José Antonio Meade

Un constructor de consensos

José Antonio Meade

Abogado y economista caracterizado por su capacidad para el análisis y la negociación, José Antonio Meade se revela como una pieza clave dentro del actual gabinete, al que ha aportado su habilidad para entender los problemas del país y para ofrecer soluciones. 

 

Si uno preguntara a sus antiguos alumnos del ITAM o a sus actuales colaboradores cuál consideran que sea la principal cualidad de José Antonio Meade, probablemente coincidirán en la respuesta: su capacidad de análisis. Cuando uno lo escucha hablar y constata la forma en que razona —“de esta premisa se vislumbran tres escenarios y sólo el segundo es viable por dos motivos”—, resulta fácil coincidir con dicha opinión.

“Su destreza para diagnosticar es envidiable” —aseveran quienes lo conocen—. “Sabe qué cartas tiene y posee una prodigiosa facilidad para decidir cuáles juega en cada momento”. Si pensamos que, a sus 43 años, Meade ha sido dos veces subsecretario de Estado, secretario de Energía y, desde septiembre de 2011, secretario de Hacienda y Crédito Público, se podrían aceptar estos adjetivos sin dificultad. Pero éstos no develan la clave para descifrarlo.

Entender los problemas y proponer soluciones oportunas es una baza considerable, desde luego. Lo ha convertido en un troubleshooter, a quien medio mundo recurre para resolver sus problemas. Ya se trate de carreteras, quiebras o liquidaciones, el secretario está en todo. Eso sí, nadie lo nota. “Un buen titular de Hacienda” —suele repetir él en corto— “nunca debe hacerse sentir.”

A lo largo de su vida, Meade ha combinado estas capacidades con una doble formación académica: es licenciado en economía por el ITAM, licenciado en Derecho por la UNAM y doctor en economía por la Universidad de Yale. Así, cuando los abogados le explican que algo no se puede, el economista echa mano de cifras, gráficas y datos duros para rebatirlos. Cuando son los economistas los que insisten en que algo es inviable, el abogado recurre a la ley y a la jurisprudencia para responder las objeciones. Cualquier centro académico se enriquecería con un profesor o un investigador como él.

Pero no es en el análisis aplicado, decíamos, donde reside su principal virtud. Ésta es —a no dudarlo— su habilidad para la empatía. Ella explica cada uno de los éxitos de Meade. Lo define. Difícilmente sería posible hallar en el gabinete actual a un funcionario más sonriente, sencillo y afectuoso que él. Hace rápidamente click con quien se le ponga enfrente, ya se trate de un banquero estadounidense, un diputado de la oposición o el afanador de su oficina. Él siempre se las arregla para estrechar círculos de empatía. No sé si alguna vez haya leído el libro Cómo ganar amigos, pero podría pasar por el discípulo más aplicado de Dale Carnegie.

Los psicólogos hablan de la inteligencia emocional. Los neurocientíficos —Rizzolatti, Gallese, Fogassi— prefieren referirse a las “neuronas espejo”, aquellas que permiten que una persona “sienta como la otra”. Sea inteligencia emocional o neuronas espejo, el secretario de Hacienda tiene esto a raudales. Si bien, desde que asumió su nuevo cargo, ha perdido algo de su antigua energía —“luce cansado”, dicen sus amigos—, sigue generando clicks por donde pasa.

Estas neuronas espejo le han permitido desplazarse por los ambientes políticos más adversos. Convencido de que es preferible un intercambio duro que rinda frutos a los comedidos e inútiles rituales burocráticos, es frecuente que llegue a perder la paciencia cuando estima que su contraparte no está haciendo un análisis adecuado del problema. Pero, incluso entonces, en palabras de quienes han tenido que sostener frente a él opiniones encontradas, Meade resulta un gentleman.

Para bien o para mal, su vocación para la empatía le condena a una carrera vinculada con la política durante los próximos años de su vida. Y es que ¿quién que pretenda tener éxito en estos ámbitos podría darse el lujo de prescindir de un compañero o de un colaborador que, como él, establece afinidades y llega a acuerdos con naturalidad? “Meade” —me confió hace poco un senador— “fue el secreto del éxito de Paco Gil, de Carstens y de Cordero ante el Congreso de la Unión”. Él, por su parte, cree que no existe más secreto para el éxito de un político que su capacidad para construir equipos y consensos.

Es lo que él ha hecho desde que se inició en el servicio público. Sus equipos y consensos han rendido frutos. Durante su breve gestión como secretario de Energía se concentró en la instrumentación de políticas públicas, tendientes a ampliar la eficiencia energética y a optimizar el uso de la electricidad. Resultado de dichos consensos fueron la sustitución de bombillas y el impulso que se continuó dando a la de aparatos electrodomésticos. También habría que destacar los programas para el ahorro de energía.

Ahora, como secretario de Hacienda, se vale de sus capacidades tecnocráticas para fijar el techo del gasto, definir y delimitar los desafíos del gobierno federal y diseñar las políticas públicas que aterricen estos planes. Pero luego viene lo difícil: señalar las prioridades del Congreso, determinadas por intereses partidistas y grupos de presión. Estos grupos —no hay que decirlo— acostumbran movilizarse lo mismo para bloquear calles que para tomar la tribuna del Congreso. Aquí es donde entran en juego las proverbiales habilidades de Meade: conciliar, concertar y negociar.

Si él tuviera que hacer algunas recomendaciones a cualquiera que aspirara a seguir una trayectoria en el mundo hacendario, serían: conocer la realidad institucional de los problemas que se enfrentan para poder aportar soluciones; poseer visión de largo plazo, aunque en procesos complicados hay que vislumbrar cuánto puede avanzarse en el corto; pedir consejo sin titubear; cuidar a los amigos; tener una vida alterna y manejar las tensiones.

Su secreto para soportar las tensiones, por cierto, consiste en “entender que hay cosas que no dependen de mí, sino del sistema político”. Cree que uno de los principales problemas de México es la falta de un marco moderno para construir consensos y esta certeza deviene entereza. “¡Eso es inteligencia emocional!”, saltan los psicólogos. Pero la explicación es parcial: si hay algo que ha ayudado a Meade a sortear las tensiones —además de su olfato para distinguir lo que está en sus manos y lo que no está en ellas— es su intensa vida familiar. La “vida alterna” a la que se refiere.

Nieto de un escultor que lo aproximó a la pintura, la música y la literatura, también es hijo de un abogado-economista —su mejor amigo— que lo incentivó para que estudiara ambas carreras. Él, a su vez, es marido de una economista fascinada por la pintura y padre de tres hijos. En la convivencia familiar halla el respaldo que necesita para afrontar sus escalofriantes horarios de trabajo y sus fatigosas rutinas laborales, las cuales alterna con su afición a la lectura: Shusaku Endo, Conan Doyle, Malcolm Gladwell... “Soy un lector compulsivo”, presume.

También es posible descifrarlo a través de sus aficiones. Por ejemplo, está enamorado de Nueva York —“su diversidad me apabulla”— y asegura que el estado que más le gusta de México es Baja California Sur, al que considera, por varias razones, “como el paraíso”. Uno de estos motivos es “el alucinante contrapunto entre mar y desierto”. Es casi como si dijera que lo deslumbra el contraste entre Economía y Derecho, o entre teoría y práctica. No en balde es, a decir de uno de sus antiguos jefes, “el político mejor preparado, en términos técnicos, del actual gabinete”. Cuando se le pregunta por la figura histórica que le habría gustado conocer, Meade responde que Francisco de Miranda: “Fue político, empresario, militar, aventurero, humanista y hasta amante de Catalina de Rusia”. Una admiración de esta naturaleza es elocuente: revela lo que se es, lo que no se es y lo que se quiere ser, más allá de programas sexenales o camisetas partidistas.

¿Cuál es la apuesta de Meade? Una lectura de la biografía de Miranda podría ayudarnos a responder esta pregunta. En los años que vienen —y aunque él va a procurar mantener su bajo perfil— va a seguir sintiéndose su mano.

Marzo, 2012.

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