Tres jueces: la ficción como realidad pura**

Tres jueces: la ficción como realidad pura**

En el libro Tres jueces se han reunido los relatos de los italianos Andrea Camilleri, Giancarlo de Cataldo y Carlo Lucarelli sobre sendos jueces. Llama la atención que las cualidades que describen sean compatibles con las que esperamos de los jueces mexicanos. 

 

En México, los consejos de la judicatura son cuidadosos para no exponer a sus componentes. La reciente muerte del juez federal Vicente Antonio Bermúdez Zacarías nos da una idea de las razones para que así sea. Así, ante la falta de información institucional, es útil recurrir a la literatura para conocer a esa parte de la administración pública que puede ser determinante para la vida nacional.

Camilleri presenta un relato que se vive todos los días en México: el juez que llega al nuevo juzgado. El juez federal puede ser adscrito a cualquier lugar del país, pero incluso dentro del mismo estado las condiciones de un juzgado a otro cambian: la problemática de Nezahualcóyotl difiere de la de Naucalpan, por ejemplo. No sorprende saber que en los juzgados hay elementos perniciosos, pero el juez de Camilleri no sólo se enfrenta al hecho de que más de la mitad del personal de su nuevo juzgado es corrupto y francamente delincuente, sino que también tiene que enfrentar al hampón local, capaz de extraer expedientes del archivo judicial. Con más ingenio que acción física, pero también por el desconocimiento de los códigos locales de comunicación (recibe varias amenazas de muerte, pero no las comprende y sigue su vida cotidiana, lo cual los residentes interpretan como actos de valor y desafío al criminal), el juez enfrenta al mafioso y vence en un extraño duelo donde las formas son guardadas, con todo y que los delincuentes incendian el juzgado para desaparecer los registros judiciales. El juez se allega otros funcionarios honestos, aquellos que tienen “amor a la justicia”. Pero los criminales no están solos: legisladores y empresarios los apoyan, principalmente por miedo. Cuando el delincuente es derrotado y huye del lugar, esos cómplices se ven afectados. Al final del texto, Camilleri establece que el juez ha ignorado a esa mafia y que con ello la ha anulado y así ha podido administrar justicia. En México, por el contrario, no importa qué tanto cierre los ojos el juez en turno: los empleados ladrones, el crimen organizado y sus obedientes funcionarios públicos seguirán ahí. Se espera que los jueces enfrenten todas las adversidades posibles, pero, más allá de la utilidad de perder la vida a manos de salvajes y corruptos (¿la muerte del citado juez federal realmente cambia el estado de las cosas en su juzgado o de la judicatura en general?), el que se le exija a un juzgador resistir heroicamente, ¿es razonable por parte de la sociedad o de los otros poderes o del Consejo de la Judicatura correspondiente? Como si esos héroes anónimos fueran el último reducto de una sociedad que cada vez está más lejos de un Estado perdido en la partidocracia. Miles de soldados y policías anónimos y honestos han muerto en la batalla contra la delincuencia y, de nuevo, más allá de la utilidad del sacrificio, ¿era adecuado pedirles perder la vida?

Lucarelli plantea las dificultades de la joven juez que es engañada por sus propios compañeros y cómo un policía la protege hasta la muerte. Se habla poco de los choques generacionales en el interior de toda la administración pública. El actual sexenio se ha caracterizado por los políticos viejos en puestos de poca publicidad y de funcionarios jóvenes en lugares muy visibles para aparentar que el PRI se ha renovado y que la sangre nueva dará nuevos bríos a la nación. Eso también sucede en la judicatura, especialmente ante las reformas procesales, como la penal o la mercantil, donde el Consejo de la Judicatura ha apostado por jueces nuevos para los juzgados nuevos. Si bien se hacen concursos de oposición y los mejores calificados son nombrados, no por eso se evita el choque con los policías, ministerios públicos y trabajadores del propio Poder Judicial de anteriores generaciones. En los tribunales con varios integrantes no es raro ver cómo, por decir lo menos, los magistrados de más edad no encuentran diálogo con los jóvenes recién llegados. Si eso sucede a nivel personal, ya se imaginarán cómo será para dictar cualquier resolución jurisdiccional.

Giancarlo presenta un escenario conocido: los jueces contra los ladrones en el gobierno. El funcionario jurídico es compañero de toda la escuela del empresario corrupto que ha llegado a presidir el municipio, y la lucha entre ambos se sesga para cada lado: si el ladrón hace una jugada, el otro hace otra, y así va el relato hasta el final, donde la familia le pide al juzgador que acepte su derrota. Simbolizan a esa parte de la sociedad que ve cerradas todas las puertas para erradicar la corrupción. A nadie sorprende cuando se dice que México es uno de los países más corruptos. Muchos sonreímos cuando se anuncian medidas anticorrupción, mientras vemos a ex gobernadores retar a los medios por increparlos como defraudadores y culpables de aumentar en miles de millones de pesos la deuda de sus estados. Y en nada se diferencian de la deuda federal: con la actual administración llegaremos a niveles impensados hace apenas unos sexenios (la culpa la tiene el petróleo y Trump, dirán). Giancarlo establece que la judicatura no es ajena al nivel de corrupción estatal. De ningún modo se puede generalizar, pues ciertamente hay jueces que entregan la vida en la función, pero hay muchos que practican formas soterradas de corrupción: tienen a los parientes de los amigos sin trabajar; intercambian plazas con otros magistrados para que cobren sin laborar a pesar de estar ahí; se acuestan con mecanógrafas y abogadas, especialmente las menos agraciadas; les piden favores a los litigantes (la fiesta de quince años de la hija, tal vez), y muchas más. Los controles internos son fuertes, constantes y minuciosos, pero si de algo nos jactamos los mexicanos es de eludir las obligaciones ciudadanas y laborales.

Italianos o mexicanos, los jueces occidentales parecen tener las mismas problemáticas .

 

Notas

 

* Juez de Distrito en el Juzgado Tercero de Distrito en Materia de Trabajo en la Ciudad de México.

** Artículo publicado en La Jornada el 27 de enero de 2017. Se reproduce con autorización del autor. 

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