¿Qué tan oportuna es la Constitución de la CDMX?

¿Qué tan oportuna es la Constitución de la CDMX?

La Constitución Política de la Ciudad de México es sui generis respecto de sus otras 31 “hermanas” por su alejamiento del modelo constitucional mexicano, lo cual la convierte en algo así como un pez de agua salada en un manglar. ¿El resultado final puede considerarse una "buena" constitución? Sólo el tiempo y el foro jurídico lo dirán.

 

La reforma a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos publicada en el Diario Oficial de la Federación el 29 de enero de 2016 cambió el nombre, así como la configuración política y jurídica, del entonces Distrito Federal. Entre los cambios políticos más relevantes podemos mencionar la desaparición de “órganos locales” y el nacimiento de “poderes locales”, mientras que en los cambios jurídicos destacan la participación del Poder Legislativo de la Ciudad de México en los futuros procesos de reforma a la constitución federal, situación que hasta el día de hoy es inédita, y la creación de las alcaldías como primer contacto del ciudadano con el poder político. Pero claro, quizá el cambio más vistoso (además del nombre de la entidad) es la creación de la primera constitución local.

Ahora bien, con independencia de lo anterior, la indiferencia con que la mayoría de la población de la Ciudad de México vivió el proceso elección-discusión-aprobación-publicación y los simplistas debates “es buena”/“es mala” entre constitucionalistas, autoridades públicas locales y opinadores, no ayudaron a que este evento jurídico-político fuese discutido y apreciado en su máxima expresión.

Respecto de esto último, si bien es cierto que la reforma política de la Ciudad de México de 2016 no fue un evento aislado (podemos mencionar 1987, 1994 y 1996 como importantes puntos intermedios en esta evolución jurídico-política), también es cierto que desde el 29 de enero de 2016, fecha en que se publicó el decreto de reforma constitucional que modificó 52 artículos de la Ley Suprema y ordenó la creación de una constitución política para la Ciudad de México, la mayoría de la población no identificó el nuevo texto constituyente como una demanda inmediata o una prioridad. De hecho, los partidos políticos de la Ciudad de México tampoco lo habían hecho, ya que ninguna constitución aparece modelada en las propuestas de campaña de los partidos políticos que participaron en la elección local de 2012 y 2015.

Además de lo anterior, la citada reforma a la constitución federal no fue objeto de ningún mecanismo de democracia participativa, como podría haberlo sido una consulta ciudadana. No hubo referéndum ni plebiscito. Fue una reforma política decidida por los partidos políticos y alejada de la opinión popular. Y los habitantes de la Ciudad de México así lo hicieron saber con su 28.6 por ciento de participación electoral para la elección del congreso constituyente (recuérdese que en la votación de 2015 la participación del electorado capitalino fue de 44.2 por ciento).

Como todo acto jurídico-político, la Constitución de la Ciudad de México está sujeta a interpretaciones e, idealmente, a discusiones intensas, fuertes, apasionadas… e informadas. Pero han sido otros los temas que ocuparon los titulares de los periódicos y las preocupaciones de los opinadores. Desde septiembre de 2016 ha habido varios temas que han jalado los reflectores de los medios de comunicación y éstos han contribuido a marcar el debate de juristas y académicos. Ejemplos: implementación del sistema penal acusatorio adversarial, elección presidencial de Estados Unidos, situación política y económica del país y, paradójicamente, centenario de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. El llamado círculo rojo capitalino (que, dicho sea de paso, corresponde en linderos con el nacional) no discutió su nueva constitución a profundidad, ni ex ante ni durante su promulgación.

Hay quien ha manifestado que la ley fundamental mexicana emerge más de una lógica de poder que de un auténtico movimiento popular, de suerte que las presuntas reivindicaciones sociales contenidas en ella son más bien las conquistas de un grupo de poder sobre de otro. Creo que, mutatis mutandis, lo mismo se puede decir de esta nueva constitución local cuyas normas jurídicas entrarán en vigor durante el transcurso de los años 2017, 2018, 2019, 2020, 2021, 2022, 2024, y por definir (ya que algunas normas cobrarán vigencia cuando el Congreso de la Unión legisle en ciertas materias).

Mucho se ha dicho que esta constitución recuerda a la de Colombia, y con buenas razones para ello, ya que los títulos I y II de ambas constituciones evocan un cierto parecido, con las enormes y determinantes diferencias de que:

a) La constitución colombiana de 1991 es el resultado de “un grupo de estudiantes universitarios [que] realizó un plebiscito en 1990. Éste fue aprobado y se dispuso la conformación democrática de la Asamblea Constituyente, integrada por diferentes fuerzas (estudiantes, indígenas, guerrilleros reinsertados, liberales, conservadores, etcétera)”, mientras que la de la Ciudad de México está lejos, muy lejos, de tener un apoyo popular mayoritario.

b) La carta magna colombiana es el documento constituyente de una república centralista, mientras que su contraparte capitalina está acotada por los límites impuestos desde la constitución política de una república federal, con una clara ancla en el artículo 122 de dicha ley fundamental (ancla que no tiene ninguna otra entidad federativa mexicana).

c) La estructura orgánica de la ley fundamental de los Estados Unidos Mexicanos está inspirada, innegablemente, en la constitución de los Estados Unidos de América, así como las constituciones de las 31 entidades federativas restantes lo están de la constitución federal. La Constitución de la Ciudad de México se aleja de este modelo, a la par que los promotores y algunos redactores de la Constitución de la Ciudad de México se ufanan de tal carácter sui generis.

Esta constitución todavía no ha dado sus primeros pasos, y no terminará de darlos sino hasta 2024, pero creo que no falto a la verdad cuando afirmo que:

1) En esta constitución local hubo una fuerte carga retórica, ¡incluso antes de empezar a escribirla!

2) Los (pocos) electores capitalinos votaron por partidos políticos, no por ideas. Dejando la hoja en blanco a las aportaciones de 60 diputados constituyentes electos y 34 designados desde los poderes federales y seis desde el ejecutivo local.

3) La Constitución de la Ciudad de México pretende verse a sí misma como la “culminación de una transición política de inspiración plural y democrática”, aun cuando solo hubo un diputado constituyente independiente.

4) Tiene aspiraciones de modelo rector. Se autodenomina “espejo en que se mire la república”, cuando, en el mejor de los casos, es un espejo bastante extraño al resto del ecosistema constitucional.

5) En su texto se privilegió el catálogo de derechos y se dejó de lado el diseño orgánico que sirve para limitar el poder político, lo cual se nota claramente en la cantidad y el contenido de sus artículos transitorios. La parte de “privilegiar el catálogo de derechos humanos” es excelente. La parte de “dejar de lado el diseño orgánico” es un error mayúsculo.

6) Las alcaldías representan un mundo completamente nuevo por legislar y la consiguiente oportunidad de crear una obra de arte o enredar más el gobierno local de la Ciudad de México. ¿Usted qué cree que va a suceder?

¿Hay un modelo único de constitución? La respuesta claramente es: no. En ese sentido, la Constitución de la Ciudad de México no es contraria a algún modelo rector. No traiciona ningún canon o mandato. Pero eso es muy diferente a decir que cualquier texto es un buen texto constitucional; en el mundo del constitucionalismo hay experiencias exitosas y desastrosas. ¿A cuál de los dos universos pertenece nuestra nueva constitución?

Sin embargo, a estas alturas, la pregunta realmente importante es: ¿la constitución de la Ciudad de México es una buena constitución? Sólo el tiempo y el foro jurídico lo dirán. Pero esa respuesta no vendrá del azar, sino que será producto del uso que realmente esté dispuesta a darle a esta constitución la figura jurídica más importante de un Estado: el ciudadano.

 

Notas

 

* Profesor de Derecho en el ITAM. Contacto: @luis_e_pereda.

 

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