Matrimonio igualitario, Iglesia e intolerancia

Matrimonio igualitario, Iglesia e intolerancia

Cuando en 1632 Galileo Galilei anunció que Copérnico tenía razón y que era la tierra la que giraba alrededor del sol y no el sol alrededor de la tierra, la reacción de la Iglesia católica no se hizo esperar: ordenó el arresto del astrónomo y lo sometió a juicio por herejía.

Galileo confiaba en que el cardenal Maffeo Barberini, convertido en el papa Urbano VIII, interviniera a su favor. Barberini era un sacerdote ilustrado que en diversas ocasiones había conversado con Galileo… Pero Urbano no movió un dedo para salvar a su amigo.

La razón era simple: la afirmación de Galileo contrariaba a la Biblia, donde se narra cómo Josué, al ver que comenzaba a anochecer, para ganar la batalla a los amorreos, pidió el apoyo de Yahveh y ordenó al sol que se detuviera. “Y el sol se detuvo y la luna se paró”, se lee en la Biblia (Josué 10:10). Si la Iglesia se equivocaba en algo tan básico como la geografía, también podría equivocarse en teología, política y economía…

La intransigencia de la Iglesia católica ha sido, desde entonces, legendaria: nada que cuestione su autoridad puede admitirse. La Inquisición se encargó, en su tiempo, de aniquilar a quien disintiera, lo que provocó que los científicos huyeran a Inglaterra y a otros países menos radicalizados. Las naciones donde dominaba la Iglesia católica fueron quedándose a la zaga del progreso.

Esto, desde luego, no es privativo de la milenaria institución. Sin ir más lejos, en enero de 2015 la revista Charlie Hebdo sufrió un ataque de los islamistas extremos —un ataque en el que fueron asesinadas 12 personas— por haber publicado unas caricaturas que, según los yihadistas, los ofendían. Hace apenas unos días, a finales de septiembre, el periodista jordano Nahed Hattar fue acribillado, no por hacer una caricatura de Mahoma sino sólo por difundirla en las redes.

Esto es injustificable pero comprensible: toda institución que basa su prestigio y su poder en dogmas que no tienen más fundamento que el dicho de sus jerarcas debe ser intransigente, a riesgo de perder su autoridad: “Esto se hace porque Dios lo dijo”, “Esto se hace porque el Mesías lo ordenó” “Esto se prohíbe porque así lo quiso el Profeta”. Punto.

Lo que no parece claro es que este dogmatismo se aplique cuando la institución no corre peligro alguno. El caso del matrimonio igualitario es un buen ejemplo. ¿Por qué hay tanta oposición de la Iglesia católica? ¿Qué se intenta ocultar o qué se busca proteger? “¿Quién soy yo para juzgar a los homosexuales?”, preguntó el papa Francisco cuando se le interrogó al respecto. Luego, presionado por sus cardenales, no volvió a abrir la boca para abundar en el tema.

Algunos teólogos aseguran que es la misma naturaleza humana la que está en juego, que la homosexualidad va contra ella y que el matrimonio igualitario es una aberración que la Iglesia debe combatir. Pero cuando se advierte que jirafas, pingüinos y otras especies animales tienen relaciones homosexuales y, más aún, constituyen parejas homosexuales, el argumento se derrumba.

Si la Iglesia católica quiere defender causas nobles para legitimarse, tiene docenas de ellas ante sus ojos. Su flexibilidad y su capacidad de reinventarse a lo largo de la historia son encomiables. ¿Por qué empeñarse, entonces, en una causa que acabará desgastándola y sólo servirá para fortalecer a los sectores más alejados de la vida intelectual?

El manifiesto que publicaron algunas universidades oponiéndose al matrimonio igualitario y a la afortunada iniciativa que, al respecto, envió al Congreso el presidente Enrique Peña Nieto, lo dejó claro: con excepción de una de ellas, todas eran “universidades” de escaso prestigio. Las comillas valen porque universidad significa universalismo, diálogo, debate… no dogmatismo. Entre muchos investigadores y profesores de estas “universidades”, incluso, el comentario en corto fue el mismo: “No puedo decir nada al respecto, pero me avergüenza mi institución”.

Para que no hubiera duda del lado del que estaba la intelligentsia, la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Autónoma Metropolitana y otras universidades más universales —vale la redundancia— tomaron partido de inmediato a favor del matrimonio homosexual, que a nadie perjudica.

La Iglesia católica debería posicionarse en el marco más amplio de la tolerancia y la convivencia; más en la línea de la ONU que en la del dogmatismo medieval. Así como Juan Pablo II acabó ofreciendo disculpas por la brutalidad con la que la Iglesia actuó en el siglo XVII contra Galileo, así veremos pronto a un papa ofreciéndolas por lo que hoy está haciendo con la comunidad LGBT.

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