Pedro Barrera

Pedro Barrera

Todos los que hemos tenido el privilegio de estar en las aulas de la Escuela Libre de Derecho sabemos que no hay mejor definición para nuestra querida alma mater que la de “asamblea de vivos y muertos”. Permanecimos cinco años en ella escuchando hablar de don Luis Méndez, Agustín Rodríguez, Manuel Herrera y Lasso, Felipe Tena Ramírez, Miguel S. Macedo y muchos nombres más, que corresponden a hombres que no tuvimos la oportunidad de conocer personalmente, pero a quienes conocimos a través de nuestros admirados profesores, y cuando los escuchamos mencionar pareciera que son parte de nuestra familia, y yo estoy convencida de que sí lo son. Otros más, cuyos nombres se encuentran escritos en letras de oro en la historia de nuestra escuela, fueron nuestros maestros: don Ramón Sánchez Medal, Manuel Lizardi Albarrán, José Luis de la Peza, Laura Trigueros Gaissman, Jossette Serrato, por mencionar algunos, quienes también integran esa asamblea de muertos de la casa construida sobre roca.

Hoy quiero hablar de alguien que con su partida ha dejado un enorme hueco dentro de nuestros corazones y dentro de nuestra Escuela Libre de Derecho; alguien que dedicó casi la mitad de su vida a ella. Me refiero a don Pedro Barrera Ardura, secretario general de la Escuela Libre de Derecho durante más de 38 años, quien sustituyó a otro gran secretario, al que conocemos por esa tradición oral de anécdotas que escuchamos en las aulas de la escuela, don Manuel Sainz Larrañaga, y quienes juntos suman más de dos terceras partes de la historia de la escuela y que dedicaron a ella su vida.

Don Pedro, Perry para muchos, Perico para otros más, fue un gran secretario de la Escuela Libre de Derecho, siempre atento de todo lo que pasara en la institución y de los alumnos que por una u otra razón acudían a él para pedirle ayuda y consejo y a quienes sabía tratar como a un padre: a unos los regañaba, les exigía y los retaba para salir adelante; a otros los escuchaba, los comprendía y los ayudaba; todos transitamos por el rudo camino de la Escuela Libre de Derecho con alguien a quien podíamos acudir. Y el inicio de esa relación comenzaba con la famosa entrevista de ingreso, hoy conocida como “el barrerazo”, por la anécdota del ex alumno y ex presidente de la República, Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, que platicó cuando recientemente había sido electo presidente en una cena de la escuela organizada en su honor, en un emotivo discurso que dirigió a toda la comunidad de la Libre, discurso que se vio interrumpido con una ovación para el licenciado Barrera, porque todos los que estuvimos en la Libre alguna vez recibimos algo de don Pedro, por lo cual siempre le estaremos agradecidos.

Sin duda eran otros tiempos, en los que la escuela era dirigida por un líder moral de alumnos, pero también de maestros, conducida cotidianamente por la presencia absoluta e incondicional de uno de sus hijos que decidió dedicar gran parte de su vida a ella.

Recuerdo mucho cuando yo cursaba los primeros años de la carrera en los que era esencial madrugar para alcanzar un lugar en el estacionamiento de la escuela, por lo que al filo de las 6:40 de la mañana había que estar sobre Dr. Vértiz en espera de que se abrieran las puertas de la Libre y, una vez dentro, esperar 15 minutos el amanecer y la llegada del licenciado Barrera, quien anunciaba el inicio de labores con el ingreso de su Volkswagen rojo y el encendido de la luz de su oficina. Así transcurrieron mis cinco años en la Libre, viendo a un hombre que diariamente llegaba a las 6:50 de la mañana a iniciar labores y se iba al final del día de clases, si no había examen profesional, al que muchas veces se quedaba como sinodal invitado o simplemente por el gusto de ver culminar la carrera de uno más de sus muchachos.

Eso sí, no se perdía un desayuno de los gordos, compartido con sus amigos de siempre: mis maestros don Francisco Simón Conejos, Emiliano Zubiría Maqueo y Benjamín Vidargas, y yo, quien se uniera a la sensacional mesa de lunes, miércoles y viernes, años después, ya como maestra de la escuela. Tuve el privilegio de “arreglar el mundo” en esos desayunos.

Ésa era la vida de Pedro: vivir cada día intensamente en la Libre y nunca separarse de ella.

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