Luces y sombras en la gestión de AMLO

Luces y sombras en la gestión de AMLO

 

Sexenio tras sexenio, como lo señalamos en su momento en este espacio, los gobiernos mexicanos se dedicaron a favorecer a 30 por ciento de los mexicanos. El “crecimiento de México” se refería sólo a un tercio del país, mientras el otro 70 por ciento vivía en el olvido. La Secretaría de Desarrollo Social impulsaba uno que otro programa que paliaba la pobreza extrema de algunos sectores… y no mucho más.

“Hay dos Méxicos”, llegó a publicar el semanario The Economist. Mientras uno se antojaba boyante, el otro vivía en el olvido y en el atraso. Con figuras como la Fórmula Otero (esto ya no lo dijo The Economist) y el outsourcing, se propiciaban desigualdad y hasta explotación desde la Carta Magna y la ley.

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha venido a darle visibilidad al México del 70 por ciento y esto, por sí mismo, es encomiable. Si sólo lograra esto durante su mandato, el presidente pasaría a la historia como un buen gobernante. Por añadidura, se ha denunciado un sinnúmero de casos de corrupción que merecían ser denunciados. Casas y departamentos de servidores públicos en Estados Unidos y Europa; cuentas bancarias escandalosas; transacciones de millones de dólares o de libras esterlinas; abusos de los dirigentes sindicales; fortunas inexplicables que se hallaban (y se hallan) ocultas en paraísos fiscales…

Los movimientos sociales que recorren el mundo, lo mismo en Líbano que en Hong Kong; en Siria, que en Chile; en la Francia de los gilets jaunes, que en el Irán de los ayatolas, nos hacen ver que, en México, la bomba estaba a punto de estallar. Si se hubiera impuesto a José Antonio Meade o a Ricardo Anaya para garantizar los intereses y los negocios de unos cuantos empresarios y políticos, ni policía, ni ejército se habrían dado abasto para contener la indignación de las clases medias que miraban disminuir sus niveles de vida, mientras otros se enriquecían a manos llenas.

El triunfo de López Obrador se convirtió, así, en una válvula necesaria para dejar escapar la rabia acumulada durante los últimos sexenios, en los que las élites exigían que el presidente utilizara a la policía y al ejército para velar por la seguridad de un tercio de la población y para agilizar acuerdos y favores de unos cuantos. Hay que celebrar la victoria de Morena, los mensajes contra los corruptos y hasta la caída de algunos abogados que, lejos de honrar la profesión, la estigmatizaban.

Pero también hay sombras: por todos lados se advierte una sensación de acoso y persecución a quien se oponga al régimen, ya se trate de la Suprema Corte de Justicia de la Nación o de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos; de activistas comprometidos o de un despacho fiscalista de abogados que defienda los intereses de sus clientes. Las amenazas, los “le aconsejo que se aparte del caso” y las auditorías están a la orden del día.

El Tren Maya y la refinería Dos Bocas, que en la década de 1970 habrían merecido aplauso unánime, ahora se miran como anacrónicos. Aunque se entiende que el gobierno haya claudicado ante las presiones de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación —era un aliado electoral imprescindible—, no deja de ser una lástima que hayamos renunciado a evaluar a los maestros y a crear una clase magisterial profesional en lugar de empoderar a marchistas y porristas que se ostentan como maestros y cuyos ingresos dependen de las movilizaciones que organizan y no de la formación de nuestros niños y jóvenes.

Lo más inquietante de todo, sin embargo, es que el gobierno no haya enviado, hasta la fecha, señales claras que animen a los inversionistas nacionales y extranjeros a apostar por México. Cerrar el aeropuerto fue un símbolo para expresar que no podían seguirse enriqueciendo siempre los mismos grupos —hasta podría leerse el gesto como positivo— pero no se ven alternativas… Y esto sí debe preocuparnos.

 

Ángel M. Junquera Sepúlveda

Director

 

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