María Elena Mansilla y Mejía (1935-2020)

María Elena Mansilla y Mejía (1935-2020)

 

Durante los últimos 19 años una mujer excepcional realizó un trabajo fundamental en el ámbito de nuestra concepción del Derecho internacional; en esas dos décadas, en silencio, poco amiga de entrevistas, aplausos y reflectores, una mujer disciplinada, inteligente y, podríamos decir, férrea, hizo mucho por el reconocimiento de los derechos de las mujeres, desde su escritorio, siempre rodeada de papeles en estricto orden y de alumnos pendientes de sus palabras; dejó más que una huella, una escuela de pensamiento y una forma de ver el Derecho internacional y las ciencias criminalísticas: la maestra María Elena Mansilla y Mejía.

 

 

Hace apenas unos días conocimos la noticia de su deceso. Es un lugar común hablar del hueco que deja en la comunidad de la Facultad de Derecho, una obligación decir que ese vacío no podrá ser llenado, casi una obviedad hablar de sus generaciones de alumnos; pero tratándose de la maestra aquello no serían cumplidos o gratas remembranzas: se trataría de una pálida justicia moral. Había alcanzado el grado académico de doctora en Derecho por nuestra facultad y, sin embargo, para quienes la conocimos, para sus alumnos, para quienes buscaban en ella el consejo y el análisis, el título que más disfrutaba era el de maestra, lo que la definía y lo que hacía de ella una intelectual de larguísimo aliento que se mantuvo en activo hasta que el tiempo vital de su existencia se vio culminado.

María Elena Mansilla habría nacido en 1935. Y se dice habría porque hubo siempre en ella una especie de juego con su edad y con su tiempo, como si estuviera llamada a pasar por encima de las generaciones, perteneciendo un poco a todas pero no del todo a una sola época; se trataba de una mujer cuya función docente ocupaba la totalidad de su personalidad en distintas manifestaciones; en sus casi 40 años de al servicio académico en la facultad, la maestra Mansilla sirvió con atingencia ejemplar las cátedras de Derecho internacional privado y teoría general del Estado en la licenciatura de la Facultad de Derecho de la UNAM; también las de Derecho competencial, relaciones económicas Iiternacionales, Derecho convencional civil en la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Derecho de la UNAM. Existía en su personalidad esa aura que sólo está presente en los maestros por vocación y necesidad existencial, esa virtud que se manifiesta en brindar conocimiento continuamente, aun sin proponérselo, y podemos afirmar, con la certeza que da el afecto, que nadie que conversara con ella se iba con las manos vacías ni con la inteligencia sin aliento. Se trataba de una mujer dedicada no sólo a aprender y a generar nuevo conocimiento, sino a diseminarlo en sus alumnos, en sus tesistas y en quienes tenían la fortuna de asistir a sus innumerables conferencias y alocuciones.

Sin embargo, antes de que el polvo de los años y el batallar de los días comiencen a hacer su trabajo fatal en la memoria, habrá que decir al menos dos cosas que no podrían constar en su currículum, efectos de su ardua labor de décadas. La primera, su forma peculiar de feminismo, su lucha por la igualdad de derechos de la mujer y su influencia en la conquista de espacios dentro de la sociedad y la comunidad universitaria. El suyo fue un feminismo sin manifiestos ni provocaciones; el suyo era un feminismo que recordaba al de Simone de Beauvoir, el que proclama la igualdad mediante la asunción de espacios por las mujeres, basadas en su trabajo y en la excelencia de sus resultados. Todos la recordamos en su impecable y sobria elegancia, en su trato suave y cortés, firme y seguro, cuando se trataba de defender a la facultad o sostener su trabajo académico; las alumnas vieron en ella el resultado de la perseverancia y no fueron pocas las que formaron su idea de mujer en el mundo viéndola trabajar sin descanso, sin pausa. (Habrá que decir que no se le conoció nunca la intención de solicitar tantos años sabáticos a los que tenía derecho.) El suyo fue el éxito de la inteligencia y de la perseverancia y no se puede dudar en afirmar que una de las académicas que más abonaron en la equidad de los derechos de género fue ella, sin proponérselo acaso, pero dando ejemplo siempre firme de que no se pueden poner barreras a la inteligencia y al trabajo continuo.

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