Laudatio a Miguel Carbonell, Premio a la Innovación Jurídica 2018

Laudatio a Miguel Carbonell, Premio a la Innovación Jurídica 2018

Laudatio a Miguel Carbonell en la entrega del Premio a la Innovación Jurídica 2018.

 

Hace algunos años, conversando con Jorge Carpizo, éste declaró ufano: “Soy el investigador más prolífico del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM”. Luego corrigió: “Bueno, el más prolífico, después de Miguel Carbonell”.

Hace unos días, platicando acerca del Premio Nacional de Jurisprudencia, con el que la Barra Mexicana distinguió a Eduardo Ferrer Mac Gregor, Diego Valadés me expresó que era un justo homenaje. “Finalmente —suspiro—, Ferrer es el escritor jurídico que más produce en México”. Pero rectificó al instante: “Después de Miguel Carbonell, por supuesto”.

El propio Carbonell está orgulloso de su fértil producción. En su currículum subraya que es autor de 80 libros propios y coordinador y compilador de 62. Añade que ha publicado más de 600 artículos en revistas especializadas y obras colectivas de México y de otros países.

Pero no es por su productividad que El Mundo del Abogado le otorga una presea esta noche. Tampoco por ser investigador nacional nivel III del Sistema Nacional de Investigadores, ni por haber sido la persona más joven en haber alcanzado dicho rango.

Se le otorga el Premio a la Innovación Jurídica 2018por la imaginación y el entusiasmo con los que ha contribuido a la divulgación del Derecho en México”. A través de sus libros y sus artículos, sí; de sus clases en la UNAM; de sus conferencias a lo largo y ancho del país, naturalmente; de sus editoriales en El Universal. Pero, también, de las redes sociales, sin las cuales ya no se explica el mundo contemporáneo.

Promotor infatigable del control de la convencionalidad, de los juicios públicos y orales, de la necesidad de involucrarnos con el Derecho comparado y de los más modernos criterios del mundo occidental para hacer, ejecutar e interpretar la ley, desde hace años se dedica a interpelar a los operadores del sistema de justicia. Los instruye, anima, provoca y cuestiona.

Convencido de que las viejas formas de aplicar el Derecho ya no responden al vertiginoso desarrollo tecnológico, económico y social del mundo globalizado, se ha convertido —empleo el sustantivo con entera responsabilidad— en sacerdote del neoconstitucionalismo. Con furor misionero, ha explorado los caminos más intrincados para explicar el Derecho no sólo a sus operadores sino a un ingente número de personas.

Como todo innovador, Carbonell goza de vivas simpatías —que lo digan, si no, sus más de 207,000 seguidores en Twitter, número superior al de cualquiera de los aquí presentes— pero, también, de antipatías. Éstas tienen un doble origen.

Primero, la frescura con la que arremete contra jueces, fiscales y académicos, con el ánimo de exhibir sus pifias; el donaire con el que denuncia sus contradicciones y su apatía para dar vida a las nuevas figuras jurídicas que emergen en nuestra legislación.

Segundo, su convicción de que las leyes, artículos y fracciones rebuscadas tienen el propósito de ocultar la intención de nuestros legisladores para beneficiar a un puñado de personas sobre todas las demás. Sus detractores lo acusan de ser superficial, de simplificarlo todo, de reducir los vericuetos jurídicos a su mínima expresión.

Pero esto, lejos de ser motivo de vituperio, debiera serlo de aplauso: ¿cómo pretendemos que la sociedad acate una ley que no entiende? ¿Cómo esperamos contar con una población crítica y participativa regida por un marco constitucional ininteligible? Si el acceso a la justicia es más que una mera declaración retórica, debemos comenzar por la claridad.

Esto —no faltaba más— indigna a los que se llaman a sí mismos “expertos”. Ellos quisieran ser los únicos interlocutores entre las normas y la comunidad. Carbonell frustra su intento una y otra vez. Entre quienes lo leen y lo siguen en redes desfilan tantos abogados como no abogados. Todos, ávidos de descifrar el mundo legal.

Maestro nato, echa mano de cuanto instrumento didáctico halla a su alcance, de cuanta técnica pedagógica pudiéramos imaginar, para delatar las esclerosis y los anquilosamientos que plagan nuestra legislación. Sabe que las instituciones requieren oxígeno para mantenerse y crecer. Él lo proporciona a raudales.

Celebro, por lo anterior, que el Premio a la Innovación Jurídica de este año corresponda a Miguel Carbonell, que lo comparte con otros dos impulsores de la modernización jurídica de México: José Ramón Cossío y Regina Tamés. Hombres y mujeres como ellos son los que necesita México para convertirse en el Estado Democrático de Derecho al que aspiramos.

Muchas felicidades. 

 


 

Twitter: @GLaveaga.

 

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