Si tú quieres, moriré

Si tú quieres, moriré

 

Gerardo Laveaga

Planeta, México, 2018

 

La literatura ucrónica mueve a deplorar o celebrar las condiciones de la vida cotidiana, que acaso hubieran sido diferentes, ante la ausencia o la variación de algún acontecimiento histórico. Múltiples novelas contemporáneas, sobre todo de autores estadounidenses —Dick, Harrison, Silverberg, entre otros—, han derivado del análisis contrafactual para ofrecer una realidad alternativa cuyo fin se aleja del entretenimiento puro. Es un género complicado porque exige del autor tanto el dominio de la historia registrada, como la capacidad de exponer, de modo convincente, las consecuencias que quizá habría conllevado la alteración de la línea de tiempo aceptada convencionalmente. Por lo tanto, se trata de una empresa ardua que compete a profesionales.

Una ucronía publicada recientemente en México es la novela Si tú quieres, moriré, del escritor y abogado —en ese orden— Gerardo Laveaga. El punto de divergencia es la muerte a destiempo (1834, en lugar de 1876) de Antonio López de Santa Anna, lo cual facilita el acceso definitivo —ya no por ausencia del titular— al poder del entonces vicepresidente Valentín Gómez Farías, a cuyos afanes liberales se oponían sectores conservadores. A la postre, la habilidad política hace de México una potencia económica, mientras que en el norte la Unión se escinde por motivos esclavistas y, por ello, pierde influencia entre las naciones.

Novela disruptiva, de prosa pulida, epistolar por momentos, alucinante por exigencias de la trama y trufada de alusiones a asuntos actuales —amenaza de muros fronterizos, nacionalismo acendrado, discriminación rampante, los “privilegios” de algunos a costa de muchos—, Si tú quieres, moriré hace destacar, de nueva cuenta, un elemento inherente a la narrativa laveaguiana: una mujer no sólo bellísima y de inteligencia superior, sino dotada de una audacia tal que al parecer no hay hombre que se le resista. Mezcla, mutatis mutandis, de la Marquesa de Merteuil, Lady Chatterley e incluso Mata Hari, María Inés Vázquez de Zermeño —luego “de” Walker— figura como adalid oficiosa de la carrera política tanto del doctor Gómez como del zacatecano García Salinas; sin ella, el progresismo a ultranza visible en países como Francia, el anticlericalismo radical y de contornos marxistas y, desde luego, la crítica acerba a la situación —jurídica y social— de la mujer a la sazón, jamás se habrían tomado en serio en un país anclado en los restos conservadores del colonialismo español. El ascendiente de María Inés en sus dos adoradores origina una suerte de triángulo amoroso sui generis, línea argumentativa que permite al lector no aturdirse con las referencias históricas —la mayoría reales— que se hacen de manera continua.

Protagonista notable es Lucas Alamán, canciller agudo y hombre de instrucción pasmosa, quien, desde luego, aparece en las antípodas de Gómez Farías, primero, para después, en este universo imaginario, revisar sus acciones, cuestionar algunas de sus posturas conservadoras y, finalmente, participar en buena lid en un gobierno liberal y moderno que, aún más, prepara el terreno para el arribo de Juárez. A través de las peripecias de Alamán, el lector enfrenta a personajes que, gracias a la ficción, muestran una faceta completamente opuesta de la que tuvieron realmente; por ejemplo, Dred Scott, el esclavo negro que litigó ante la Suprema Corte para obtener la libertad (lo cual logró tardíamente), y cuyo caso influyó tanto en la Guerra de Secesión como en la forma de interpretar la Constitución estadounidense, aparece aquí como juez “implacable” y respetadísimo, mientras que Roger Taney, presidente de dicho tribunal de 1836 a 1864, figura como un “impresentable” que no había logrado dicho cargo, justamente por sus posturas racistas. Esta suerte de efecto mariposa colma a la novela de una originalidad casi escalofriante.

Al parecer, si algo quiere defenderse en esta obra es la coexistencia pacífica —y eficaz— de ideologías en una administración pública determinada, lo cual implica que la acción política se ejecute con precisión milimétrica —tanto en el interior como en la arena internacional—, apelando a la astucia —lo cual es inevitable— y, sobre todo, teniendo siempre los pies en la tierra, es decir, un sentido claro de la realidad y la certeza de que el tiempo no espera a nadie. Tan convencido de esto se encuentra el autor, que en su ucronía logra —María Inés mediante— conjurar una guerra que, en la realidad, comprimió el territorio nacional y lo dejó hundido en infinidad de problemas.

La moraleja, pues, es que el ámbito gubernamental debe ser propio de individuos tan preparados como aptos para no anteponer su bagaje ideológico (en el mejor de los casos) a las decisiones por tomar no sólo a favor de “unos cuantos”, sino de la población entera y de las generaciones futuras, sobre todo en una atmósfera política como la de hoy, de interconexión mundial por muchas vías, y de la tendencia a promover formas de gobierno aparentemente benévolas, pero que al dar la espalda al Derecho pierden toda legitimidad.

 

Sergio Alonso Rodríguez

  

5559-2250 / 5575-6321 / 5575-4935 - Aviso de Privacidad - Términos y Condiciones

El Mundo del Abogado