Antonin Scalia: centinela del statu quo

Antonin Scalia: centinela del statu quo

 

La muerte del justice Antonin Scalia, de la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos, ha suscitado un enconado debate en ese país para determinar no sólo quién debe sustituirlo sino qué presidente deberá postular al candidato en cuestión.

 

 

La muerte del justice Antonin Scalia, de la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos, ha suscitado un enconado debate en ese país para determinar no sólo quién debe sustituirlo sino qué presidente —o presidenta— deberá postular al candidato en cuestión.

El motivo es entendible: Scalia era el adalid de los grupos conservadores y éstos temen que si el presidente Barack Obama formula una propuesta ante el Senado, el Máximo Tribunal pueda desbalancearse a favor del ala liberal. Confiados en tener la mayoría, algunos senadores republicanos han llegado al extremo de advertir que si Obama insiste en enviar un nombre, ellos congelarán el proceso.

Con el argumento de que él no podía inventar nada que no estableciera la Constitución, Scalia solía decir, en broma, que él prefería una Constitución muerta que una Constitución viva. Pero, entre broma y broma, la verdad asoma: se opuso a todo intento por ampliar los derechos de los norteamericanos —desde el de las mujeres a interrumpir un embarazo hasta la posibilidad de que una persona pudiera contraer matrimonio con otra de su propio sexo—, obstaculizó los derechos de los migrantes y defendió, con vigor inusitado, el derecho de todos los estadounidenses a comprar y a portar armas de fuego.

“No se puede manipular la ley a nuestro antojo”, repetía. Si los Estados Unidos querían nuevas leyes, el Congreso debía proveerlas. No la Suprema Corte. La judicatura no podía, no debía, invadir una esfera que no era suya. Le aterraba la idea de un gobierno de jueces. “Hay que volver a nuestras raíces”, insistía: los padres fundadores de la nación, por ejemplo, nunca tuvieron la ocurrencia de crear un sistema de seguridad social para los más necesitados. ¿Por qué, entonces, se iba a instrumentar ese sistema?

Denominó a sus posturas originalismo y textualismo. Durante los 30 años que estuvo en el Máximo Tribunal, desde que lo nominó el presidente Ronald Reagan, las defendió con agudeza deslumbrante: The rule of law is the law of rules”, repetía. ¿De dónde sacaban sus colegas que una figura como la affirmative action podía discutirse en la Suprema Corte? La Constitución no decía nada al respecto y tratar de forzar el texto era poco jurídico. Poco jurídico y poco ético. “La Constitución dice lo que dice y no lo que se le ocurra a un grupo de iluminados.”

Por supuesto, no compartí sus posiciones: ¿para qué servía, entonces, una Corte constitucional? Admito que Scalia hizo aportaciones significativas a favor de los detenidos pero, en general, se opuso sistemáticamente al carácter progresivo de los derechos humanos.

Cuando visité la Suprema Corte de los Estados Unidos y tuve la oportunidad de conversar con él, le hice una pregunta que suelo hacer a las figuras distinguidas con las que he llegado a encontrarme: “¿Cuál era el personaje de su país que más admiraba?” “George Washington”, respondió sin titubear. “¿Le resulta más seductor que Hamilton, Jefferson, Franklin o Madison?”, lo provoqué. “Washington era jefe de todos ellos”, me respondió con un guiño.

Me obsequió y dedicó su libro Making Your Case, que escribió junto al litigante Bryan A. Garner. El trabajo me parece un ejercicio de lucidez y precisión sobre cómo se preparan y se ganan los juicios. Es uno de esos libros que, ahora que estrenaremos un sistema de justicia similar al norteamericano, deberíamos traducir. No me gusta el legado de Scalia, subrayo, pero debo admitir que al establishment de los Estados Unidos le va a costar mucho trabajo encontrar a un vocero más elocuente. Descanse en paz.

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Revista El Mundo del Abogado