No conoces a Jack

No conoces a Jack

 

Cuando pienso en Al Pacino, lo primero que se me viene a la mente es aquél joven inexperto que acaba convirtiéndose en jefe de la mafia en El Padrino y arrasa con sus rivales, uno a uno. Pero pienso, también, en Scarface o en Serpico. O en el coronel ciego de Scent of a woman, aconsejando a su improvisado discípulo y bailando al ritmo de Dance Me to the End of Love, de Leonard Cohen. La verdad, sin embargo, es que no sabría quién es el auténtico Al Pacino: en cada película se esfuma para dar vida a un personaje. Esto es lo que le convierte en gran actor.

Lo mismo ocurre con You Don’t Know Jack (2010), donde caracteriza a Jack Kevorkian (1928-2011), el médico de Michigan que, entre 1990 y 1998, aplicó la eutanasia a 130 “pacientes”, convencido de que la muerte era para ellos mejor opción. Resuelto a convertir su causa en bandera, sólo una sentencia judicial pudo detenerlo y enviarlo a prisión.

La película comienza con un hombrecillo enjuto y jorobado que mira, a través una ventana, a una mujer que agoniza en un hospital. Es Jack Kevorkian. La escena de la moribunda le ha recordado a su madre, quien sufrió intensamente durante sus últimos días. Entonces decide imitar “lo que ya se hace en Europa” y construir una máquina para proporcionar una muerte indolora a quienes han perdido toda calidad en la suya.

Quiero “dejar mi huella en la historia de la medicina”, declara ante sus amigos, médicos jubilados como él. Les recuerda que el hecho de que ya no esté en funciones no significa que esté retirado. Así, con la ayuda de Neal Nicol (John Goodman), uno de ellos, y de su hermana Margo (Brenda Baccaro), por 15 dólares compra en la tlapalería artículos que le permitan armar su rudimentario y mortal dispositivo.

Su primera “paciente” es una mujer a la que han diagnosticado Parkinson y a quien aguarda un futuro desolador. La presidenta de la sociedad Hellmock (Susan Sarandon) había accedido a prestar su casa pero, en el último momento, cambia de opinión. Este contratiempo no detiene a Kevorkian, quien lleva a la voluntaria a su propia camioneta. Ahí hace que ella misma jale el cordón que desata las substancias y le privan de la vida. A partir de ahí, vendrá un éxito tras otro.

La máquina se activa cuando el propio paciente libera una solución que le sume en un profundo sueño y otras dos que le provocan la muerte. Más tarde, cambiará a una mascarilla de gas —Mercitron— para que los pacientes inhalen monóxido de carbono. En ambos casos, sin dolor.

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