Memorias. Los supremos de la Corte

Memorias. Los supremos de la Corte

 

Genaro David Góngora Pimentel

Porrúa, México, 2019

 

Es común que las apreciaciones sobre la vida y la obra de un personaje público sean subjetivas, sobre todo porque se configuran sin elementos que minimicen el peso del prejuicio. En 2009 terminó la gestión de Genaro David Góngora Pimentel como ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. En el discurso que pronunció en la sesión solemne que marcó el comienzo de su retiro, indicó que escribiría sus “memorias”, obra que 10 años después se ha publicado con el título de Los supremos de la Corte y que, sin duda, ofrece elementos para considerar objetivamente sus aportaciones al Estado de Derecho en México.

No se trata de una autobiografía en sentido estricto, sino de un bosquejo de diferentes etapas de la vida de Góngora Pimentel, con énfasis en su actividad como impartidor de justicia, en cuyo transcurso innovó con criterios que actualmente figuran en la Constitución federal, como sucede con la apariencia del buen Derecho como presupuesto para conceder la suspensión del acto reclamado en el amparo.

Lo anecdótico se combina con reflexiones sobre instituciones jurídicas y con escritos publicados previamente, como lo demuestra el apartado titulado “Después de los estudios en la carrera de Derecho… ¿Qué sigue?” El texto evade el relato de cuestiones personales o íntimas en favor de comentarios respecto de experiencias específicas en el ámbito de la función jurisdiccional; es decir, el autor se vale de sucesos vividos o conocidos para exponer sus puntos de vista sobre cuestiones variadas.

En el fondo, el objetivo de quien descolló como juez de distrito, magistrado de circuito y ministro del Máximo Tribunal parece consistir en exponer la evolución de la jurisdicción constitucional mexicana en un lapso de 40 años, comenzado en 1969, cuando el joven Góngora se estrenó como secretario de Estudio y Cuenta en la Corte. De entonces a 2009 el jurista se entregó a su función con tal enjundia que a la postre se hizo acreedor no sólo del puesto de ministro, sino de presidir tanto la Suprema Corte como el Consejo de la Judicatura Federal.

A lo largo de decenas de apuntes, cuya brevedad y estilo revelan a un redactor que piensa con claridad y coherencia, se consignan referencias amenas a situaciones que, de hecho, comprenden más vicios que virtudes y reflejan que suele haber corrupción en la función pública, circunstancia conocida por propios y extraños. Si alguien cree que los casos actuales de corrupción judicial son novedosos, encontrará en estos relatos detalles de comportamientos inaceptables que tuvieron lugar hace décadas y cuyos protagonistas no se molestaban en disimular sus métodos.

Quizá lo anterior haga suponer que esta obra se dirige a lectores afectos al morbo; sin embargo, las alusiones a personas determinadas son escasas y no insidiosas, además de que no propenden a desprestigiarlas. Góngora informa sobre momentos clave en el desarrollo del Poder Judicial de la Federación, sobre todo para aclarar los porqués del prestigio que ha cosechado gradualmente, a pesar de que hoy se le quiera vilipendiar. Las medidas tomadas por aquel proactivo ministro presidente, cuyas dotes de administrador eran palmarias, redundaron en el orden necesario para el quehacer judicial; esto último se comprueba, por ejemplo, al recordar que su intervención fue decisiva para la reforma constitucional de 1999, relacionada con el Consejo de la Judicatura Federal.

Los supremos de la Corte es una obra sincera, no cae en ínfulas ni se confunde con un libelo. Es una lectura tan disfrutable que se concluye en un día, pues apenas puede soltarse tras empezarla. No faltan referencias a personajes típicos de la narrativa de Góngora, como el mítico Aulo Gelio Gulbenkian, ni a otros que en alguna época influyeron en diversos ámbitos de la vida nacional, como Arturo Durazo, Irma Serrano e Ignacio Burgoa. En este sentido, es intrigante la mención de un tal Silvano García Castro, que según el autor fue presidente de la Corte cuando, en realidad, nunca ha habido un solo ministro llamado así.

A sus más de ochenta años, Genaro David Góngora Pimentel demuestra en estas páginas que conserva la lucidez y la sagacidad que lo caracterizan, y que en alguna ocasión lo movieron a aclararle a un presidente de la República que sólo era “cuatro años mayor” que él.

 

Sergio Alonso Rodríguez

 

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