Jorge Volpi

Cuando la realidad no necesita a la ficción

Jorge Volpi

 

Algunos lo han llamado el juicio del siglo: un asunto que desató una tensión diplomática entre México y Francia, que elevó hasta la Suprema Corte la decisión de liberar a Florence Cassez y que, al día de hoy, mantiene a Israel Vallarta en prisión preventiva. Para el escritor y abogado Jorge Volpi era una historia incompleta. Escribió una novela sin ficción para llenar los vacíos del galimatías jurídico y el resultado no pudo ser mejor recibido. “Una novela criminal” (Premio Alfaguara 2018) es una denuncia al sistema de justicia penal que ha reabierto un icónico asunto en nuestro país.

 

 

¿Cuál era tu principal objetivo al escribir este libro?

Me parecía que era una historia incompleta y sumamente atractiva para un novelista. Tenía elementos policiacos, políticos e incluso amorosos que configuraban una historia muy interesante, pero que sólo había sido contada de manera parcial. Mi primer impulso fue narrar de forma completa aquella buena y fragmentada historia.

 

¿Es una novela de denuncia? ¿Qué es Una novela criminal?

Conforme fui avanzando en la historia, mi objetivo fue también hacer una denuncia del sistema de justicia penal en México. La novela de denuncia es una tradición literaria que viene desde el siglo XIX —con exponentes como Victor Hugo y Émile Zola— en la que yo no había incursionado. Una novela criminal es precisamente el señalamiento de un novelista ante una situación que le parece insoportable.

 

¿Cómo escribir una novela de denuncia sin ficción y no terminar haciendo un reportaje?

La manera en que ensamblé los elementos periodísticos que tenía a la mano para construir la historia fue completamente literaria. La forma en la que escribí este libro fue la misma que he utilizado para escribir ficción.

 

Tu formación no es periodística, sino literaria y jurídica. ¿Si no hubieras estudiado Derecho, habrías podido escribir este libro?

No sé si lo hubiera querido escribir… No creo que hubiera podido hacerlo. Lo que sí sé es que con este libro recuperé algo de una profesión que abandoné hace muchos años. No había vuelto a revisar un expediente desde 1995. Fue una buena experiencia retomar esa formación jurídica que tengo.

 

Si pudieras cambiar algo de tu novela, ¿qué modificarías?

Me parece un poco precipitado hablar de posibles cambios en el libro, pues no lo he releído. El cambio que sí deseo, en este corto tiempo desde que se publicó la novela, es que la realidad ya haya modificado algo del sistema de justicia.

 

¿La literatura tiene mayor potencial para transformar la realidad que el Derecho?

No. La literatura, contra el deseo de muchos escritores, tiene un poder muy limitado. El impacto social que tiene la literatura es mínimo frente a lo que puede hacer el Derecho.

 

¿Cuál es el cambio que adviertes más necesario en el sistema de justicia penal?

Sinceramente me parece que casi nada funciona de nuestro sistema de justicia penal. Está mal diseñado. Por más que creamos que las leyes están bien, no lo están. Tenemos un entramado de normas que no termina de funcionar. Además, está mal implementado: la reforma de 2008 no ha terminado de operar correctamente. Ha tenido avances, pero muy paulatinos. Seguimos teniendo un sistema donde los ricos siempre tienen ventaja frente a quien no tiene dinero; un sistema que sigue presentando corrupción en todos los niveles; un sistema donde la tortura y la violación de derechos humanos siguen siendo una práctica habitual. Si se combinan todos estos elementos podemos afirmar que en realidad no funciona nada.

 

Regresando a la historia de tu libro, ¿qué tanto influyeron las presiones políticas en el desenlace del caso Cassez?

Las presiones políticas siempre generan injusticias. No conozco ningún país en el mundo que haya estado exento de algún caso donde la injerencia del poder afecte la justicia; sin embargo, el problema es que aquí la intromisión política se encontró un sistema normativo deficiente que no le puso límites a esas presiones. Eso explica los grandes niveles de impunidad que tenemos. La tentación política siempre existirá.

 

Algunos sectores han criticado el activismo judicial de la Suprema Corte, ¿qué opinas?

Coincido con la posición que adoptó la Corte en este caso. En las circunstancias en las que se encontraba el asunto, no había otra salida. La manera de hacer justicia era asumiendo que era imposible reponer el proceso (contrariamente a lo que proponía el ministro Cossío) porque el vicio estaba en el origen de todo el caso.

Las autoridades hicieron hasta lo imposible para que no se pudiera conocer la verdad. Simplemente, no había manera de reponer el proceso.

 

¿Crees que haya algún caso más sintomático de nuestro sistema de justicia que el que relataste?

En realidad hay miles: Ayotzinapa, Tlatlaya y muchos más que se acumulan día a día. Éste es un caso emblemático porque se trata de un asunto de la justicia mexicana que generó un conflicto diplomático entre Francia y México, pero en realidad hay miles de casos que reflejan la tragedia de nuestro sistema de justicia.

 

Se ha criticado que tu novela es una bocanada de oxígeno para Israel Vallarta, a quien muchos ven como un delincuente. Para ti, ¿es una víctima?

Por supuesto que es una víctima. Hasta el momento no ha sido enjuiciado y, por lo tanto, se presume su inocencia. Lo que sí sabemos es la infinita cantidad de maniobras en su contra: 13 años en prisión preventiva, en una cárcel de máxima seguridad y sufriendo abusos que han llegado hasta la tortura. Así que no hay ninguna duda de que es una víctima. ¿Qué más debe pasar para considerar a alguien en esas circunstancias como víctima?

 

¿Qué ha sido lo mejor de haber escrito Una novela criminal?

Lo mejor es que sí he visto un cambio de percepción, en algunos de los lectores, con respecto a Florence e Israel.

Decía que el impacto que puede tener la literatura es limitado pero, por pequeño que sea, si sirve para mejorar en algo, entonces habrá valido la pena el esfuerzo.

 

 


 

 

Jorge Luis Volpi Escalante es licenciado en Derecho y maestro en letras mexicanas por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), así como doctor en filología hispánica por la Universidad de Salamanca.

Junto a Ignacio Padilla, Eloy Urroz, Pedro Ángel Palou, Ricardo Chávez Castañeda y Vicente Herrasti, en 1996 suscribió el “Manifiesto crack”, una propuesta para la renovación de las letras mexicanas.

Ha cultivado la novela, el cuento y el ensayo, y su obra lo ha hecho merecedor de reconocimientos como el Premio Plural de Ensayo 1991, el Premio Biblioteca Breve 1999, el Prix Grinzane Cavour Deux Océans 2000, el Premio Iberoamericano Debate-Casa de América 2008, el Premio Mazatlán de Literatura 2009, el Premio José Donoso 2009, el Premio Planeta-Casa de América 2012 y el Premio Alfaguara de Novela 2018.

Ha sido director del Centro Cultural de México en París (2001-2003), director de Canal 22 (2007-2012), director del Festival Internacional Cervantino (2013-2017) y actualmente es coordinador de Difusión Cultural de la UNAM.

  

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