Joker, una película no tan buena

Joker, una película no tan buena

 

Los amantes del cine de arte entran a la sala con suspicacias, y los de películas de Hollywood no están seguros si verán la película que están buscando. Al final, unos y otros salen igual de consternados.

 

Joker, como el personaje malvado de tiras, series y películas de superhéroes, como tal, es secundario. Es sólo un señuelo que sirve para sentar en la butaca a todo tipo de público. Ante éste se presenta una propuesta que cuestiona y critica a nuestras sociedades actuales, magistralmente representadas por Ciudad Gótica.

La armonía en las relaciones humanas surge, en buena medida, cuando alguien se logra poner en el lugar del otro para entenderlo mejor en sus relaciones afectivas. El acierto de su director Todd Phillips es, precisamente, ése: colocar al espectador en los sucios y grotescos zapatos de un payaso con problemas de salud mental, y que su vida transita entre el abuso, la pobreza, el rechazo, la burla y la indiferencia.

Arthur Fleck, el payaso, no encuentra acomodo en una sociedad que se presenta igual con trazos de Manhattan, Chicago o San Francisco, pero que también podría ser alguna de las muchas ciudades del mundo en las que se restringen, limitan, olvidan o simplemente no existen los servicios de seguridad social, dejando a su suerte a quienes requieren de ella. Y es que, hoy día, más vale no padecer una enfermedad mental porque, salvo casos de excepción, no habrá sociedad ni gobierno que quiera hacerse cargo.

Quien está viendo la película, camina por Ciudad Gótica calzando los incómodos zapatos de alguien que, infructuosamente, intenta darle más sentido a la vida que a la muerte, aun a pesar de su difícil situación. Va sintiendo cierta empatía con Arthur Fleck y, así, comienza a entender que la maldad también tiene su razón de ser. Que normalmente nadie escoge por gusto ser “el malo de la película” sino que, más bien, normalmente son las circunstancias las que le asignan ese papel.

Cómodamente sentado en su butaca, palomitas en mano, el espectador no se percata que ha sido encarnado en Fleck. Entendiendo ya su entorno, y sufriéndolo, incluso, experimenta así los terribles padecimientos mentales de este personaje. Ya no distingue con claridad qué parte de su vida es real y cuál no. Todo, o nada, puede ser real. Lo único de lo que se tiene certeza es de que cuando alguien ya no tiene nada que perder, lo puede ganar todo.

Ciudad Gótica se presenta sucia, oscura y con basura, igual que la realidad social actual. Hostil y agresiva, esa ciudad va acorralando a Arthur Fleck hasta llevarlo a un vagón del metro en el que la injusticia, vestida de traje y maldad, lo acecha y agrede. No tiene forma de escapar de ella, pero sí la manera de usar un arma que la misma sociedad puso en su bolsa. Es ahí donde, para alivio del espectador que sufre cada momento, surge Joker, quien primero dispara en defensa propia y, luego, sin piedad y arteramente lo hace por la espalda hasta matarla a través de esos tres individuos deshumanizados y perversos.

Así, el débil y humillado se transforma en el violento sanguinario que va tras la injusticia. Ahora, tiene más sentido la muerte que la vida... pero la muerte de los demás que lo han lastimado, incluso su madre, y también la de otros, porque la realidad y la imaginación demente se entremezclan.

Esa respuesta violenta de Joker, no sólo se entiende ya sino que, además, se justifica por el propio espectador.

Quienes pretendieron hacer negocio con Fleck ridiculizándolo con sus propias limitaciones, y aquellos que quisieron enriquecerse con la mediatización del payaso asesino, son los mismos que ahora, sin pretenderlo, han encumbrado a Joker como un líder con el que muchos comienzan a identificarse: responden al llamado a la subversión que les hace una sonrisa pintada con sangre sobre un rostro que llora y grita de desesperación. Nuevamente la risa y la sonrisa se funden y confunden con el sufrimiento extremo.

Los sublimes movimientos corporales de Joaquin Phoenix que acompasan el sonido y la música de la película, se traducen en un espectáculo de danza contemporánea y baile. Las encendidas gotas de sangre impactadas en el contrastante rostro blanco de Joker parecen aventadas por el mismo Jackson Pollock. La actuación de Phoenix borda en lo perfecto, igual que la de todo el elenco. Los temas y mensajes que contiene la película merecen largas conversaciones, textos y discusiones, igual de artistas que de abogados, políticos, sociólogos o psiquiatras.

El mensaje: algo está funcionado mal en las Ciudades Góticas del mundo; hay muchos Arthur Fleck y, peor aún, están en vías de convertirse en Joker. La desigualdad es ya insoportable y mucho el olvido de los que ya no tienen nada que perder. Son tiempos en los que las estructuras sociales comienzan a crujir por todo el mundo.

Por eso, Joker puede no ser tan buena película… si es que no hacemos algo pronto para cambiar las cosas.

De todo lo anterior, puede concluirse que Todd Phillips ha logrado una auténtica obra de arte: cine de arte vestido de película de Hollywood que está llegando a todos los rincones.

Joker es una prueba fehaciente de que cuando el arte se despoja de elitismos y logra llegar a todos por igual, se convierte en el más potente y efectivo lenguaje del que dispone el ser humano, y contra el que, por cierto, no hay garrotes, gases lacrimógenos, ni ejércitos enteros que puedan contenerlo.

 

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