Arturo Serrano Robles (1919-2020)

Arturo Serrano Robles (1919-2020)

 

Justo es rendir homenaje a la memoria de don Arturo Serrano Robles, jurista y juzgador extraordinario; ilustre chiapaneco, orgullo de sus coterráneos; ser humano ejemplar de presencia y actuación impecables. La justicia, la docencia, las letras, la poesía y la pintura conformaron la esencia de su vida.

Persona de trato amable y bondadoso, plática amena y grata compañía, con esa sencillez de quien domina la cultura y la elegancia de manera natural, bueno de verdad.

La infancia del ministro Serrano transcurrió en esa maravillosa tierra con la que los chiapanecos fuimos privilegiados, bajo la amorosa tutela de su madre, quien al enviudar cuando aún don Arturo no nacía, tenazmente se propuso brindar a su hijo, además del suyo propio, el amor del padre ausente, convirtiéndose así en el espíritu que alentó y fortaleció su vida.

La reverencia que don Arturo tuvo por las instituciones jurisdiccionales se reveló, quizás de manera inconsciente, desde muy temprana edad. Cuando era niño, al volver de la escuela, era obligado, para llegar a su casa, pasar frente al Juzgado de Distrito de Tuxtla Gutiérrez, en donde eventualmente se encontraba con el titular del juzgado, quien le causaba tal impresión que, en señal de respeto, el pequeño Arturo, impensadamente, descendía de la banqueta.

Años más tarde emigró con su madre a la ciudad de México, en donde, con notas sobresalientes, concluyó la carrera de Derecho en la Escuela Nacional de Jurisprudencia.

Ingresó al Poder Judicial Federal como oficial judicial de quinta, en el juzgado segundo de distrito en materia administrativa en el entonces Distrito Federal, cuando todavía era estudiante de Derecho. Al graduarse, fue designado actuario en ese mismo juzgado.

A instancias de su maestro Raúl Carrancá y Trujillo, quien además era el presidente del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal, don Arturo, a los 24 años de edad, se desempeñó como juez mixto de paz.

Posteriormente, regresó al Poder Judicial Federal, al cargo de segundo secretario. Su excelente labor un día le valió el nombramiento de secretario de estudio y cuenta en la Suprema Corte de Justicia, adscrito nada menos que a la ponencia del ilustre constitucionalista don Felipe Tena Ramírez.

En diciembre de 1961 fue designado juez de distrito en Guanajuato, Guanajuato, ciudad que lo recibió con los brazos abiertos, cariño al que don Arturo correspondió ampliamente, al grado de que donó a la universidad su colección de ópera, y muchos de sus alumnos, con quienes nunca perdió contacto, tiempo más tarde serían sus secretarios de estudio y cuenta en la Suprema Corte.

En marzo de 1964 fue ascendido a magistrado adscrito al Tribunal Colegiado de Circuito con residencia en Puebla y, en 1969, al segundo Tribunal Colegiado en materia Administrativa del Primer Circuito, con residencia en esta capital.

El 25 de abril de 1972 fue designado ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, adscrito a la Sala Auxiliar y, tiempo más tarde, a la Sala Administrativa. En su discurso de recepción, entre otras cosas manifestó: “De haber perdido ya la capacidad de conmoverme ante la injusticia, no habría aceptado este honroso cargo, cuyo desiderátum es pugnar por el imperio de la ley, único imperio que puede tolerar la dignidad del hombre, pues considero que el que al cabo de los años el leer expedientes y formular sentencias se convierta en una costumbre, no justifica la insensibilidad del juzgador ni su desinterés... Por el contrario, es el esforzarse por ser justo lo que, como diaria tarea, debe acabar por volverse rutinario. El juez que se habitúa a hacer justicia, puntualizaba Calamandrei, en su extraordinaria obra El elogio de los jueces, es como el sacerdote que se habitúa a decir misa. Feliz ese anciano párroco del pueblo que hasta el último día siente, al acercase al altar, la sagrada turbación que experimentó, sacerdote novel, en su primera misa; feliz el magistrado que, hasta el día que precede a su jubilación, experimenta, al juzgar, el sentimiento casi religioso de consternación que lo hizo estremecerse cincuenta años atrás, cuando, en su primer nombramiento de pretor, hubo de pronunciar su primera sentencia”.

Don Arturo desempeñó el cargo de ministro con gran dignidad, avalado por una extraordinaria trayectoria en la carrera judicial, e hizo gala de un magnífico criterio jurídico. Esto, aunado a su gran dedicación en el estudio, hicieron que su paso por la Corte dejara profunda huella.

El 30 de junio de 1981, consciente de que la impartición de justicia es una actividad que requiere el cien por ciento de la atención de los juzgadores, se jubiló voluntariamente para cuidar de tiempo completo la precaria salud de su madre.

Ante la tristeza y pesadumbre de sus compañeros ministros y de todo el personal que laboraba en esta Suprema Corte, concluyó su discurso diciendo: “Devuelvo estas prendas, que con tanta emoción recibí cuando me fueron impuestas, seguro de no haber realizado ningún acto del que pueda avergonzarme”.

Otra importante faceta en la vida profesional de Don Arturo fue su vocación por la docencia, labor a la que simultáneamente con la jurisdiccional dedicó gran parte de su vida. Se incorporó a la enseñanza desde que era estudiante. Primero impartió clases de civismo e historia universal en un colegio para varones; años más tarde, ya siendo licenciado en Derecho, impartió la cátedra de garantías y amparo en la UNAM, en la Escuela de Derecho de la Universidad de Guanajuato y como profesor honorario en la Escuela de Derecho de Tlaxcala.

Después de su jubilación como ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, fue invitado por el entonces presidente del Máximo Tribunal para que dirigiera el Instituto de Especialización Judicial —que a partir de 1983 inició funciones como Escuela Judicial—, institución determinante en la formación jurisdiccional de jueces de distrito y magistrados de circuito.

Muchas generaciones pasaron por las aulas del instituto. La imagen de don Arturo no sólo destacó como su director, sino también como uno de sus más admirados maestros, en la cátedra de administrativo. El prestigio alcanzado por el instituto pronto rebasó las expectativas de cupo. También promovió la publicación del Manual del juicio de amparo, cuya consulta obligada proliferó en muchas universidades.

En el instituto era el director, el maestro, el amigo de todos los alumnos. Su inmensa calidad humana lo hacía convertirse en el pater familias de cada generación: escuchando los problemas de sus alumnos y siempre otorgándoles el mejor consejo; siendo padrino de bautizos, bodas y de toda clase de acontecimientos familiares; acudiendo a pedir la mano de la novia de alguno de sus pupilos y llevando a entregar al altar a más de una de sus discípulas. Llegó a amar tanto a sus alumnos que en la conclusión de cada generación la nostalgia se apoderaba de su corazón.

Don Arturo, desde su juventud, descubrió el gusto por escribir, cuando integró un grupo de amigos que semanalmente se reunían para comentar en la jocosidad de la amena charla, estudios jurídicos y literarios, discursos, reportajes, editoriales, en fin, todo documento que al llegar a sus manos se tornase interesante.

En alguna de esas ocasiones Don Arturo, en vez de comentar un discurso jurídico, escribió un cuento y lo leyó a sus compañeros, quienes le manifestaron su aceptación. Fue así como tomó por hábito redactar relatos que más tarde integraron su obra Una hora en el Olimpo.

La prosa de Don Arturo surgió de sus fuentes nativas, a un tiempo artística y sencilla, equiparable a la amena narrativa costumbrista de Gabriel García Márquez. Se advierten los rasgos característicos de su espíritu y de su estilo al relatar en perfecta sintaxis y con poética elocuencia, la natural belleza de su terruño, que apreciamos en Sinfonía pastoral. El encanto de tradiciones, costumbres y creencias, reflejado en La misa de seis. La esencia del ser humano en la descripción excelsa de sus virtudes y del certero reconocimiento de la inmundicia humana, en Fango en el cielo.

Esta conmovedora forma de escribir torna su obra en amena lectura y nos hace recordar que, como decía Cocteau, “las buenas lágrimas, no las provoca en nosotros una página triste, sino el milagro de una palabra en su sitio”.

La personalidad polifacética de Don Arturo también se encauzó por el arte. Desde temprana edad pudo constatar su gran facilidad para la pintura. Cursaba todavía la primaria cuando se organizó en su pueblo una exposición pictórica; la condición era que los cuadros hubieran sido hechos por los niños sin la ayuda de nadie. El pequeño Arturo presentó sus cuadros y el director quiso descalificarlo creyendo que alguien lo había auxiliado. Su maestro salió en su defensa aduciendo que le constaba su gran habilidad para la pintura.

Cuando don Arturo se retiró del instituto, se dedicó de lleno a la pintura. Presentó seis exposiciones individuales y dos colectivas. Hasta que su débil vista le impidió continuar con esta bella actividad.

No obstante su delicada de salud, continuó un poco con la lectura, con las visitas a sus parientes y amigos y con su agenda repleta de desayunos con toda la gente que lo quería. No cabe duda que en esta vida lo que siembras, cosechas. Don Arturo depositó la simiente hace algunos ayeres con su proceder amable, bondadoso, sencillo y obtuvo hasta la edad de 102 años la fertilidad plena en el cariño y reconocimiento de todos los que tuvimos el privilegio de conocerlo.

Descanse en paz este gran mexicano, ilustre chiapaneco, extraordinario jurista y ser humano ejemplar.

 


 

* Artículo publicado originalmente en Siempre! el 18 de diciembre de 2020. Se reproduce con autorización de la autora.

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