Iván el Terrible y su hijo (1885)

Iván el Terrible y su hijo (1885)

 

Si tuviera que elegir un cuadro, uno sólo, para calificarlo como mi predilecto, no vacilaría: La última cena de Leonardo da Vinci. Los gustos están fraguados en un sinnúmero de elementos, como lo hacen ver los psicólogos, y mi gusto por La última cena podría estar vinculado con mi niñez, mi fascinación por el Renacimiento o mis intereses literarios...

Pero si tuviera que mencionar el cuadro cuyo descubrimiento más me ha perturbado, el cuadro que más me ha impactado en la vida, éste no sería el célebre fresco de Leonardo sino Iván el Terrible y su hijo (1885), que se halla expuesto en la Galería Tretiakov en Moscú.

Había visto algunas reproducciones de éste, pero cuando lo tuve frente a mí quedé pasmado, hipnotizado, clavado en el piso, con la mirada fija en los ojos inyectados de sangre del primer zar de Rusia, quien sostiene entre los brazos a su hijo, a quien él mismo acaba de propinar un golpe mortal.

Desde que hace años leí la biografía que escribió Henri Troyat, sentía repulsión tanto por Iván como por su hijo: ambos disfrutaban presenciar cómo se quemaban vivas sus víctimas, cómo las desollaban arrancándoles la piel a tiras, o cómo éstas proferían alaridos, mientras el verdugo machacaba sus huesos. Si éstas eran culpables del crimen que se les imputaba, gozaban el espectáculo; si eran inocentes, llegaban al frenesí. Cuando vi el cuadro de Illia Repin (1844-1930), sin embargo, no pude sino sentir piedad por este par de psicópatas.

Repin es uno de los más elocuentes pintores del siglo XIX. Su nombre es menos conocido que el de Sargent o Whistler, pero sus retratos de niñas o ancianos, sus escenas de la vida doméstica o de momentos claves en la historia de Rusia, de artistas como Mussorsky o Tolstói, se descubren por todas partes. La penetración psicológica con la que el autor captura a sus personajes es desconcertante.

El zar tenía 51 años cuando llegó a la conclusión de que los boyardos, los nobles del imperio, querían derrocarlo e imponer en el trono a su hijo. Esto provocó que golpearan a su nuera hasta provocarle un aborto. Cuando el zarevich se presentó a reclamarle, así reaccionó el autócrata, según refiere Troyat:

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