Heredarás el viento

(Inherit The Wind, 1960)

Heredarás el viento

 

Entre el 10 y el 21 de junio de 1925 se llevó al cabo un proceso penal en Dayton, pueblo estadounidense de 2,000 personas, donde se denunció a John T. Scopes, maestro de secundaria, por enseñar a sus alumnos la teoría evolucionista de Darwin. Esto contravenía la Butler Act que prohibía expresamente tales enseñanzas en el estado de Tennesse.

Para garantizar que todo el peso de la ley cayera sobre el infractor, y se enviara, así, un mensaje moral al país, William Jennings Bryan decidió trasladarse a aquel pueblo para asistir al fiscal. Bryan había sido dos veces candidato a la Presidencia de la República y se le conocía por su encono contra los monopolios, pero también por la firmeza de sus principios cristianos y su oratoria incendiaria.

Con lo que no contaron las autoridades políticas y religiosas de Dayton fue con que Clarence Darrow, uno de los más deslumbrantes abogados que ha tenido Estados Unidos, se ofrecería como defensor. Darrow veía la oportunidad de defender la libertad religiosa y también la libertad de expresión.

Durante unos días, Dayton tuvo al país atento a lo que ocurriría en su tribunal. En la sala principal había 700 personas sentadas y otras 300 de pie. Los periódicos de todo el país enviaron corresponsales al lugar. En las fotografías de la época destacan personas empapadas en sudor y hasta un policía que abanica al juez John Raulston.

Fascinados por la historia, Jerome Lawrence y Robert Edwin Lee escribieron Inherit the Wind, obra de teatro que se estrenó en Broadway en 1955. Cinco años después, Stanley Kramer dirigió la película, en blanco y negro, donde recrea este juicio. Los nombres se cambiaron: Dayton se convirtió en Hillsboro; Scopes, en Bertrand Case; Bryann, en Brady, y Darrow, en Drummond.

Asistí a la obra de teatro que la Compañía Nacional de Teatro adaptó y montó en la Ciudad de México en 1978, y quedé fascinado. Augusto Benedico hacía el papel de Drummond, y Luis Gimeno, el de Brady. Los dos, magníficos. “¿Esto significa ser abogado?”, pensé. Si entonces aún abrigaba alguna duda sobre la carrera que pretendía elegir, aquella puesta en escena la despejó.

De entonces a la fecha he visto varias veces el trabajo de Kramer, con Spencer Tracy como Drummond y Frederic March como Brady. Invariablemente, he disfrutado el guión, la actuación, la fotografía… Pero, también, una y otra vez, me he sentido indignado ante el fanatismo de quienes pretendían custodiar la moral del pueblo —en especial las damas de la liga de la decencia— y el provincianismo de las autoridades.

Tanto en la vida real como en la cinta, juez y jurado experimentaron una viva simpatía por Brady, a quien respaldaron en todo momento. Cuando Drummond intentó hacer comparecer como testigo a un profesor de zoología y a otro de geología de la Universidad de Chicago, ambos fueron objetados. El sofocante calor de la sala contrasta con los gritos de los fundamentalistas cristianos quienes, afuera, claman por la muerte de Darwin, sin estar enterados de que éste había muerto hacía más de 40 años.

Drummond decide, entonces, retirarse del caso. La animadversión que existe en todo el pueblo hacia él, su cliente y las enseñanzas de Darwin, anuncia, le permiten anticipar el veredicto. Pero el juez le recuerda que no se está discutiendo la veracidad de las teorías sobre la evolución sino el desacato. Por ello, le ordena continuar y fija una fianza de 2,000 dólares para impedirle salir de Hillsboro.

El banquero local decide aportar la fianza pues, de acuerdo con lo que le han informado, un resultado hostil a Scopes daría nuevos aires a los antirrevolucionistas, sí, pero provocaría que las grandes universidades del país cerraran sus puertas a cualquier egresado de aquel pueblo oscurantista.

Ante la imposibilidad de hacer comparecer a sus testigos, Drummond tiene una ocurrencia genial: citar a declarar a Brady como experto en la Biblia. Sintiendo que tiene todo el apoyo del pueblo, Brady acepta y comienza a dar trompicones y a decir tontera tras tontera. No tarda en contradecirse. Si el sexo es pecado, ¿cómo explicar que tantos santos y tantos profetas hayan sido engendrados a través de éste? La audiencia lo mira con lástima y él mismo, a pesar suyo, deja claro que no puede enseñarse como ciencia el relato de un libro que, como la Biblia, fue escrito para otra época.

El juez celebra que, por fin, el jurado halle culpable a Scopes. Pero antes de que se dicte sentencia, el alcalde le recuerda lo que se juega en el proceso. Vienen elecciones y el gobernador de Tennesse busca una reelección que sería inviable si un pueblo del estado condena a un profesor por ejercer la libertad de cátedra…

El juez se ve impelido, pues, a poner una multa de 100 dólares —como ocurrió en el caso auténtico—, la cual Drummond decide apelar y Brady considera ridícula. A tal grado, que comienza a despotricar, siempre citando a los profetas bíblicos, hasta perder el conocimiento. En la vida real, Bryan murió cinco días después, de una hemorragia cerebral, tras su desastrosa intervención.

La película añade tres personajes entrañables al drama judicial de 1925: un cínico reportero del Baltimore Herald, cuyo periódico está costeando los honorarios de Drummond; Rachel, la novia de Scopes, que, tras aconsejar a su prometido que se declare culpable y ofrezca disculpas, acaba por solidarizarse con él y rompiendo con su padre, y éste —el reverendo Brown—, jefe de la comunidad cristiana de Hillsboro.

Si bien la prohibición de enseñar las teorías de Darwin se levantó hasta 1967 en Tennesse —42 años después del caso Scopes y 17 después de la película—, el asunto marcó un parteaguas en los tribunales estadounidenses: el juez Raulston fue relevado, el proyecto que se había iniciado para erigir una universidad que llevara el nombre de Bryan fue cancelado y la influencia de los fundamentalistas religiosos quedó severamente lastimada.

En la cinta, sin embargo, ambos abogados se salen de la litis. Lo que se discutía era la desobediencia a una ley. Si ésta era injusta o inconstitucional, ése era otro tema. Brady se esmera en demostrar que las teorías evolucionistas pervierten a la juventud, y Drummond, en defender el derecho que se tiene de pensar y decir lo que se quiera. De paso, intenta probar que Darwin tiene razón.

La película, cuyo nombre deriva de la maldición que se lanza en el libro de los Proverbios (11:29) —“El que turba su casa heredará el viento”— y que Brady esgrime en su defensa, nos recuerda cómo los tribunales son, casi siempre, garantes del statu quo en cada comunidad. “Obstáculos al cambio social”, diría el jurista chileno Eduardo Novoa Monreal.

La sola profesión jurídica suele serlo y, por ello, hay que aplaudir la irrupción, de cuando en cuando, de litigantes como Drummond (Clarence Darrow), que nos ayudan a vislumbrar horizontes más amplios y a hacernos concebir esperanzas respecto de un gremio que, como el de los abogados, cada vez se mira con más escepticismo y hasta con desconfianza.

 

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