Carlos de Silva Nava

Carlos de Silva Nava

 

Año 1986. El Aula Magna Jacinto Pallares de la Facultad de Derecho de la UNAM se engalanaba con la conferencia magistral de Carlos de Silva Nava sobre el amparo contra leyes. El seminario lo organizaba la sociedad de alumnos de la División de Estudios de Posgrado, presidida por el actual ministro Arturo Zaldívar.

La disertación fue excelsa. De singular inteligencia, su lógica era implacable. Con cadencia y elegancia, durante más de una hora embelesó al auditorio. Dejó constancia de su celebridad como jurisconsulto, uno de los mejores en la historia de México, y de por qué se le considera uno de los arquitectos del juicio de amparo.

Año 1995. En la cúspide como ministro de la Suprema Corte, una reforma constitucional precipitó la jubilación de don Carlos. Pero la vida es sabia, tiene sus derroteros. Lo que en principio parecía un tropiezo, con el paso del tiempo nos ofrendó su mejor faceta como jurista.

Ese año el ministro José Ramón Cossío acertó en invitarlo como investigador de tiempo completo en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Como profesor de Derecho constitucional y de amparo acompañó a cientos de jóvenes en su incursión en el mundo jurídico. Era un maestro en el sentido integral de la palabra. Sus enseñanzas no se limitaban a la lectura y la explicación de los textos legales. Su didáctica era amplia y profunda: guiaba a los alumnos en los insondables laberintos del Derecho. Con sustento teórico los inducía en la especulación práctica.

Fue un hombre con iniciativa. Junto con otras personalidades de los ámbitos jurídico y empresarial fundó el Centro de Arbitraje de México, en el que presidió el consejo general. Sin ser árbitro, el juicio sereno e imparcial del cargo reafirmaba su vocación como juez. Un lance que vitalizó sus andanzas procesales.

La teoría pura la preñaba de pragmatismo. De su autoría son las frases: “Tenga usted cuidado con lo que pida en amparo, no vaya siendo que el juez se lo conceda”. O ésta: “Las sentencias deben apreciarse deportivamente: a veces se gana, a veces se pierde. El empate no existe. Lo relevante es la honorabilidad de los jueces y la congruencia técnica de sus decisiones”. O bien: “Don Luis, su argumentación no me convence, pero en una de esas el juez la hace suya. Dependerá de cómo plantee el caso”.

Rezumaba sapiencia. La finura de sus reflexiones potenciaba su ecuanimidad dialéctica. Su lucha contra el automatismo racional era irreductible. Como por ensalmo, la aridez (aparente) del Derecho procesal la fecundizaba con estrategias jurídicas. Reservado en sus opiniones, esperaba el momento propicio para pronunciarse, lo cual en ocasiones sucedía días o semanas después. La impulsividad no era lo suyo. De ahí su afición por el armado de rompecabezas. Confesaba que articulaba sus cavilaciones en esas horas de soledad.

Positivista nato, recelaba del dogmatismo carente de sustento constitucional y legal. Su mente era un oasis de vivencias y factoría incansable de ideas. Hombre educado, en público y en privado portaba con gallardía la toga de ministro, cual insignia que, en su opinión, debían ostentar los jueces, incluso los jubilados. Un caballero que predicaba lo que practicaba. Una convicción heredada de don Alfonso, su padre, en alguna época magistrado federal.

No se jactaba de los amparos resueltos en su trayectoria judicial. Su valentía como juez federal fue epopéyica. En los anales queda su confrontación con el gobierno federal, en el sexenio del presidente Luis Echeverría Álvarez, con motivo de la expropiación agraria en Sonora y Sinaloa. También fue memorable la suspensión concedida sobre la expropiación de terrenos en San Lázaro, sede actual de la Cámara de Diputados y del Palacio de Justicia Federal. La épica al servicio de la justicia.

La lectura científica e histórica era uno de sus pasatiempos. Engalanaba las conversaciones con ribetes culturales. Hablaba cuando era necesario y siempre con ideas firmes y claras. La especulación le resultaba ajena. Ante propios y extraños patentizaba su reciedumbre. Con tesón —y sal de grano al ristre— retaba al paladar con chiles habaneros toreados al dente por doña Adriana, su compañera de 50 años. Con entereza, aunque sin resignación, aceptaba el triunfo temporal del picante. Testimoniaba así, en forma inconsciente, lo que decía por Borges: la derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce.

La prodigalidad con los amigos era su divisa. El regateo no era lo suyo. No escatimaba experiencias ni conocimientos, sobre todo en charlas de sobremesa. No obstante, no abandonaba su biblioteca al yugo de amistades abusivas. Compartía los libros con la condición de que le fueran devueltos, en especial si eran de su colección personal. De no hacerlo, la pena para el prestatario era una cadena interminable de recordatorios. Él siempre regresaba los que le prestaban. Inimaginable cualquier atisbo de incongruencia de su parte.

Devoto de los retos jurídicos novedosos, para resolverlos se aliaba con la teoría general del proceso, a la cual acudía con recurrencia. El amparo contra leyes, el amparo directo, el amparo contra actos intraprocesales, las características y los fines de la jurisprudencia, la jerarquía de los tratados internacionales, el amparo contra paneles binacionales del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y el amparo contra laudos arbitrales ocuparon buena parte de sus estudios. Expuso sus conclusiones en foros y seminarios profesionales y las reprodujo en revistas y libros especializados.

Fue un hombre exitoso, que dejó la impronta de una vida honorable y ejemplar. Hoy ocupa un sitial privilegiado en el pedestal de los referentes jurídicos de México.

Extrañaremos al amigo, colega y mentor. Buen viaje, don Carlos.

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Revista El Mundo del Abogado