Luis Robles Miaja (1960-2020)

Luis Robles Miaja (1960-2020)

 

“¡Ahora sí, mañana empieza mi nueva vida!” Después de una larga comida, regada abundantemente con vinos y güisquis, la frase hizo estallar las carcajadas de los presentes. Así era Luis Robles. Cuando trataba de contar un chiste, confundía los personajes. Empezaba por el final, perdía el hilo de la historia y, al estilo de su admirado expresidente Zedillo, había que informarle al auditorio que se trataba de una broma para darle oportunidad de reírse. Su franqueza y su falta de malicia lo hacían soltar frases como ésa que, aunque dichas en serio, nos hacían morir de risa. Era un cómico involuntario. Nosotros gozábamos reír de tú a tú con alguien al que admirábamos tanto.

Fue precisamente ese talante transparente, siempre bien intencionado, y la decencia natural que emanaba de su persona lo que hacía no sólo que ninguno de sus comentarios se tomaran a mal, por imprudentes que éstos llegaran a ser, sino que, por el contrario, los que lo escuchaban vieran en él al interlocutor ideal para resolver los problemas más complejos de la historia del sistema financiero mexicano. Luis Robles era una persona en la que incluso la gente que no se fiaba de nadie podía confiar.

Lo conocí gracias a su hermano Emilio, en 1986, cuando yo trabajaba en la Dirección General de Servicios Migratorios. En ese entonces, Luis tenía un pequeño despacho corporativo, situado en el antiguo consultorio de su papá. A partir de ese momento, y a pesar de lo diferentes que éramos, nos volvimos grandes amigos. En 1990, me invitó a asociarme con él en su práctica profesional que, ya para entonces, estaba orientada mayormente a la asesoría de entidades financieras. En esa oficina, instalada en su casa de recién casado en la calle de Taine, tenía como socio al actual presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, el ministro Arturo Zaldívar. Aunque yo ya conocía a Arturo —los dos somos queretanos—, la oportunidad que tuve de convivir con esos dos personajes ejerció sobre mí una influencia decisiva para forjar mi carrera y cimentó de manera definitiva nuestra amistad.

Poco después, en 1993, asesoramos a José Madariaga —el principal cliente de nuestro despacho— en la compra del primer banco que se privatizó en el país: el Multibanco Mercantil de México, después Banco Mercantil Probursa. Ya para entonces, a pesar de tener sólo 33 años, Luis era uno de los abogados financieros más destacados del país y Madariaga no dudó en invitarlo a encabezar el área jurídica del nuevo grupo financiero. Yo habría de acompañarlo en el proyecto hasta el final.

Esa decisión sería vital en la conformación de la banca mexicana, tal y como hoy la conocemos. A partir del año siguiente, los acontecimientos se precipitaron. La crisis económica de 1994 trajo consigo la quiebra de casi la totalidad del sistema financiero nacional. Fueron tiempos difíciles. La red del ahorro bancario necesitó del apoyo del gobierno a través del Fobaproa y hubo momentos en que se llegó a temer por la gobernabilidad y la viabilidad del país. Finalmente, los peores temores no se cristalizaron. Después del rescate, la banca empezó a recibir aportaciones de capital de antiguos y nuevos socios. El primer banco en lograrlo fue, precisamente, el nuestro, que, ya bajo el control del Banco Bilbao Vizcaya, pasó a llamarse BBV Probursa. En el centro de todas estas operaciones, que servirían después de guía para la capitalización del resto de los bancos, estuvo Luis como artífice y protagonista imprescindible. Vinieron después la compra de varias redes bancarias (Cremi y Banorie), la apertura de cientos de nuevas sucursales y, en el año 2000, la fusión con Bancomer. Quizás ahí alcanzó Luis la cumbre de su carrera jurídica, al encabezar con éxito, al lado de Vitalino Nafría, la defensa de BBV en contra de la oferta hostil presentada por Banamex. Su inteligencia sobresaliente, la profundidad de su análisis, sus dotes como abogado —en especial la visión periférica que tenía de los asuntos jurídicos— y su capacidad negociadora fueron fundamentales para sacar adelante la operación que sería el origen de la creación de la que hoy es la entidad financiera más poderosa de México.

Después, su trayectoria ascendió de manera meteórica, superando las fronteras de los servicios legales. Pasó a ser vicepresidente y, después, presidente del grupo financiero. Encabezó en dos ocasiones la Asociación de Bancos de México. Seguramente, muchos pensarán que tuvo suerte al estar en el lugar y el momento adecuados con todos los talentos necesarios. Esto me hace recordar la frase que alguna vez le oí a un famoso estadista en la Convención Nacional Bancaria: “¿Alguien quiere en su equipo a un portero sin suerte?” Desempeñó todos esos puestos con una entrega que rayaba en el apostolado. La verdad es que lo disfrutaba mucho. Siempre quiso figurar y trascender. Nada lo hacía más feliz que sentir que su trabajo iba a influenciar el rumbo del sistema financiero del país, al que amaba apasionadamente. “Es por México”, repetía una y otra vez.

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