Hombres de gobierno

Hombres de gobierno
Gerardo Laveaga
De Bolsillo, México, 2015

 

Aquellos hombres que “hicieron de la política un arte”, como se anuncia en esta nueva edición del libro de Gerardo Laveaga, parecen haber tenido un pasado invulnerable. Los conocemos por sus hitos, por las estatuas sobre el puente nuevo, por la que observa cabizbajo al Big Ben o por las calles y los aeropuertos que llevan sus nombres. Los hemos visto en la ficción, en películas y series desiguales; en los reportajes que se centran en las guerras que ganaron, los imperios que fundaron o las bases políticas o legales que sentaron…

Y este libro, ciertamente, no omite este recuento. En él se hace constar la manera en que Alexander Hamilton creó el excepcionalismo norteamericano; de cómo el cardenal Richelieu, además de dedicar su vida a lograr que Francia fuera la mayor potencia del mundo, dotó (por medio del control de la producción artística y literaria) a los franceses de identidad, y se habla, también, de la convicción de Otto von Bismarck de que la política exterior no debía fundarse en los sentimientos románticos, sino en la Realpolitik, cálculo preciso de fuerzas.

Apreciamos, asimismo, la admiración del autor por el papa Inocencio III, quien institucionalizó la confesión, proveyendo con esto a la Iglesia católica de un poder incomparable de chantaje, culpa e información.

Pero en este recuento, con un estilo sintético y agradable, Laveaga nos muestra una cara poco vista de estos grandes líderes. No quisiera usar la palabra desmitificación o revisionismo; sin embargo, su libro es un recordatorio de que detrás de todos sus logros hubo motivos egoístas y actitudes convenencieras, de seres megalómanos, repletos de vicios, todos ellos con caminos que se mezclan entre el oportunismo, el azar, la puerilidad y el arrojo.

El libro subraya la arrogancia caprichosa de De Gaulle; la convicción (en un arrebato de egolatría casi buñueliana) que tenía Churchill de que todos los hombres eran gusanos a los que no valía la pena escuchar; la obsesión enfermiza con la que Pedro el Grande intentó europeizar a Rusia; la manera en que el intervencionismo occidental pesó más en los éxitos de Nelson Mandela que su talento político, y de cómo Enrique IV no sólo era un ateo que navegaba camaleónicamente por las aguas del calvinismo y el catolicismo, sino que nunca pronunció aquella frase en la que, pragmáticamente, afirma que “París bien vale una misa”.

Entre las semblanzas de esta obra destacan las de algunos personajes fundamentales en la historia del Derecho: los legisladores Solón y Justiniano, que reconfiguraron sus respectivas comunidades; Enrique II y Luis IX el Santo, creadores del sistema judicial en Inglaterra y Francia, respectivamente, y modernizadores de la judicatura como Edward Coke, John Marshall y Earl Warren.

Hay cuatro perfiles que disfruté sobre los demás: aquel en que el autor hace una comparación de El viejo y el mar de Hemingway, con la aversión por la timocracia que profesaba el barón de Stein; el de Franklin Delano Roosevelt, creador de la clase media norteamericana; el de Domingo Sarmiento, que dio un impulso inverosímil a la educación argentina, convencido de que era la única manera de superar el atraso, y el dedicado a ese admirable liberal mexicano que fue Valentín Gómez Farías, un romántico que quiso restructurar el país, seguro de que el mejor detonador del progreso era la educación y de que ésta tenía que ser crítica y alejada de la Iglesia para poder formar hombres comprometidos con los ideales de igualdad y democracia. Un hombre que, en el panteón de la fama colectiva de nuestros héroes, es rebasado por nombres muy inferiores a su valía e intelectualidad. Aunque, como bien dice Laveaga, le falló el timing.

El libro —cuya nueva edición incluye las semblanzas de Gladstone, Nehru y Lee Kuan Yew, entre otras— podría resumirse en tres rasgos que compartieron sus personajes. Por un lado, el hecho de que, en su mayor parte, eran grandes comunicadores. Sabían emitir sus mensajes de manera efectiva, explotando para sus fines los sentimientos nacionalistas que crearon o que ya existían en su tiempo. Luego, la inmensa confianza en sí mismos que, en muchos casos, era su mayor virtud y su más grande defecto. Finalmente, la creatividad. Fueron hombres que no titubearon al emplear el pensamiento divergente, en encontrar las maneras, en ocasiones arriesgadas, de construir imperios, sacar a sus sociedades de las depresiones o de levantarlos de las más dolorosas derrotas.

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