Alberto Nava

En la casa de los litigantes

Alberto Nava

Hace algunos días apareció Los litigantes (Conversaciones con los grandes penalistas de México), un libro sobre la vida de algunos penalistas que han desarrollado su actividad en el litigio. Su autor nos habla de lo que significó concretar uno de sus anhelos como escritor: entrevistar a quienes considera que han dejado huella en el Derecho penal, pero no con la óptica de la academia o el estudio de las resoluciones judiciales, sino con el arduo esfuerzo de pedir justicia ante los tribunales, día a día, con argumentos y con defensas que han hecho época. 

 

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Cuando entrevista a un abogado litigante, ¿lo hace como colega, como investigador, o con qué óptica lo contempla?

En lo personal he tratado de combinar la experiencia del foro con la investigación y la cátedra. Creo que con ese trípode se genera una retroalimentación necesaria para tener mejores argumentos en el foro, mayor experiencia de lo que se dice en la investigación y, por supuesto, varios elementos atractivos para la clase. Al entrevistar, lo hago con un bagaje en el que conozco al entrevistado y su trabajo. Lo entrevisto porque admiro lo que ha hecho y ése es el motor principal para hacerlo. Al momento de hacer la entrevista surgen temas y un lenguaje común de lo que se vive en el litigio y entonces, más que como colegas, los escucho como el aprendiz lo hace con el maestro. Ellos son los de la voz en ese momento y los que deben dar la cátedra en los temas que abordan.

 

¿Cuál es el objetivo de su libro?

Tener un retrato personal, aunque breve por razones de espacio, de quienes le dan un rostro al Derecho penal a través de su ejercicio.

 

En este país, donde el proceso penal pasa por varias etapas ajenas al público, donde sale muy poco a la luz acerca de cómo se ejerce el Derecho penal, ¿cómo puede decir que está frente a los mejores penalistas? Porque en otros sistemas en los que se da acceso al público y se observa el quehacer del abogado a través de la oralidad, uno puede distinguir si el mismo lo está haciendo bien o mal.

El procedimiento penal tiene el rasgo público desde antes de que iniciara el nuevo sistema de justicia penal, así que la transparencia no debería ser el tema medular; sin embargo, te puedo decir que el trabajo de estos abogados entrevistados puede consultarse en hemerotecas, pues sus casos fueron un hito y las resoluciones de los mismos fueron publicadas y conocidas por la opinión pública.

En muchas ocasiones podrás darte cuenta de la naturaleza de la acusación (y en tu fuero interno formular una posible solución) y estos abogados encontraron la solución a sus casos (casi la mayoría ha salido invicto). Así tienes parte de la historia, la cual se complementa con las notas que se generan. Uno de los entrevistados manifiesta una clara vocación del abogado defensor como comunicador de la causa, sin que ello signifique que termine litigando en los medios.

 

¿Cómo sabe que está entrevistando a los más grandes?

Por sus resultados. Sin duda alguna. Con una visión práctica. Muchos de estos abogados han sido criticados por las causas que han llevado (porque a veces el público condena con base en lo que ve en los medios de comunicación, y se llegan a observar veredictos populares de culpabilidad con los mínimos elementos con los que se cuenta). Sin embargo, estoy seguro, y así lo digo en el libro, que si una persona tuviese que enfrentar el drama penal, le gustaría, sin dudar, que alguno de estos abogados tomara su asunto.

 

En su libro, ¿están todos los que son o son todos los que están?

Con seguridad te digo: todos los que están lo son. Pero sin falsa modestia también te digo que no están todos los que deberían estar.

 

¿Por qué?

Porque algunos, como Ignacio Mendoza Iglesias, Sergio Vela Treviño o Andrés Iglesias Baillet, fallecieron mucho antes de que pudiera concretar el libro. Sólo al último lo conocí personalmente y es una lástima que la entrevista se haya quedado en el tintero.

También quedó pendiente una entrevista para un colega que actualmente ejerce como fiscal y cuya agenda no permitió tener el espacio requerido. Así también hubo quien simplemente no creyó en este proyecto y no dio la entrevista.

Hubo otro que me tomó la llamada y, antes de fijar un día para realizar la entrevista, falleció.

En fin, faltan algunos, pero creo que con los que se logró realizar el trabajo se puede tener una idea redonda de los casos y los litigantes que le dieron cara al Derecho penal de la mitad del siglo XX a estos días.

 

¿Fue difícil entrevistarlos?

A todos los conocía por sus casos y le di seguimiento a su trabajo. Pero no conocía a todos en lo personal y por eso recurrí a las agendas tanto de mi maestro como de Gerardo Laveaga y Olga Noriega. Fui recibido por cada uno de ellos y, en general, algo que los distinguió fue su generosidad.

 

¿Entrevistará a más litigantes?

No lo sé. Ni siquiera me imagino cuál será el destino de este primer ejemplar.

 

Entre las páginas se encuentra “La puerta del infierno” de Rodin. ¿Acaso es una alusión personal?

Cuando vi la obra en el Museo Soumaya de la Ciudad de México me pareció impresionante. En ese momento recordé una placa con una frase que tenía mi padre (él era médico, hay que aclarar) sobre su escritorio, que decía: “Curar es obra divina”, atribuida a Hipócrates. Bajo esa perspectiva creo que la labor de un defensor es bajar hasta las mismas puertas del infierno para salvar a su cliente de ese infierno que es el proceso penal.

 

En estos tiempos en que la cuota de género goza de relevancia, ¿por qué no hay mujeres entre sus entrevistados?

Claro, puede ser un aspecto criticado, pero en la época de la que trata el libro no había muchas mujeres litigantes en materia penal. Sin embargo, recuerdo una que fue ejecutada en Monterrey y una defensora de derechos humanos que también tuvo un desenlace fatal. Creo que las mujeres más destacadas en el ámbito penal podemos encontrarlas tanto en la academia (por ejemplo, Olga Islas) como en el ámbito de la procuración y administración de justicia, donde sobran muchos nombres de destacadas juristas. Las mujeres litigantes apenas están por despuntar. De hecho, aparece la abogada Estíbaliz Sáenz, que trabaja con Juan Rivero, pero cuya carrera apenas empieza a cobrar lustre propio.

 

¿Sugiere que esto va a dar más de qué hablar?

Por supuesto, los litigantes constituyen un aspecto muy importante del rostro del Derecho penal vivo, pero hay que complementar los puntos de vista, como en toda investigación.

 

El libro tiene un título similar, que varía por el subtítulo del mismo, al que escribió John Grisham. ¿Hay alguna conexión con él?

De hecho, cuando inicié este proyecto, el libro no tenía un título definido. No fue sino hasta que entrevisté a Alonso Aguilar que se llamó Los litigantes, que el propio abogado refirió como una de sus lecturas, de Grisham, precisamente.

 

Pero no se conformó con hacer las entrevistas sino que además las reunió en lo que usted llama la foto histórica del 28 de febrero de 2017. ¿Cómo fue eso?

Luego de las entrevistas, pudimos tender muchos puentes. Pero para la foto hubo dos complicaciones: una, lograr reunirlos, pues todos tienen agendas saturadas, y la otra, encontrar un lugar para llevar a cabo la fotografía grupal, a la que no pudo llegar Alonso Aguilar porque su avión no despegó a tiempo desde Monterrey, donde actualmente atiende una causa importante.

Como te lo dije antes, con gran generosidad participaron para este proyecto y de ahí salió esa foto única.

 

¿Cuál fue la entrevista más difícil?

Parafraseando a Jacobo Zabludowsky: la que no ocurrió. Porque con las que llevé a cabo no hubo dificultad. A pesar de que algunos entrevistados no me conocían, paulatinamente fueron contando su historia, la cual, sirva decirlo, tal vez hicieron porque no había afán de fastidiar con las preguntas y ellos lo notaron. Se trataba de tocar puntos de interés para los penalistas, pero también de rescatar algo de sus biografías para que el trabajo tuviera un carácter más allá de los temas de coyuntura.

 

Uno de sus entrevistados dijo: “No se puede litigar y escribir”, y usted no lo contradijo ni habló de sus libros. Eso me recuerda un pasaje del libro El general en su laberinto de Gabriel García Márquez, cuando el pequeño barco en el que va Simón Bolívar se estremece con el paso de un gran buque que se llama El Libertador, y Bolívar sólo musita: “Soy yo”. ¿Por qué no le dijo que usted es un litigante que además escribe, o un escritor que además litiga?

Porque él es el entrevistado y ocupa el lugar de atención. Por lo demás, con el tiempo se daría cuenta de mis trabajos.

 

¿Cuál es el balance de este ejercicio?

Mi balance personal es de mucha gratitud para los entrevistados. Ya que te refieres a la literatura, creo que al igual que conocemos la vida de los escritores, es necesario conocer algo de la vida de quienes ponen en práctica el mundo de las ciencias penales. Espero que aporte otro punto de vista para jueces y agentes del Ministerio Público. La gente los conoce por la fama que han ganado. Vamos a ver qué piensan después de leer sus historias.

 

 


 

 

Alberto Enrique Nava Garcés es licenciado, maestro y doctor en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Obtuvo los dos grados (maestría y doctorado) con mención honorífica, así como el diploma I Law otorgado por el Berkman Center for Internet & Society at Harvard Law School, Harvard University, Internet Law Program 2006.

Actualmente es miembro del Sistema Nacional de Investigadores del CONACYT, nivel 1, especialista en Derecho penal y amparo, así como en delitos informáticos y redes sociales en internet. También es profesor de teoría del delito en la Universidad Anáhuac (campus norte), profesor investigador invitado del Instituto Nacional de Ciencias Penales y consultor externo (2011-2012) de la Oficina de las Naciones Unidas para el Delito y la Droga, Proyecto sobre Retos de la Cibercriminalidad en Latinoamérica.

 

 

 


 

 

* Investigador asistente en el INACIPE.

 

 

 

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