Henry David Thoreau. ¿Siempre debe respetarse la ley?

Henry David Thoreau. ¿Siempre debe respetarse la ley?

Este año se cumplieron 200 años del nacimiento de una de las figuras más amables de la literatura de Estados Unidos: Henry David Thoreau. Fue un inconforme profesional y, a la manera de un moderno san Francisco, puso en tela de juicio a la sociedad capitalista, burlándose de sus afanes de lucro.

Para Joel Rodríguez N.

 

En su ensayo Una vida sin principios, Henry David Thoreau escribió: “Si un hombre se adentra en los bosques por amor a ellos corre el riesgo de que se le considere un vago. En cambio, si gasta sus días especulando, talando esos mismos bosques, se le considera un ciudadano ejemplar”.

En 1846, por negarse a pagar impuestos, dado que estos iban a usarse para sufragar la guerra contra México, se le encarceló. Su amigo Ralph Waldo Emerson, a quien había conocido en la Universidad de Harvard, acudió a visitarlo: “¿Qué haces ahí dentro”, preguntó escandalizado. “¿Y tú qué haces allá afuera?”, lo interpeló Thoreau.

Si este encuentro fue cierto o no, la anécdota bastó para que su figura me cautivara. Mi simpatía fue en ascenso conforme leí Walden, donde cuenta que, harto de la sociedad competitiva, resolvió irse a vivir un par de años al bosque. Construyó una cabaña, pescó y cazó para subsistir. En su libro refiere las experiencias cotidianas que supone el contacto con la naturaleza, así se tenga que luchar contra heladas y convivir con avispas.

Bohemio incorregible, se ganó el sustento con trabajos menores y donativos de sus tías. Estaba convencido de que la simplicidad era la mejor ruta para alcanzar la felicidad. Con resabios budistas, despreció riquezas y honores. “Mis intereses y los de los niños son los mismos”, se jactaba.

El que no resultó tan infantil fue su afán por denunciar contradicciones e injusticias. Arremetió contra el consumismo y la vida suntuaria, a los que atribuía el descontento de la sociedad: “La mayoría de las personas llevan vidas de callada desesperación”, disertaba. Sostuvo que el delito era consecuencia no de la pobreza sino de la desigualdad.

En La desobediencia civil, el más incendiario de sus textos, concluyó que “lo deseable no es cultivar el respeto por la ley, sino por la justicia. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en cada momento lo que crea justo”. ¿Un ejemplo de lo injusta que puede ser una ley?: la guerra con México, “empresa de unos cuantos, que se han valido del gobierno como instrumento propio, a pesar de que el pueblo no habría autorizado esta medida”.

Su discurso es similar al que endilgó Antígona cuando enterró a su hermano, desafiando una prohibición legal, o a las cavilaciones de Santo Tomás sobre la ley injusta. Pero él no abundó en la desobediencia individual sino en la colectiva y, más aún, exhortó a la rebeldía: “Miles de personas están, en teoría, en contra de la esclavitud y la guerra pero, de hecho, no hacen nada para acabar con ellas… Aquellos que se ufanan de ser abolicionistas deberían retirar, de inmediato, su apoyo financiero al gobierno de Massachusetts”. Gandhi y Martin Luther King acabaron por sucumbir a su influencia.

Hoy día, los académicos hacen distinción sobre los rasgos que debe tener la desobediencia para poder ser calificada de “civil” y discuten hasta donde ésta debe constituir una acción ilícita, colectiva, pública, no violenta, y buscar un cambio a la ley, apelando a principios superiores. Pero pocos se acuerdan de Thoreau.

Pero fue él quien, proponiéndoselo o no, acuñó este concepto que, en el siglo XXI, ha marcado el auge de los activistas que conforman la sociedad civil, siempre crítica con los gobiernos, siempre combativa para impulsar que se aprueben unas leyes o que se abroguen otras.

Thoreau desmitificó cuanto halló a su paso, bordeando los límites del nihilismo. Después de leerlo muchos políticos y no pocos empresarios —pensemos en los que producen licor, cigarros, refrescos o comida chatarra— no podrían volverse a mirar al espejo con la conciencia tranquila.

Cuando, hace unos años, visité Concord, me di una vuelta por Walden, donde se hizo una reconstrucción de su cabaña. No pude resistirme a comprar una camiseta con su efigie y la provocativa leyenda Simplify.

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Revista El Mundo del Abogado