Algunas dudas sobre la Constitución Política de la Ciudad de México

Algunas dudas sobre la Constitución Política de la Ciudad de México

Ante la reforma constitucional que creó la Ciudad de México, no sólo los capitalinos sino un buen número de mexicanos están pendientes de la Constitución que se avecina.

Algunos grupos de interés han expresado, ruidosamente, lo que esperan del nuevo régimen, y los políticos, en particular, husmean para descubrir de dónde podrán sacar raja. Pero ¿es necesaria esta Constitución? ¿No va a acabar repitiendo, como lo hacen las de las entidades federativas, lo mismo que ya proclama la Constitución federal, sustituyendo el nombre del estado donde dice Federación? Hay que valorar hasta dónde vale la pena un rediseño amplio.

 

Es cierto que el reformado artículo 122 de la Constitución federal precisa una gran cantidad de obligaciones que deberán plasmarse en la Constitución Política de la Ciudad de México: desde los requisitos para ser alcalde, hasta los criterios para asignar el presupuesto de cada demarcación. Pero, si hemos de ser honestos, todo esto ya está contemplado en el Estatuto del Distrito Federal. ¿Vale la pena gastar 144 millones de pesos durante los cinco meses que laborará la Asamblea Constituyente en sus más de 400 asesores y los gastos que, en adelante, se originen al aplicar este ordenamiento?

Dado que la Constitución va a emitirse, de cualquier modo, hagamos algunas consideraciones. Para empezar, su reto más importante será precisar la naturaleza jurídica de la Ciudad de México. A juzgar por el artículo 124 de la Constitución federal, esta naturaleza ha quedado determinada, pues ahora toda facultad que no esté conferida expresamente a la Federación se encuentra reservada para los estados “y para la Ciudad de México”, lo cual significa que ésta es, ya, una entidad federativa. Pero ¿lo es? ¿Puede serlo cuando los poderes de la Unión residen en ella? Todo indica que no. ¿Qué es entonces? A todas luces, sigue siendo un Distrito Federal. ¿Lo precisará la nueva Constitución?

El gran perdedor ha resultado ser el Congreso de la Unión, que ha sacrificado muchas de sus facultades respecto del Distrito Federal. Entre otras, el control directo y explícito sobre la deuda pública de la ciudad. El presidente de la República, en cambio, conserva la posibilidad de remover al mando de las fuerzas de seguridad pública. Pese a ello, hay que tener cuidado: no faltarán los constituyentes de la Ciudad de México que pretendan arrebatárselas.

Otro aspecto que no debemos perder de vista es el precio a pagar por la pluralidad política. Con un cabildo de 10 a 15 miembros en cada demarcación se dará juego a todos los partidos políticos de modo balanceado. Esto, sin embargo, puede traducirse en parálisis administrativa. Si estos 10 o 15 miembros del cabildo van a discutir cada vez que una banqueta deba ser asfaltada, el debate amenaza burocratizar y entorpecer todo.

Al elegir a nuestras autoridades, los ciudadanos esperamos respuestas eficaces y no una sesuda discusión de concejales que vayan a trabar el suministro de agua. Con el pretexto de que es contrario a la ideología de un partido político o de que la limpieza de las calles puede violentar los derechos humanos, ¿vamos a depender de una votación para determinar la eficiencia de los servicios públicos? ¿Quedaremos a merced de negociaciones políticas para llevar policías a donde se requiera o para clausurar cantinas al lado de las escuelas? La sola idea asusta.

En la nueva Constitución habrá que considerar, asimismo, las nuevas demarcaciones. ¿Nos vamos a quedar con las 16 delegaciones políticas? En la actualidad, una de ellas —Iztapalapa— absorbe la tercera parte del presupuesto capitalino. ¿Conviene fraccionarla en tres o cinco municipios? Todo indica que sí, desde una perspectiva política. Desde una jurídica, no se ve tan claro.

Lo mediático, claro, va a ser si el aborto legal o el matrimonio entre personas del mismo sexo se deben incluir o no en el nuevo ordenamiento. Pero lo mediático no debe distraernos de los temas cruciales. Vivamos en la parte de México que vivamos, hay que estar alerta.

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