Razones para la esperanza

Razones para la esperanza

 

La llegada al poder de Andrés Manuel López Obrador supone miedos y esperanzas. No es para menos. Hay razones para temer y razones para confiar.

El modelo económico que se inició con Carlos Salinas de Gortari permitió que el país despuntara y aspirara a ser una potencia económica. Las inversiones extranjeras, el Tratado de Libre Comercio, la apertura internacional… fueron buenas noticias para México en un mundo cada vez más globalizado. Pero este modelo benefició a pocos mexicanos.

El 40 por ciento de pobres que aún tenemos, según el CENEVAL; el 60 por ciento de la población que tiene un trabajo informal; la deuda púbica que equivale a 44 por ciento del PIB, y un índice de 30 homicidios por cada 100,000 habitantes son datos suficientes para advertir que el modelo que despuntó en la década de 1980 deja mucho qué desear.

Así como la democracia ha dejado promesas sin cumplir —la imagen es de Bobbio—, la economía liberal también dejó en el abandono a millones de personas que esperaron años y años a que “las mieles del progreso” se derramaran a los estratos más bajos y las beneficiaran. No ocurrió así.

Y México no es la excepción, como lo demuestran el Brexit y la llegada al poder de Donald Trump. Las personas que, en nuestro país, veían cómo su situación no era mejor que la de sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos, exigían un cambio que les beneficiara.

¿La llegada a la presidencia de López Obrador supone este cambio? Es pronto para anticiparlo. Fascinado por la economía de la década de 1960 —que en esa época fue afortunada, dadas las características demográficas y la economía mundial— y por el discurso nacionalista de la década de 1970, el nuevo mandatario insiste en bucear en el pasado para encontrar soluciones al presente.

Anhela una presidencia fuerte y un régimen centralista donde jueces y gobernadores estén subordinados al presidente de la República, donde la economía se dirija desde Palacio Nacional, donde se otorguen becas y subsidios al por mayor y donde el petróleo y los recursos naturales sean nuestras principales fuentes ingresos.

Intentar esto va a sacudir estructuras económicas y políticas que merecen ser replanteadas, pero esta sacudida, que sin duda acarreará problemas, también puede representar oportunidades para los grupos postergados. Naturalmente, esto no bastará para beneficiar a México. Se requerirá una reorganización política profunda.

Empezar por los municipios podría ser ideal. Muchos de ellos se han convertido en auténticos feudos. Reduzcámoslos a la mitad. Ése sería un golpe maestro contra el clientelismo y permitiría una sana redistribución de los recursos públicos. Soportar una estructura administrativa tan grande y onerosa —aunque no existiera corrupción— es absurdo por donde se mire. Reducir municipios sería más conveniente que reducir sueldos a jueces y a servidores públicos.

Y, como los municipios, también habría que revisar los monopolios, como lo hemos dicho hasta el cansancio en este espacio. Que sólo una treintena de familias o grupos empresariales sean los “dueños” de México no es alentador bajo ningún régimen.

“Nos va a ir mal, muy mal”, advirtió Claudio X. González Guajardo. Quién sabe: tantos mexicanos olvidados y resentidos ya no eran opción. Si algunos empresarios o algunos caciques salen mal librados en esta “transformación radical” no significará que nos vaya a ir mal a todos.

Como en todo cambio de gobierno, habrá ganadores y perdedores. Algunas figuras menospreciadas en el ámbito político, empresarial y sindical ganarán. Otras, perderán. Pero —de nuevo— habrá oportunidades para muchos olvidados. Ésta es una buena noticia.

La pregunta es si esta oportunidad podrá aprovecharse para un crecimiento más parejo del país o, por el contrario, para un decrecimiento uniforme. La moneda está en el aire… pero hay enorme espacio para la esperanza.

 

Ángel M. Junquera Sepúlveda

Director 

 

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