¿Es tan grave gritarle a una mujer?

¿Es tan grave gritarle a una mujer?

El discurso de perspectiva de género se ha convertido en la bandera de diversos actores políticos y sociales como un principio necesario para alcanzar una igualdad sustantiva entre hombres y mujeres. Si bien éste partió de una lucha social legítima, hoy se ha transformado en un concepto vacío que se utiliza indiscriminadamente, y que, lejos de atender a la situación denunciada por las mujeres durante el siglo XX, fomenta la radicalización y la oposición entre los sexos.

 

Los movimientos sociales en defensa de los derechos humanos de las mujeres han adquirido una importancia trascendental en México. Durante las últimas décadas hemos visto cómo es que, tanto los gobiernos nacionales como los estatales, han establecido políticas públicas y acciones afirmativas con el objeto de garantizar que las mujeres puedan tener un acceso, en igualdad de oportunidades, a los distintos espacios de la sociedad.

El Plan Nacional de Desarrollo 2013-2018 incorporó la perspectiva de género como un eje transversal en la conformación de todas las políticas públicas federales; la reforma constitucional en materia política-electoral de 2014, a su vez, estableció la acción afirmativa de paridad de género como una obligación de los partidos políticos en la elección de candidatos a puestos de elección popular.

También, actualmente se está discutiendo una reforma a la Ley General en Materia de Delitos Electorales con el objeto de tipificar la violencia política en razón de género, en el marco de las elecciones.

Es claro que los movimientos feministas y la lucha por la consolidación de una igualdad sustantiva han adquirido un nuevo protagonismo en el país. Esto, como respuesta a los modelos patriarcales dominantes, pero también como parte de los distintos planteamientos teóricos y sociales que a lo largo del siglo XX buscaron consolidar una sociedad más igualitaria.

Así, como bien lo advierte Gilles Lipovetsky: “No cabe duda de que ninguna conmoción social de nuestra época ha sido tan profunda, tan rápida, tan preñada de futuro, como la emancipación femenina […] El gran siglo de las mujeres, el que ha revolucionado más que ningún otro su destino y su identidad, es el siglo XX”.

Desafortunadamente, en el marco del siglo XXI, al tiempo que la mujer ha ganado terreno en la política y ha logrado ingresar a los espacios públicos, el discurso feminista ha ido perdiendo su sustento crítico.

Hoy, lejos de constituirse como un principio ideológico fundado en la necesidad de establecer una paridad, es incorporado en la agenda pública como voz para un electorado. El lenguaje de género, el uso exacerbado de las acciones afirmativas y las constantes legislaciones especializadas en materia de mujeres, han acentuado la diferencia negativa entre los sexos. También, la ausencia de conocimientos teóricos y analíticos en torno de la problemática de la mujer ha desvirtuado, en gran medida, los principios que dieron nacimiento a los movimientos sociales en favor de las mujeres.

Cada vez es más común encontrar posiciones políticas y sociales que abogan por los derechos de las mujeres pero desde una visión desarticulada y desproporcionada con los principios y las necesidades de la población. Bajo los supuestos patriarcales de opresión y discriminación contra las mujeres se construyen reformas legislativas y políticas públicas que no atienden la problemática de fondo, sino que pretenden parchar una situación social real, mediante un discurso populista que se encuentra totalmente ausente de contenido.

Con ello no quiero decir que la violencia contra la mujer y la discriminación no existan. Sí existen, es una realidad y una problemática central de México. Pero para atenderla es necesario conocer de fondo la problemática y dejar de repetir y reproducir falsos discursos de “moda” que paradójicamente terminan por institucionalizar la violencia y acentuar las disparidades entre hombres y mujeres.

Probablemente la evidencia más clara de lo anterior ha sido el abuso y mal manejo que se ha dado al concepto de perspectiva de género: “Entre quienes trabajan y participan de manera pragmática con las mujeres se ha extendido la creencia de que el género es concepto relativo a la mujer. En el extremo se usa el concepto de género como parte de jergas especializadas pero muchas veces vaciadas de su contenido filosófico feminista y de sus contenidos teórico-políticos; así el género es usado como un término técnico homologable a mujer. En ese uso es notable la mutilación teórica y filosófica de sus supuestos subversivos y transgresores al convertir esta perspectiva en algo neutro y casi caritativo. La separación del paradigma feminista es costosa” (Lagarde y De los Ríos, 1996, 21).

En principio, la perspectiva de género nació de una concepción feminista del mundo que parte de la filosofía poshumanista. Se funda en el reconocimiento de que hombres y mujeres somos diferentes. Nuestro esquema de valores y nuestra concepción del mundo también lo es. Pero como los hombres fueron quienes dominaron el mundo, las mujeres quedamos subyugadas a la visión androcéntrica de la humanidad. Como parte de esa visión, las mujeres produjeron y reprodujeron patrones masculinos fomentando y perpetuando el patriarcado.

Parte del principio de que hombres y mujeres son diferentes y, por lo tanto, advierte que la mujer debe asumirse como mujer, dejar de reproducir valores masculinos y atender a su propia diferencia para ingresar a la esfera pública como mujer; esto con el objeto de introducir una visión social femenina.

Establece que para lograr una sociedad más igualitaria en el marco de la diversidad sexual es necesario reconocer el valor femenino, pero también el masculino, es decir, a través de un complemento y un reconocimiento de la pluralidad de visiones.

Esto no significa que unos sean mejores o más inteligentes que otros; solamente advierte que las mujeres y los hombres tenemos formas diversas de entender la realidad y ambas deben ser integradas en el espacio público con el fin de consolidar una sociedad que deje de ser patriarcal para construirse en una fundada en el género humano.

El problema actual es que el término perspectiva de género, como ya lo he referido, ha comenzado a utilizarse para conformar políticas públicas específicas para mujeres y para generar discursos vacíos sobre y para las mujeres. Bajo la idea de la opresión y la desigualdad histórica, la figura masculina queda completamente anulada del concepto, lo cual automáticamente también anula la diferencia intrínseca entre los sexos. Eso desvirtúa la representación de la mujer frente al hombre.

Empero, la perspectiva de género parte de los géneros, de la integración y del reconocimiento de las diferencias, con el fin de conformar una paridad entre lo que es distinto. No obstante, cuando en esta perspectiva se anula la visión del hombre, se incurre en el grave error de confundir género con mujer, y no sólo eso, la mujer queda nuevamente integrada bajo un esquema patriarcal, porque el principio de paridad queda sustituido por el de igualdad; lo anterior nuevamente establece el esquema de valores masculino como el modelo a seguir.

El problema central está en que se reconoce a la mujer, pero no desde sus diferencias, sino en el marco de la esfera pública con base en los mismos esquemas culturales y sociales de dominación.

Así, cuando se habla de perspectiva de género como sinónimo de mujer, los principios teóricos y filosóficos que le dan sustento se desvirtúan; en lugar de contribuir a la construcción de una sociedad diversa, se oponen a los sexos bajo el discurso de la dominación del hombre frente a la mujer.

En México hoy cada vez es más común encontrar grupos sociales, políticos y activistas que con este estandarte crean un discurso que se vale de las disparidades sociales para burocratizar los principios y los fundamentos teóricos que dieron origen a la filosofía. Se observa un abuso del concepto y se acentúa la conformación de acciones y comportamientos que se rebelan contra dicho principio. Nace el antifeminismo y se comienza a estructurar una naciente violencia simbólica.

Esto es así porque cuando algunas mujeres adoptan una perspectiva de género deformada, no parten más de los principios fundacionales de la teoría; paradójicamente, anulan sus diferencias intrínsecas y reproducen valores masculinos para subyugar al género opuesto. No se trata más de alcanzar una paridad o una igualdad sustantiva, sino que se establece una nueva dinámica de imposición y dominación. Tristemente, resulta cada vez más común la conformación de ataques mediáticos y discursivos contra la condición masculina con el fundamento de la histórica opresión femenina.

Alguna vez acudí a evaluar un curso sobre perspectiva de género en la generación de políticas públicas del Estado. Una de las situaciones que no pude pasar por alto fue que el curso estaba dirigido exclusivamente a mujeres. Las participantes, si debían realizar alguna entrevista o dar alguna conferencia, tenían la obligación de entrevistar a mujeres o de hablar a otras mujeres, como si el tema fuera exclusivo de ellas; en lugar de sensibilizar y concientizar a la población en materia de inclusión desde la diversidad, generaban un discurso ideologizante que confrontaba a las asistentes contra los hombres; en lugar de generar conciencia de desigualdad, generaba rencor y oposición sexual.

Es importante reiterar que la violencia contra la mujer existe y que es un fenómeno muy grave en México, pero en algunos contextos, cuando se adoptan los discursos de perspectiva de género sin conocer los fundamentos que le dan sustento, se tiende a la radicalización y a la ideologización de la visión del mundo, lo cual trae como consecuencia que ciertas manifestaciones propias del género masculino sean confundidas con actos de machismo o misoginia. Del mismo modo, si queremos atender a la conformación de una sociedad más igualitaria, habría que comenzar por atender a la inclusión masculina más que a la oposición entre hombres y mujeres; establecer acciones en conjunto y abogar por la conformación de lo que hoy en día se denomina nuevas masculinidades.

Probablemente, el mayor problema de la deformación en la perspectiva de género está precisamente en la neutralización de la problemática de las mujeres. Las acciones sociales de las mujeres, legítimas y críticas, quedan incorporadas al discurso del Estado, pero ya no como un principio de transformación social; por el contrario, pierden validez porque se incorporan y se homologan a principios que continúan sustentados en el esquema patriarcal. Es decir que se anula su connotación filosófica y se conforma como un discurso de hombres para las mujeres.

Así, la producción y la reproducción de la opresión femenina quedan disfrazadas de atención y reconocimiento de la mujer. La lucha se transforma en discurso mediático y jurídico que se reproduce para legitimar los actos del Estado y para potenciar oposiciones que fomentan violencia. No se trata más de integrar a la mujer en el espacio público, ni de reconocer sus derechos o de conformar una sociedad plural, sino de construir un falso reconocimiento y de confrontar a los géneros.

La deformación es la desarticulación de los principios que dieron origen a los movimientos feministas del siglo XX y la anulación absoluta de lo que verdaderamente significa perspectiva de género.

 


 

* Licenciada en Estudios Humanísticos y Sociales por la Universidad de Monterrey (UDEM).

5559-2250 / 5575-6321 / 5575-4935 - Aviso de Privacidad - Términos y Condiciones

Revista El Mundo del Abogado