¿Un civil al frente de nuestras Fuerzas Armadas?

¿Un civil al frente de nuestras Fuerzas Armadas?

Si bien aún no sabemos en qué acabará el tema de Ayotzinapa, este caso ha dejado importantes lecciones a todos los mexicanos. Si sabemos aprovecharlas, nuestro país saldrá fortalecido.

Hay un tema, sin embargo, que parece haberse omitido y, quizás, valdría la pena ponerlo sobre la mesa: ¿el secretario de la Defensa Nacional debe seguir siendo un militar?, ¿el secretario de la Marina debe seguir siendo un marino?

El papel de las Fuerzas Armadas en México tiene orígenes históricos. Su aportación en la consolidación del Estado mexicano es conocida por todos. A diferencia de lo que sucedió con el resto de Latinoamérica, el distanciamiento de los militares de la política, con el ascenso del presidente Alemán, quizá es el origen de la estabilidad con que contó México durante la segunda mitad del siglo XX.

A pesar de lo anterior, de unas décadas para acá, las Fuerzas Armadas se encuentran en una situación comprometedora. El hecho de que éstas se ocupen de asuntos de seguridad ha sido discutido hasta el cansancio. La población se muestra, en el mejor de los casos, ambivalente; lo mismo han opinado expertos, organizaciones de la sociedad civil, la judicatura y los organismos internacionales.

Representantes de las facciones del PAN, PRI y PVEM en la Cámara de Diputados anunciaron que están por emprender una reforma al marco regulatorio que norma las actividades militares. No se trata de despojar al Ejército de las facciones policiacas, precisaron, sino de regularlas.

La izquierda, por el contrario, ha sido contundente al negar su apoyo: no es papel del Ejército realizar labores policiacas. Los militares fungiendo como policías, aducen, violan derechos humanos y se desprestigian.

En términos generales, ambos están en línea con prácticas internacionales: el Ejército puede tener labores de seguridad interior, pero éstas deben ser acotadas. Sin embargo, dadas las circunstancias actuales del país y las profusas labores que se les han encomendado, se antoja complicado que podamos encuartelar a los militares próximamente…

A pesar del intenso debate, nadie ha abordado un tema que podría tener enormes repercusiones en la forma que entendemos a las Fuerzas Armadas: cuando, a principios de octubre, el titular de la Secretaría de la Defensa salió a explicar por qué los militares de la base militar de Iguala no iban a declarar ente la CIDH, fue denostado: ¿por qué no se subordinan al poder civil?, ¿acaso militares y marinos no están obligados a rendir cuentas, como ocurre en cualquier democracia? Algunos medios llegaron, incluso, a ridiculizarlo.

En Estados Unidos y el Reino Unido, en Francia y España, en Italia y Alemania, Ejército y Marina son tan importantes como en México. Precisamente por eso, los gobiernos de esos países protegen a sus militares y a sus marinos con auténtica devoción: no tienen que explicar la necesidad de un aumento presupuestal ante el Congreso, ni por qué un coronel abrió fuego contra un grupo de disidentes; no debaten con los medios, ni con la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. Tampoco tienen que morderse la lengua cuando el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos los acusa de torturar, ni se enfrascan en discusiones académicas… Para ello tienen a un integrante del gabinete, que es, invariablemente, un político profesional.

Un político profesional puede desgastarse todo lo que se quiera y, en caso extremo, ser removido sin que las Fuerzas Armadas se vean afectadas estructuralmente; no podríamos decir lo mismo del general secretario de la Defensa Nacional o del secretario de la Marina: vaivenes en estas oficinas causarían alarma inmediata. Este atavismo se ha traducido, en los hechos, en un enorme desfavor a militares y a marinos.

Las Fuerzas Armadas cumplen un papel tan delicado en el mantenimiento de la seguridad que, en alguna época, en México no podían ser tocadas ni con el pétalo de una rosa. Junto con la Virgen de Guadalupe y el presidente de la República, Ejército y Marina debían permanecer aislados de cualquier crítica.

Pero el mundo ha cambiado. Si México quiere ser un país moderno, debe ajustarse a los parámetros internacionales y someterse al escrutinio internacional. Nuestros soldados y nuestros marinos han demostrado, una y otra vez, su lealtad, su valor y su compromiso… Pero no escapan de este condicionamiento. ¿Por qué no, pues, nos animamos a sacar el tema y a debatirlo dentro de los cauces democráticos que ofrece nuestra Constitución? No tenemos nada que perder y sí, en cambio, mucho que ganar. 

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