¿Con quién jugará el PRI?

¿Con quién jugará el PRI?

 

A pesar de su preparación, honestidad y grandes cualidades, José Antonio Meade carga con una lápida pesadísima: de acuerdo con encuestas y sondeos, la mayoría de los mexicanos prefiere cualquier cosa —cualquiera— antes que la corrupción que nos asfixia y que, de modo ineluctable, está asociada con el PRI. “No sólo son corruptos —se oye en múltiples corrillos de abogados—, sino cínicos: se encubren entre sí.”

El porcentaje de personas que no quieren el regreso del PRI es mayor que el de personas que valora las virtudes de Meade. Aun si él fuera carismático y transmitiera entusiasmo, ni así podría deshacerse de los lazos que lo vinculan con la Estafa Maestra, los gobiernos de los Duarte, Odebrecht y las cuentas infladas de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. “En esta elección —han dicho lo mismo Luis Rubio que Soledad Loaeza— influirá más la rabia que el miedo.” Para empeorar la situación, Meade se ha rehusado a romper...

No se descarta el triunfo del PRI y, de hecho, el presidente Enrique Peña aún lo cree posible. Su gente mueve piezas al respecto —ahí están las adhesiones de Silvano Aureoles o de Armando Ríos Píter— pero cada vez se antoja más difícil que el partido remonte. Paradójicamente, la debilidad del PRI y el hecho de que éste quede fuera de la contienda electoral, lo convierten en fiel de la balanza.

¿Con quién se asociará? ¿Con Ricardo Anaya, el abogado que encabeza Por México al Frente, o con Andrés Manuel López Obrador, dirigente de Morena? Ambos representan dos formas distintas de entender la vida política, económica y jurídica de México.

El diagnóstico de Andrés Manuel López Obrador es más amplio: la desigualdad, la pobreza y la corrupción que agobian al país son execrables. La poca sensibilidad que ha mostrado al respecto la clase política y empresarial merece ser castigada.

El problema con el líder de Morena es que su propuesta no está anclada a la realidad. “Busco la cuarta revolución”, ha anticipado, comparándose con Hidalgo, Juárez y Madero. Habla en serio: al pretender fijar el precio de la gasolina, clausurar el nuevo aeropuerto, abrir nuevas refinerías cuando éstas han probado su fracaso, convocar a elecciones cada dos años para revocar su mandato —un ejercicio que podría rebasar el sexenio— o amnistiar a los narcotraficantes, provocará, en efecto, una revolución: las inversiones se esfumarán y un gobierno abotagado tendrá que hacerse cargo de todo.

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