Las escuelas de Derecho en el ojo del huracán

Las escuelas de Derecho en el ojo del huracán

A raíz del suicidio de una estudiante de la carrera de Derecho en una universidad de la Ciudad de México, se han suscitado diversas protestas de estudiantes, así como andanadas de críticas en las redes sociales, dado que la muerte de esta joven se atribuyó al estrés que le provocaba ese centro de estudios.

Un suicidio constituye siempre una tragedia. Representa un suceso que nos obliga a reflexionar en torno a aquello en lo que hemos fallado como sociedad y que conduce a una persona a quitarse la vida. El suicidio, decía Durkheim, es un indicador de qué tan sana es una comunidad.

Sin pasar por alto el dolor de familiares y amigos, es preciso preguntarnos qué lecciones deben sacar las escuelas de Derecho —y quizás todas las escuelas que imparten educación universitaria— de esta tragedia. Ante todo, hay que destacar que un suicidio nunca tiene una sola causa: es resultado de factores biológicos, familiares y sociales. Atribuirlo a una sola causa sería frívolo. Peor aún: irresponsable.

En segundo lugar, hay que admitir que el caso que nos ocupa ha generado polarización: algunos reconocen que las protestas y denuncias de los estudiantes constituyen actos de valentía por alzar la voz contra la indiferencia de la universidad hacia la salud mental de sus alumnos. Otros ven en las quejas de estos jóvenes a un grupo poco tolerante a la frustración que, desde una posición privilegiada, se victimiza y busca rehuir el esfuerzo y disciplina. “Generación de cristal”, la motejan unos. “Mártires de Starburcks”, dicen otros.

Si bien la universidad no puede ser señalada como la única responsable de la tragedia —insisto—, es preciso preguntarnos qué pudo o qué puede hacer la institución. El estrés que genera estudiar en una escuela de excelencia académica es innegable. Pero, hasta cierto punto, inevitable. Es una situación similar a la que se enfrentan los deportistas de alto rendimiento, quienes aspiran a ser los mejores, romper nuevas marcas y lograr competir algún día en las olimpiadas. Al igual que estos deportistas, los estudiantes de alto rendimiento deben de estar mentalizados para dar lo mejor de sí bajo presión, en un ambiente extremadamente competitivo, sabiendo que el camino que tendrán que recorrer será uno de mucho esfuerzo, disciplina y sacrificio.

Las universidades, sin embargo, deben revisar sus políticas de admisión y verificar que quienes aspiran a ingresar cumplan con ciertos requisitos. También deben revisar el contenido de sus programas de estudio que, conforme pasan los semestres, suelen permanecer estáticos, indiferentes e insensibles a los cambios por los que atraviesan la sociedad y las nuevas generaciones. La sensación de aprender cosas inútiles —o útiles solo para justificar los honorarios de quienes las enseñan— tiene costos muy altos.

Las universidades tendrán que evitar, asimismo, los abusos por parte de los docentes con los alumnos. Hay que establecer cribas para admitir profesores, evaluarlos y calificarlos constante y minuciosamente, a efecto de que cuenten no sólo con el conocimiento, experiencia y habilidades técnicas para dar clases, sino que, además, sean empáticos y respetuosos en las aulas. Muchos catedráticos pretenden aliviar sus propios traumas humillando a los jóvenes.

El reto al que se enfrentan las escuelas de Derecho y las universidades del país entero es llegar a entender y definir cuál es su responsabilidad de cara a la construcción de una mejor sociedad. Entender que la excelencia profesional y el esfuerzo no tienen por qué estar reñidos con el respeto y protección a la integridad psicoemocional de los alumnos. Inculcar en los jóvenes la cultura del esfuerzo, partiendo siempre del respeto hacia ellos, significa reconocer el gran potencial que tienen como generación para superar los retos que se vislumbran en el horizonte.

 

Ángel M. Junquera Sepúlveda

Director

 

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