¿Quién está detrás del éxodo centroamericano?

¿Quién está detrás del éxodo centroamericano?

 

La caravana de migrantes centroamericanos que se inició el 12 de octubre con 600 personas, que al poco tiempo ya contaba con 4,000 y que ha ido aumentando hasta tener más de 7,000, divide al país como pocos temas.

De acuerdo con la encuesta que emprendió El Universal, 47 por ciento de los mexicanos dan apoyo al movimiento: “Tenemos que ser solidarios con nuestros hermanos de Guatemala, Honduras, Nicaragua y El Salvador que huyen de la miseria y la pobreza a la que sus gobiernos los han orillado”, dicen.

Las muestras de solidaridad que se han visto en Chiapas apoyan esta postura: “¿Cómo vamos a exigir a Estados Unidos que trate bien a los migrantes mexicanos si nosotros reprimimos y deportamos a los de Centroamérica?” “Donde come uno, comen dos”, ha dicho Andrés Manuel López Obrador, quien se ha sumado a este grupo.

Pero hay 37 por ciento que no está de acuerdo en lo absoluto: “¿Cómo vamos a absorber a tantos extranjeros, cuando en México hay tantos problemas de desempleo, inseguridad e infraestructura?”, se quejan. “Si López Obrador quiere emular a Cárdenas, que abrió las puertas a los españoles que huían de Francisco Franco, tendría que recordar que aquellos exiliados eran abogados, médicos, ingenieros, contadores, profesores y comerciantes que vinieron a enriquecer a México, y no personas sin oficio ni beneficio, que sólo aumentarán las filas de la delincuencia”, aducen.

Independientemente de nuestras simpatías o antipatías, hay que admitir que el movimiento se da en un momento crucial: la víspera de las elecciones legislativas en Estados Unidos. No hay que ser un conspiracionista para entender que el gran beneficiado de esta caravana es el presidente Donald Trump. Por eso, preguntar quién organizó y quién financió este “inesperado” éxodo es obligado.

Las fotografías de los caminantes hambrientos que se dirigen en masa al norte podrían convencer a muchos votantes estadounidenses de que su empleo, su seguridad y hasta su vida corren peligro si los centroamericanos atraviesan sus fronteras. ¿Y quién es el único que se ha desvelado por asegurarlas? ¿Quién es el único que se preocupa por el norteamericano medio que acudirá a las urnas? Especialmente, cuando México desoye sus exhortos a frenar la caravana. ¿O no ha dicho Trump que ésta constituye una “emergencia nacional”? ¿No ha dicho que en ella se han camuflajeado terroristas orientales? ¿No ha anunciado que cortará todo tipo de apoyos a los gobiernos centroamericanos por no controlar a su gente? ¿No ha dicho que el fracaso de la policía mexicana abona a los intereses de los demócratas?

Para México, el problema es enorme por donde se mire: si reprime a los exiliados o los deporta, perderá autoridad para exigir respeto a los migrantes mexicanos en Estados Unidos. Si los tolera, estará dando luz verde a nuevas olas masivas de “perseguidos políticos”, que vendrán a disputar los recursos naturales y financieros del país.

El presidente Enrique Peña y Luis Videgaray, secretario de Relaciones Exteriores, estuvieron muy bien al declarar que toda ayuda de México debería brindarse dentro de los cauces legales. Ante las bravuconadas de Trump, el secretario de Gobernación, Alfonso Navarrete, mostró enorme dignidad. Roberto Campa, secretario del Trabajo, ha resultado oportuno al anunciar “un programa de empleo temporal”. Pero estas declaraciones apenas aminoran los efectos del problema que amenaza.

Por lo pronto, han comenzado los muertos, los accidentados, los robos, la separación arbitraria de familias, los abusos del personal del Instituto Nacional de Migración y hasta de la Secretaría de Salud. Ocurra lo que ocurra en Estados Unidos, el nuevo gobierno de México va a necesitar más que declaraciones para precisar los límites de la ayuda humanitaria y de la solidaridad. El primero de estos límites, pese a quien le pese, tendrá que ser la ley.

 

Ángel M. Junquera Sepúlveda

Director

 

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