y en su nombre han surgido, también, libros, cuadros, edificios, sistemas jurídicos e instituciones políticas… Creer en Dios, en la nación, en la ley o en el dinero (ficciones todas ellas) da sentido a nuestra vida y hace que las cosas funcionen.

No obstante lo anterior, estas causas han sido asediadas por la economía, por la globalización y, sobre todo, por la ciencia. Hoy sabemos que cada uno de nosotros es una máquina, “un algoritmo” que puede medirse y alterarse al gusto. No sabemos aún cómo es que las señales eléctricas de nuestras 80,000 millones de neuronas producen sensaciones, emociones y deseos, pero ya no hay duda: estamos formados y determinados por partículas que pueden ser estimuladas y modificadas.

Ya ni siquiera Dios y la ilusión de un plan divino nos convencen. La creencia en el “yo” o en el alma se ha esfumado: “La teoría de la evolución no puede aceptar la idea del alma. Al menos, si por ‘alma’ nos referimos a algo indivisible, inmutable y potencialmente eterno. Una entidad semejante no podría derivarse de una evolución progresiva”.

La religión del siglo XXI es el humanismo, pues, al no haber paraísos tras nuestra muerte, estamos obligados a construirlos en la tierra. A cambio de admitir que nuestra vida carece de sentido, buscamos una vida más cómoda y más larga, donde nuestros sentimientos determinen nuestras decisiones. A medida que conozcamos nuestra naturaleza y la manera de alterarla, podremos vivir 400 años, diseñar los rasgos del aspecto, la inteligencia y las emociones de nuestros hijos y acabar con la guerra y el delito, si nos place.

Pero ¿de veras somos libres para decidir lo que queremos? La libertad es un bastión que también está a punto de derrumbarse, como lo demuestran múltiples experimentos que, de confirmarse, darían al traste con lo que hoy consideramos fundamento de la cohesión social y del Derecho, pues, ¿qué es un sistema jurídico donde no hay sitio para la libertad?

Por otra parte, ¿qué pasará, por ejemplo, cuando la inteligencia artificial consiga mejores resultados que los humanos? ¿Viviremos en un mundo donde sólo un puñado de seres humanos “diseñados” a su propio gusto, y dueños de los datos de todos nosotros —los sacerdotes de la religión venidera: el dataísmo—, tendrán el control? Porque los datos para hacer y deshacer los algoritmos lo serían todo.

El tono provocativo de Harari, su vaticinio de que los hombres nos volveremos cada vez más fútiles y de que se desvanecerá la “utilidad” que supusieron capitalismo, socialismo y liberalismo, tiene algo de escalofriante… Nadie sale indemne de la lectura de este formidable libro.

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