Palemón Alamilla

El proceso penal en la práctica, en el aula y en el libro

Palemón Alamilla

 

En el marco de la presentación de la tercera edición del libro “La secuencia del procedimiento penal en el Código Nacional”, editado por el Instituto Nacional de Ciencias Penales, platicamos con Palemón Alamilla, su autor.

 

  

¿Es posible referir al proceso penal en la práctica, en el aula y en un libro en la misma sintonía?

Creemos que sería lo óptimo, para armonizar y enriquecer los conocimientos. En forma por demás lamentable advertimos que en ocasiones pareciera que se hablan diferentes idiomas en los distintos escenarios que usted refiere. Decimos lo anterior porque algunos alumnos se dicen insatisfechos porque al concluir su semestre de licenciatura quedaron en ellos más dudas que enseñanza, al grado de que —afirman— sólo leían el Código Nacional de Procedimientos Penales. En eso consistió cursar la materia, con el argumento de que “el sistema penal acusatorio está tambaleante y, en cualquier momento, daremos marcha atrás”. En la práctica hay otros ejemplos a los que habré de referirme.

 

Vayamos por partes. Platíquenos del proceso penal acusatorio en la práctica: ¿cómo lo visualiza?

Vamos bien en términos generales; eso sí, debemos trabajar para armonizarlo con las disposiciones del Código Nacional en todos los sentidos. Con pena advertimos que, respecto del procedimiento abreviado, se han dictado sentencias absolutorias, lo cual no es posible, pues se acepta la participación en un hecho con características de delito en el que el acusado “reconoce” su proceder y por ello hay disminución —sólo eso, no absolución— de la pena que debe imponerse. Además, algunas salas penales de ciertos tribunales de justicia se han pronunciado por la improcedencia de la apelación, por la no vinculación a proceso, con base en cuestiones más bien de semántica; de esos dos temas nos ocupamos con profusión en nuestro trabajo escrito, con el fin de contribuir en todo cuanto sea necesario para superarlos.

 

Para algunos, el sistema penal acusatorio tiende al fracaso. ¿Qué opina usted?

Definitivamente no comparto esa aseveración. Es cierto, no todos los operadores actúan con la debida capacitación y profesionalismo, pero no podemos decir que el proceso penal acusatorio se encamine al fracaso. Culparlo no es correcto y creo que hay algo que debemos acotar: entre otras cosas, en el sistema tradicional existía la posibilidad de tramitar el proceso sumario, que podía concluir en 30 días, en el que, en la “audiencia de vista”, el Ministerio Público formulaba sus conclusiones en forma oral y el defensor podía contestarlas de la misma manera, y el juez dictar sentencia; pero eso nunca aconteció, pues en muchos casos el abogado defensor “sugería” a su cliente optar por el procedimiento ordinario y esperar meses para concluirlo, lo que no siempre se hacía por una buena estrategia de defensa. En el proceso penal acusatorio, ante la contundencia de los medios de prueba, ojalá los abogados no “recomienden” a sus defendidos rechazar el procedimiento abreviado e irse a juicio y, pierdan la posibilidad de que el asunto concluya en forma breve con la consecuente reducción de la pena.

 

¿Cuánto tiempo lleva en la práctica del proceso penal?

El proceso penal le ha dado sentido a mi vida profesional, sin duda. Desde que cursaba el quinto semestre de la licenciatura, ingresé como oficial mecanógrafo a los juzgados penales del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal.

Como abogado, dos hechos marcaron mi desempeño. El primero: recién obtuve el título profesional, fueron detenidos y, en su momento procesados, tres jóvenes humildes de mi pueblo natal, por un homicidio que, a todas luces, no cometieron. Y sus padres, por falta de recursos, acudieron a mí. Yo improvisé su defensa, pues entonces no tenía los blasones profesionales que se adquieren con la experiencia. Después de dos años de luchar contra todo, la sentencia para mis clientes fue absolutoria. Entre tanto, estuvieron privados de su libertad. Quienes hoy quieren incrementar el catálogo de delitos de prisión preventiva oficiosa no tienen idea de lo que hacen, por el daño que infligen a quienes deben “vivir” en una cárcel sin que se les haya demostrado su culpabilidad. Y si finalmente no la demuestran, como en el caso que le comento, ese hecho constituye una desgracia para quien lo padece y, sin duda, un fracaso para la justicia y sus instituciones.

El segundo: a unas semanas de ingresar como agente del Ministerio Público federal, fue detenido quien hoy ya citan, hasta por su nombre, en una serie en la que se retrata el esplendor de la delincuencia de la década de 1980 y en la que se magnifica a quien, con antecedentes de policía, coordinó acciones que desencadenaron la violencia que se extiende hasta nuestros días y quien acabó donde, por lo regular, terminan esos “personajes”: sumidos en la depresión tras las rejas.

A unos días de que se ejerció acción penal en su contra, me adscribieron al juzgado de distrito, donde este personaje llevaba su proceso, durante varios meses. Asunto en el que, por cierto, dictaron sentencia condenatoria y que sin duda fue de gran instrucción, además de que representó una gran satisfacción profesional para mí, por lo que significó el caso en ese tiempo y por todo lo que vivimos para superar las vicisitudes de alto riesgo de los protagonistas de la procuración e impartición de justicia; caso en el que no era posible recular por el México que siempre hemos querido, no obstante las amenazas de las que fue objeto el encargado de la lucha anticrimen.

 

Del proceso de esas fechas al sistema penal acusatorio, ¿advierte un cambio significativo en el proceso penal?

No del todo. La nueva sistemática es más transparente y abre un abanico de posibilidades de solución en cada asunto, pues antes sólo era el procedimiento abreviado y el ordinario, y hoy hay más opciones. En lo que concierne al proceso, en sentido estricto, las cosas cambian poco. En el ayer y en el ahora, si una investigación se realiza con seriedad y con profesionalismo, el proceso penal se torna más cierto y tiene mayor posibilidad de ofrecer una respuesta positiva a la víctima o al ofendido.

 

En el aula, ¿qué debe enseñársele al alumno sobre el proceso penal acusatorio?

Todo proceso (de la materia que usted piense en este momento) tiene una secuencia, es decir, una sucesión, una cadena, un paso a paso, en el que hay un inicio y un final. Desde luego, cada mentor tiene su método de trabajo, lo que, desde luego, es muy respetable. Nosotros optamos por enseñar a los alumnos dónde está ese punto de partida y, desde luego, qué requisitos deben cumplirse para que, jurídicamente, eso sea posible y avanzar momento a momento, hasta llegar al punto final.

 

¿En qué insiste usted a sus alumnos como profesor de su materia?

En todos los momentos procedimentales (entre los cuales se encuentra el proceso penal), en especial en la solicitud de orden de aprehensión o de comparecencia, en la imputación, en la acusación y en el planteamiento de la teoría del caso, así como en el desahogo probatorio durante la etapa del juicio. Si logramos que el alumno distinga cada uno de esos momentos, podemos asegurar que cumplimos con la parte elemental de la enseñanza. Desde luego, por separado harán su labor los profesores que les imparten teoría del delito, investigación, criminalística, criminología, etcétera.

 

Respecto de la tercera edición de su libro, ¿qué nos puede decir?

No es otra cosa que la explicación, paso a paso, del procedimiento penal, con base en las disposiciones del Código Nacional. Me refiero al procedimiento y, dentro de éste, al proceso, pues, como usted sabe, el Código Procesal Penal de 1934, de competencia federal, y (con leves cambios) los códigos de las entidades federativas separaban los momentos procedimentales y acotaban respecto del inicio y la conclusión del proceso. Pero el Código Nacional debemos verlo bajo otra óptica, pues desde la denuncia existe la posibilidad de optar por la justicia alternativa —si procediera—. Además, la suspensión condicional del proceso, los criterios de oportunidad y el procedimiento abreviado tienen sus reglas de procedencia. Y en el punto de partida del proceso, es decir, en su inicio, advertimos una tácita contradicción entre los artículos 211 y 335, que heredamos de la sistemática tradicional, pues en ésta la preinstrucción se consideraba parte del proceso y si se dictaba auto de libertad, ocurría lo mismo que sucede ahora: si no se dicta vinculación a proceso no puede haber proceso penal.

A eso se refiere mi libro. A la explicación del profesor en el aula y a mostrar lo que el alumno encontrará al acudir ante el juez de control o ante el tribunal de enjuiciamiento o al interponer los recursos correspondientes.

 

¿Cómo clarificar la confusión respecto del inicio del proceso penal?

Esto se resolverá pronto, pues se ha afirmado que la próxima reforma consistirá en eliminar la figura de “vinculación a proceso”, como ya ocurrió en los países que nos precedieron en esta sistemática, para suprimir ese “minijuicio”, que también heredamos de la sistemática tradicional, y de paso acortar los tiempos del proceso. Desde luego, sin que lo anterior lo demos por hecho, pues en México nos reinventamos cada seis años y la llegada de una nueva administración siempre genera incertidumbre.

 

Entonces, ¿su libro puede considerarse un manual de procedencia del proceso penal acusatorio?

Yo no lo afirmaría de manera tan literal. Con el objetivo de dar soporte a la explicación de la obra, acudimos a los antecedentes históricos de los sistemas de justicia penal,1 pues de lo contrario la obra tendría un vacío argumentativo, pues no es lo mismo un sistema acusatorio clásico que un sistema acusatorio moderno. En el segundo, en su vertiente “adversarial”, descubrimos cómo cobra vigencia en las figuras del procedimiento abreviado y en los criterios de oportunidad del Código Nacional. También explicamos la importancia del estudio de la teoría del delito, pues hace falta un Código Penal Nacional que armonice con la Constitución de la República y con el propio Código Nacional de Procedimientos Penales. Desde luego, analizamos la evolución legislativa de 1917 a la fecha, pues es fundamental entender cómo arribamos a lo que hoy es nuestro proceso penal. Finalmente, enriquecemos la secuencia procesal con la explicación teórica, en la medida que es indispensable.

 

 


 

 

Erasmo Palemón Alamilla Villeda es licenciado en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México y maestro en Derecho procesal penal.

Cuenta con más de 25 años de experiencia en el servicio público, donde ha desempeñado diversos cargos: en la Procuraduría General de la República, como subdelegado en Morelos, Nayarit y Sinaloa; como delegado de la Procuraduría General de la República en Aguascalientes, y como procurador general de Justicia en Baja California Sur.

Ha sido oficial judicial en el Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal; inspector federal del trabajo en la Secretaría del Trabajo y Previsión Social; agente del Ministerio Público Federal en Sonora, Tlaxcala y Tamaulipas; comisionado del Área de Investigación de Delitos de Tortura; fiscal adscrito a la Unidad Especializada en Investigación de Delitos contra la Salud de la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada (SEIDO) y a la Unidad Especializada en Investigación de Operaciones con Recursos de Procedencia Ilícita y Falsificación y Alteración de Moneda de la misma SEIDO.

 

 


 

 

[1] Como lo trajimos de la obra Del sistema inquisitorio al moderno sistema acusatorio en México que publicó la Suprema Corte de Justicia de la Nación en abril de 2013.

  

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