Si tú quieres, moriré

Si tú quieres, moriré

 

Gerardo Laveaga

Planeta, México, 2018

 

 

El más reciente libro de Gerardo Laveaga, una novela histórica-contrafactual, nos ofrece una lectura —además de amena e interesante— de inquietante actualidad para los mexicanos de hoy, enfrentados —nuevamente— al presente de nuestro pasado y de nuestro porvenir.

Aunque es lugar común considerar a la literatura y a la historia como ejercicios de edificación y esparcimiento intelectual que, además de lecciones de vida nos ofrecen —con sus personajes, circunstancias y relatos— intuiciones sobre la naturaleza humana y hasta anticipos sobre el curso de los acontecimientos venideros, cada día es más común que incumplan su promesa: nos dejan, tras el aburrimiento, la sensación de haber desperdiciado nuestro tiempo en su lectura. Sin embargo, la novela de Laveaga es todo lo contrario: divertida e inteligente pero, sobre todo, inquietante por las reflexiones a las que conduce si sabemos interpretar su mensaje.

Como novela histórica, logra el difícil equilibrio entre la acuciosidad del historiador, por un lado, y la creatividad literaria, por el otro. Así, nos presenta no sólo un destacado capítulo de “la Historia” (los albores de la vida independiente de México, la decadencia de España y el ascenso de Estados Unidos) sino, también, sugestivos episodios de “las historias”. Particularmente, las de Valentín Gómez Farías, Lucas Alamán y Francisco García Salinas, llenas de detalles propios de su vida cotidiana. Pero a la vez, las entrelaza a través de diálogos y escenas en que aparecen —entre muchos otros— Iturbide, Bustamante, Guerrero y Victoria para llenar los vacíos y brindarnos un ángulo privilegiado para asomarnos a los pensamientos, las intenciones ocultas y las pasiones, que nos ayudan a entender mejor la psicología de los caracteres y la dinámica de los sucesos.

Como novela histórica contrafactual, es decir, que se desvía de la historia que fue, creando una nueva línea del tiempo, una historia que pudo ser, nos confronta con nuestro pasado, provocándonos una reflexión sobre nuestra coyuntura actual y el rumbo de nuestro futuro.

En este caso, si Santa Anna hubiera sufrido un accidente mortal antes de deponer a Gómez Farías, en 1834.

Pero su principal aportación es la clarividencia con la que construye ese pasado mejor, modificando —más allá de lo fortuito (y hasta cierto punto irrelevante) del momento ucrónico— el respeto a las instituciones y la capacidad de construir acuerdos.

El telón de fondo que Laveaga puso a la acción —histórica primero y contrafactual después— de sus personajes es la contextura del acontecer humano como entramado que hilvanan los hilos de la libertad —ideas y pasiones— pero también del destino —Providencia, fortuna o como queramos llamarle— que, de manera poderosa e inescrutable, zurce su parte en el telar de la historia.

Y la tela de nuestra historia durante el primer tercio del siglo XIX —cuyos antecedentes y proyecciones siguen marcándola— fue la disputa, el enfrentamiento, el motín, la asonada… En buena parte, debidas a la falta o la debilidad de las instituciones y a la ausencia de acuerdos mínimos de convivencia entre las facciones políticas, cuyos irreductibles fundamentalismos, falta de visión y sentido práctico de la política, condujeron a nuevas revueltas, invasiones extranjeras, la ruina hacendaria y el desprestigio constitucional de las instancias políticas.

Nuestras crisis —desde entonces y hasta ahora— en ese sentido son resultado de la perversa dinámica de “ruptura y cambio” que Octavio Paz señalara como razón explicativa de nuestra tragedia histórica.

La alternativa consiste en imaginar cómo pudieron haber sido las cosas si las facciones —monarquistas y republicanos, centralistas y federalistas, conservadores y liberales— hubiesen sido capaces de superar sus diferencias para lograr acuerdos y crear instituciones comunes. La ficción que ofrece Laveaga no es otra sino la eventual colaboración entre Gómez Farías y Alamán, empeñando sus talentos y energía, mejor que imponerse en detrimento de sus adversarios, en la construcción de un México mejor, donde ambas posiciones cupieran, cooperasen y prosperasen.

Por eso mismo, Si tú quieres moriré tiene enorme relevancia en nuestra hora, pues no sólo presenta una mejor versión de nuestra historia, destacando el valor del sentido común, del pragmatismo político y de la —después bautizada por Weber— “ética de la responsabilidad”, sino que nos mueve a pensar en la trascendencia de las instituciones y de los acuerdos para edificar una posteridad mejor.

Y si al anterior telón, personajes y argumento, se le añaden —sin revelarlas aquí— las tramas paralelas que forman las maquinaciones de un Monteagudo, los proyectos británicos perseguidos por Lord Palmerston, la insaciable curiosidad científica de Humboldt o la seducción, amores y celos que suscita la misteriosa María Inés, no queda sino asegurarle al lector de esta novela, aprendizaje, reflexión y solaz.

 

 

Juan Pablo Pampillo Baliño

 

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