Crónica de una demanda sufrida*

Crónica de una demanda sufrida*

El escritor Guillermo Sheridan —ganador del Premio Xavier Villaurrutia en 1989 y del Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde en 2014— narra en este pintoresco relato su experiencia en los vericuetos de la justicia mexicana.

 

Por primera vez en mi vida tuve que presentarme en calidad de “demandado” frente a un juez federal por algo que escribí. Acometo la síntesis, pues el sudoroso expediente tiene más de 200 fojas, muy simpáticas todas.

Antecedente fatal: las lentejuelas

Todo comenzó por el comentario que escribió en Milenio Nicolás Alvarado sobre el cantante Juan Gabriel: “Me irritan sus lentejuelas no por jotas sino por nacas”. Frase fatídica que le valió a su autor el zarandeo en las redes, “medidas precautorias” del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) y su cese laboral.

El 6 de septiembre de 2016 registré en mi columna de El Universal la información noticiosa sobre el asunto y luego comenté que, al castigar estas nuevas “malas palabras”, el Conapred banalizaba la defensa de los derechos humanos.

Bueno, pues un señor Carlos Odriozola Mariscal decidió que la información de mi nota era “falsa” y/o “inexacta” y… ¡moles!

Me llegó una cédula de notificación del Juzgado Sexto de Distrito que me trataba de  demandado  en un  procedimiento judicial promovido por elCentro contra la Discriminación, A.C. (Cecodi), y otro “en contra de usted”, que me ordenaba presentarme ante el juez el 16 de enero pues, de no hacerlo, se me consideraría confeso.

Venía con 75 fojas en abogadoñol firmadas por el señor Odriozola, retacadas de artículos de la Constitución, fracciones, incisos, latinajos y hartos números arábigos y romanos.

Busqué en la red los nombres del tal Cecodi y el tal Odriozola. En su página internet, el tal Cecodi anuncia que “lucha por la igualdad” con lo que viene siendo el “litigio estratégico” en favor de “las personas de escasos recursos”. ¿Y cuál es su forma de luchar por la igualdad? Pues, por ejemplo, llevando a juicio a “los más importantes empresarios mexicanos, en virtud de que ofrecen empleos a personas menores de 35 o 40 años” .

Es raro que dar empleo a jóvenes sea “discriminatorio”, pero al parecer así es como se defienden los derechos humanos.

Luego apareció una página web muy elegante y fina del “Bufete Odriozola” que presume de prestar “servicios jurídicos de calidad” a “empresas y personas físicas de muy alto perfil” en México.

Así pues, el señor Odriozola por un lado lucha a favor de la igualdad y la gente de escasos recursos y, por el otro, sirve con calidad a gente de alto perfil. ¿Cómo defenderme de alguien tan versátil?

Encontré a un abogado de poca calidad para gente como yo, de bajo perfil y de recursos medianos. Estudió la demanda y dijo que me podrían multar hasta con 325,000 pesos. Luego me dijo que yo no tenía que ir al juzgado, que él enviaría un documento y me informaría a cuánto ascenderían sus honorarios.

Ese día puse un tweet diciendo: “Islas Marías, ahí les voy”.

 

¿Qué había pasado?

Pues pasó que el señor Odriozola decidió que en mi artículo había “inexactitudes y/o falsedades” que dañaban su reputación de jurista igualitario de alto nivel y exigió derecho de réplica. Luego de decirme mentiroso me reiteraba “las seguridades de mi más atenta y distinguida consideración”. Qué país tan raro.

¿Cuáles fueron las inexactitudes y/o lasfalsedades?

En mi comentario escribí que el Conapred actuó contra el señor Alvarado en respuesta “a una queja presentada por un Centro contra la Discriminación (Cecodi)” que dirige Carlos Odriozola. Y si eso escribí es porque eso informaron varios diarios y agencias noticiosas el 1 de septiembre.

Un periódico que se llama La Jornada dijo que la queja contra Alvarado “la interpuso Carlos Odriozola, director del Cecodi”. Tal cual.

Y la agencia Apro de la revista Proceso informó que “la queja sobre el caso de Nicolás Alvarado fue realizada por el Centro contra la Discriminación (Cecodi)” y luego entrevistó al “presidente del consejo de Cecodi, Carlos Odriozola”. Tal cual.

Así pues, repetí a la letra lo que informaron diarios, revistas y agencias noticiosas. Pero según el señor Odriozola lo que dijeron esos medios y agencias fue verdad y lo que dije yo fue falsedad: una “falsedad” idéntica, no obstante, a la “verdad” que divulgaron Proceso y La Jornada y el mismo señor Odriozola, en tanto que fuente noticiosa de Proceso. ¿Demandó el señor Odriozola derecho de réplica a Proceso, a La Jornada y a sí mismo por publicar falsedades y/o inexactitudes? No.

¿Por qué no? Supongo que porque Proceso y La Jornada y el señor Odriozola tienen “alto perfil” y dispensa para difundir falsedades sobre el señor Odriozola. Y yo no.

Entre las 75 fojas de la demanda el señor Odriozola incluyó muchas fotocopias de noticias sobre el caso Alvarado, pero no las de La Jornada y Proceso en las que basé mi información. ¿Qué tal si las hubiera leído un juez de bajo perfil que no sabe de litigios estratégicos?

Y haber escamoteado al juez esas noticias de La Jornada y Proceso que demostraban mi inocencia, ¿no irá contra algún artículo penal o constitucional o judicial o —de perdida— ético y moral? He ahí una pregunta para especialistas como los del Bufete Odriozola.

Otra cosa que exigía la demanda era que se aclarase que la queja contra Alvarado no la presentó el señor Odriozola sino el tal Cecodi, de cuya mesa directiva es presidente el señor Odriozola, quien escribe en la demanda: “Tengo el derecho constitucional a que dicha falsedad sea aclarada y se señale que quien interpuso la queja fue Cecodi y no el suscrito en lo personal, simplemente porque no fue así y no es mi deseo que existan falsedades sobre mi persona en la red afectando la vida privada del suscrito” (sic).

También esto debe ser estratégico: el señor Odriozola envía a su empleado del tal Cecodi a presentar su queja ante el Conapred, pero quien se quejó fue su empleado y su ONG, no él que es el patrón del empleado y el director de la ONG. Así pues, es falso que él se haya quejado. ¿Habrá dos Odriozolas? No lo sé, pero uno de ellos escribe en la demanda: “No obstante, suscribo en lo personal el contenido de la queja presentada por personal de mi representada (Cecodi), dado que lo hicieron bajo mis instrucciones”.

Como se puede ver, el señor Odriozola “suscribe” lo que ordena hacer. Y se diría que “a confesión de parte, relevo de pruebas”, pero resulta que en el mundo del “litigio estratégico” el señor Odriozola Suscrito no es el mismo que el señor Odriozola Mi Persona, y que decir que sí son el mismo —como lo dice el mismo señor Odriozola— afecta la vida privada del señor Odriozola.

Así pues, el señor Odriozola me exigió (pero no a Proceso ni a La Jornada ni a sí mismo) aclarar que la queja contra Alvarado no la presentó él, sino que la presentó él, que son el mismo. Y que mi información es falsa, mientras no lo es la de Proceso o La Jornada, que es la misma. ¿Por qué? Pues porque así es él.

Bueno, pues todo este lío —el sistema judicial, la Constitución, el sello, la firma, el abogado, los honorarios, la mensajería, la pérdida de tiempo, la ansiedad, la angustia y la desesperación de mi familia— sucedió porque: a) repetí lo que dijo la prensa y b) porque el señor Odriozola viene por duplicado.

 

Continúa la causa judicial

Obligado por la ley del derecho de réplica, El Universal puso en su sitio web la réplica de Cecodi y otro (el “otro” es alguno de los Odriozola) y listo.

¿Y listo? Pues no. Demandó más y más que porque no le gustó cómo y cuándo salió su réplica y que el inciso y la fracción y el numeral y la nunca suficientemente mexicana equis causa.

El 20 de enero me llegó otra notificación. Ahora me ordenaba presentarme ante el juzgado el viernes 17 de febrero de 2017 porque de otro modo quedaría confeso y me multarían hasta con 325,000 pesos. Y esta vez se me ordenó ir personalmente en persona (como dice Catarella) porque así se lo exigió a “Su Señoría” el señor Odriozola. ¿Por qué? Por las nunca suficientemente mexicanas ganas de joder.

Y otra vez gastos y tiempo y terror y angustia y desesperación. Y mi abogado: ni modo, no hay de otra. Y yo: ¿y si no voy? Te multan. ¿Y si no pago la multa? Te embargan, etcétera. Tuve que comprar boletos de avión y suspender trabajo para ir a la capital con la frente en alto al desigual combate, mientras mi esposa empacaba la ropa del niño, llore y llore, para cuando nos mandaran a las Islas Marías.

 

(Paréntesis: Mazatlán, perlita escondida)

Una semana antes de mi viaje me buscaron por e-mail unos amables señores de Mazatlán para invitarme a ese lugar con motivo de mi libro Los idilios salvajes y me dijeron que les urgía hablarme por teléfono. Me informaron que había merecido el Premio Mazatlán y que son cien mil pesos y que el jurado y que qué gusto y tal. Pregunté cuál jurado y me dijeron que Braulio Peralta, Ignacio Trejo Fuentes y Juan José Rodríguez, y dije: perfecto, porque no somos amigos. Me dijeron que qué bueno que aceptaba y nos vemos en Mazatlán el viernes 17 de febrero. Y entonces sucedió el siguiente diálogo:

—¿El viernes 17 de febrero?

—Sí.

—Pues justo ese día no puedo.

—¿Pero cómo?

—Pues es que ese día voy a estar en un juzgado luchando por mi libertad.

—¿En serio?

—En serio. ¿No puede ser otro día?

Hubo una pausa larga y dijo:

—Bueno, voy a consultar y ahorita lo llamo.

A los cinco minutos mi interlocutor llamó para decirme que ya no me había ganado el Premio Mazatlán. Así es la vida.

 

El día del juicio

Viajé a México. Mi abogado me hizo ensayar cómo responder a las preguntas que iba a hacerme la “parte acusadora”: tenía que decir o no y nada más. Memoricé mis respuestas y el viernes, en vez de ir al carnaval de Mazatlán, me fui al juzgado.

Y el señor Odriozola no se presentó. Porque resulta que un señor puede demandarlo a usted y obligarlo a contratar abogado y a viajar y a gastar y a perder tiempo y a amenazarlo con multas y a aterrar a su familia y todo, y luego no presentarse. ¿Por qué? Pues porque es un país muy raro.

Y pregunté si podía decirle al juez que el señor Odriozola le había ocultado la información de prensa que probaba mi inocencia y me dijeron que no se podía. ¿Por qué? Pues por lo mismo.

 

La última queja

La última queja del señor Odriozola era también porque en mi artículo dije que la página web del tal Cecodi (que es él, pero no es él) era muy ineficiente. Como eso ofendió su dignidad, el señor Odriozola explicó en su demanda que se debe a que su Cecodi “no cuenta con ingresos que le permitan mantenerla actualizada”.

Qué barbaridad. El señor Odriozola, defensor de los derechos humanos de “las personas de escasos recursos”, no tiene ingresos. ¿No podría pedirle al señor Odriozola defensor de los ricos de “alto perfil”?

No tiene ingresos, pero lo que sí tiene el tal Cecodi es una oficina en Polanco, ayudantes, secretarias, licenciados, mensajeros y pasantes para demandar a medio mundo, pero ingresos, lo que se dice ingresos, no tiene. De ahí que en su página web diga a sus visitantes que “te invitamos a realizar tu donativo deducible”. No deje de hacerlo, oh lector igualitario. Ayude al abogado de personas de “alto perfil” a defender los derechos de las personas de escasos recursos.

 

¿Fin del asunto?

El 20 de febrero el expediente ya tenía 205 fojas. El último documento es la resolución de la juez, en cuya página 24 se lee que fui absuelto. Así nomás: “Se absuelve a Guillermo Sheridan”.

Nadie pidió perdón; nadie dijo qué pena haber hecho pasar por esto a su familia; nadie dijo qué pena que haya perdido tanto tiempo y dinero y tranquilidad.

Así nomás: “Ándele, joven, puede pasar a retirarse”. Y listo.

¿Y listo? No creo…

El señor Odriozola lee estos renglones e hiperventila. Ya calcula 10 demandas civiles y federales y religiosas y judiciales y criminales y ya anticipa cómo desatar sobre mí su amor a la justicia, con el que piensa arrastrarme como jerga por los tribunales que tan bien conoce y embargarme y enviarme a las Islas Marías con todo y familia.

Bueno. Pues le propongo algo más interesante.

En su “biografía” que pone usted en la página web de su Bufete Odriozola dice haber “escrito un buen número de artículos académicos y libros”. Mire pues: tenemos algo en común: ¡somos escritores! (Aunque la verdad es que usted no ha publicado “libros”, sino “libro”, nomás uno, pero en fin.)

Le propongo entonces que peleemos, pero como los escritores que somos: por escrito. Usted y yo nomás, en calidad de iguales. Usted no echará mano de sus muchos abogados, ayudantes, pasantes, secretarias, testaferros o mandaderos, ni se amurallará detrás de sus reglamentos, legislaciones, códigos, estatutos y leyes.

Echará mano, como escritor que es, sólo de su pluma.

No es demasiado pedir: es lo que hago yo, todos los días, en soledad, como muchos otros escritores que publicamos libros, o artículos, o editoriales en la prensa y que queremos seguir haciéndolo sin miedo a los jueces, ni a los políticos, ni a las iglesias, ni a las redes ni, tampoco ahora a las ONG que, como la suya, juzgan qué palabras son malas y qué escritores deben ser castigados.

Demuestre que un escritor que es defensor de la igualdad como usted puede darse el lujo de ser igual a otros escritores. Si, como presume, defiende usted a las personas de escasos recursos, reconozca que yo soy alguien de “escasos recursos” legales, sin bufete ni ayudantes ni ONG ni nada. Soy un desposeído de Themis, un proletario jurídico. Si, como blasona, es usted un defensor de la igualdad, responda como un igual, y no como un abogado poderoso.

De todos modos se las arreglará para ensalzarse y llamar la atención y largará un rollo sobre su dedicación a la “gente de escasos recursos” y la igualdad y los derechos humanos sin fines de lucro, etcétera.

Hágalo, pero no deje de responder estas preguntas: ¿dicen o no dicen lo mismo mi artículo que las notas informativas citadas de Proceso y La Jornada? ¿Por qué optó usted por fastidiarme la vida, ocultando esas notas a la opinión pública, a la justicia y, sobre todo, a la propia conciencia de usted?

Puede responder como igual o, claro, puede demandarme otra vez.

Dependerá de su afición a la igualdad.

Notas

* Publicado en www.juristasunam.com el 31 de marzo de 2017. Se reproduce con autorización del autor.

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