Si tú quieres, moriré

Si tú quieres, moriré

 

Si tú quieres, moriré

Gerardo Laveaga, Planeta, México, 2018

 

La lectura de esta novela (que NO es historia aunque en ella aparecen personajes históricos en una ucronía) me despertó la imaginación para hacer un ejercicio de historia contrafactual, de esa que se fundamenta en la pregunta: ¿qué hubiera sucedido si…?

Por ejemplo, que hubiera pasado si el padre Hidalgo decide entrar a la ciudad de México luego de la batalla del Monte de las Cruces. ¿Habría consumado la Independencia? ¿Se establecería una patriarcal dictadura benevolente con matices religiosos? Así lo suponían sus seguidores, aquellos que le confesaron a Lucas Alamán que estaban en la revolución “para poner al señor cura en el trono”.

Quizá para no exagerar con disparates (¿lo son?), imaginemos mejor que en el campo de batalla de Padierna se hubiesen puesto de acuerdo, sin recelos ni ambiciones, los generales Santa Anna y Valencia, obrando de común acuerdo y derrotando a las tropas invasoras de Estados Unidos; no hubiera sido difícil, como estuvieron a punto de hacerlo. Hasta el famoso duque de Wellington, el vencedor de Napoleón, había previsto la debacle cuando afirmó que “Scott estaba perdido en México”. Esa victoria habría cambiado el curso de la guerra.

Pero no vayamos tan lejos en el tiempo para pensar ucrónicamente (si vale el neologismo), pues basta con imaginar qué hubiera pasado en México hace apenas 12 años, en 2006, si en las elecciones el resultado hubiera sido el inverso: la mínima cantidad de votos a favor del candidato que perdió entonces. La consecuencia es que ya habríamos vivido lo que hoy apenas vamos a vivir, y el triunfador en esta elección ucrónica estaría disfrutando su pensión presidencial sin que nadie lo amenazara con quitársela.

Esto es lo que provoca Gerardo Laveaga en esta novela, que, insisto, no es historia, sino el aprovechamiento de una realidad contrafactual para demostrar que México pudo haber sido otro, a partir de un acontecimiento fortuito —la muerte accidental del presidente Santa Anna— y el consiguiente acuerdo —donde radica la gran lección que nos da Laveaga— entre los dos más destacados y enconados enemigos de entonces: Valentín Gómez Farías y Lucas Alamán, con el resultado de que con ese simple hecho, necesario en política, nuestro país sería no sólo otro sino una gran potencia, envidia de las demás naciones.

Laveaga es un novelista notable; lo ha demostrado desde sus juveniles días en que escribió Valeria, hace ya 30 años, pasando por una lista de títulos, todos provocativos y polémicos, como El sueño de Inocencio, que hizo levantar las cejas a las buenas conciencias católicas, o como Justicia, que incomodó a las altas esferas judiciales. Hoy, nuevamente, Si tú quieres, moriré hará que muchos seamos los que lamentemos esa grave mácula histórica que tenemos los mexicanos de nuestra incapacidad de ponernos de acuerdo, siempre entrampados en las ambiciones personales y de grupo y en los odios cerriles hacia los contrarios, que sólo han traído la desunión y las divisiones que nos convierten en la sociedad polarizada que somos actualmente.

Hay que destacar que en Si tú quieres, moriré Laveaga hace gala de un profundo conocimiento de la historia, indispensable para poder transformarla ucrónicamente, pues no se trata de inventar nada más, sino de construir una nueva realidad con los datos precisos del pasado, reconvirtiéndolos en una nueva y posible narración de lo que pudo haber pasado al modificar tan sólo un pequeño episodio histórico —Santa Anna regresa a la capital para deponer a Gómez Farías, pero muere en un accidente—, lo cual desata los mecanismos de un nuevo armado estructural histórico con elementos auténticos que provocan nuevas consecuencias funcionales, que sólo son posibles en ese relato.

Lograr esto constituye un alarde de erudición histórica, pero no sólo de historia de México, objeto de la novela, sino de los dos países que están en el mismo rompecabezas que Laveaga diseñó en su contrahistoria: Inglaterra y los Estados Unidos, cuya historia también es de los saberes del autor: se nota —asunto que yo ya conocía de antaño— su predilección por personajes como William Seward, de Estados Unidos, o bien, como Lord Palmerston, de Gran Bretaña. Quizá el valor intrínseco más importante de esta novela sea su amplio horizonte de investigación, tan profunda, que da sustento a toda la ucronía y le permite desarrollarla con éxito.

Lo anterior, independientemente de que Gerardo Laveaga cada vez escribe mejor. Es un gran literato que consigue atrapar al lector y no deja que suelte el libro hasta terminarlo, entre los sofocones que producen las sorpresas ucrónicas. Debo dar cuenta, so pena de darle pistas al lector, que dos momentos de Si tú quieres, moriré son francamente maravillosos, pues constituyen dos finas imágenes de las capacidades del autor, que despiertan una sonrisa de frutada esperanza del México que pudo haber sido: cuando alguien propone levantar un muro en la frontera mexicana con Estados Unidos para evitar que entren a nuestro territorio esclavos fugitivos que huyen de aquella nación, con la esperanza de una vida mejor y dispuestos a hacer los trabajos que los mexicanos no quieren hacer, y cuando uno de los personajes de la novela, al pasear por la ciudad de Washington, mira el edificio del Centro Cultural Sor Juana Inés de la Cruz, donde se enseña español, la lengua del futuro, y que el gobierno mexicano ha construido en la principales capitales del mundo, porque todos quieren hablar nuestra lengua. Ambas escenas son gloriosas.

Divertida, apasionante, pero dolorosa a la vez, Si tú quieres, moriré en realidad es un guiño al presente, una advertencia por nuestras diferencias mezquinas y una esperanza por si algún día llegamos a superarlas. Gerardo Laveaga juega con el pasado para modificarlo y hacernos pensar que podríamos tener un mejor futuro.

 

José Manuel Villalpando

 

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