Sergio Salvador Aguirre Sánchez (1972-2019)

Sergio Salvador Aguirre Sánchez (1972-2019)

Conocí a Sergio una mañana de septiembre de 1991. Yo ya tenía un año como alumno en la Escuela Libre de Derecho (ELD). Él entró un año después. Como tapatíos en el exilio, nos hicimos amigos de inmediato. Me lo presentó Guillermo Pérez Santiago, otro tapatío que iba dos años adelante de mí y que ya conocía a Sergio desde Guadalajara.

Lo primero que me llamó la atención de Sergio fue su buen humor. No sé si por la edad, pero desde el primer momento hicimos click y nos volvimos inseparables junto con otro provinciano de San Luis Potosí que iba en mi salón, Daniel Udave Loyo. Desafortunadamente, Daniel también se fue muy pronto, en 1997, en un accidente automovilístico.

Así Sergio, Daniel y yo nos volvimos inseparables. Tremenda época de estudio en la ELD, de andar de fiesta y de trabajar, Daniel en el área penal, Sergio en el área fiscal y yo en el área del Derecho corporativo.

El rigor de los exámenes nos fue haciendo conocer nuestros respectivos caracteres. Desde el principio, Sergio mostró un interés por la filosofía del Derecho. Daniel y yo, que estudiamos los cinco años juntos durante la época de exámenes, éramos mucho más prácticos que Sergio, por lo cual le sugeríamos que se concentrara en los libros que nos habían recomendado los maestros, pero Sergio no hacía caso: le gustaba enmarañarse con libros españoles y argentinos que sólo él sabía de dónde sacaba. A nosotros nos daba risa, pero él mostró su talante de librepensador desde el principio, con los riesgos que eso puede acarrear en una escuela como la nuestra.

Las habilidades de Sergio no se limitaban a lo académico, sino también a lo concerniente al divertimento; él disfrutó al máximo su estancia en la Ciudad de México; yo la sufría un poco. El dominó es toda una tradición en la ELD; recuerdo la broma de nuestro maestro don Ismael Gómez Gordillo que, con su poderosa voz, decía: “La Escuela Libre de Derecho es el único salón de dominó con Escuela de Derecho adjunto”. Pues bien, en esas artes del dominó Sergio mostró grandes dotes. No recuerdo si ganó algún premio que presumía como una nota de tres superiores pero sí me acuerdo bien de una anécdota sensacional que procedo a relatar. En una ocasión, Sergio y yo nos encontrábamos en una cantina cuando llegaron dos compañeros de él que también trabajaban en la Secretaría de Hacienda, con ínfulas de grandes jugadores. Empezamos a jugar y les hicimos un zapato, es decir, paliza a cero. En la siguiente ronda también los llevábamos en zapato, cuando de repente nos tocó a Segio y a mí una mano muy mala que seguramente íbamos a perder y en la que estábamos cargados de puntos malos. Entonces el ingenio de Sergio se hizo presente: a propósito, bajó una ficha incorrecta para que nos castigaran con sólo 25 puntos malos. Los eruditos se pararon molestísimos con Sergio amenazándolo con no volver a jugar con él; Sergio y yo no podíamos dejar de reír.

En el ámbito profesional, Sergio destacó como fiscalista. Trabajó en un despacho de la Ciudad de México y en el área de Normatividad de Comercio Exterior y Aduanas donde él me decía que se formó con su maestro Ricardo Koller Revueltas, en ese tiempo administrador central de esa área. Después pasó al área jurídica del Sistema de Administración Tributaria (SAT), primero en la Ciudad de México, después como administrador en Ciudad Guzmán y finalmente en su querida ciudad natal Guadalajara.

Hombre culto y amante de los libros, siempre tuvo un lugar especial para su biblioteca personal. Sergio era un liberal de derecha; de ultraderecha, diría yo. A pesar de nuestra muy diversa manera de pensar siempre nos respetamos. Creo que soy de las pocas personas con las que Sergio podía discutir sin enojarse porque siempre fue muy apasionado con su forma de pensar. Eso sí, era un hombre honestísimo. Siempre fue congruente con su pensamiento, aun a costa de perder su trabajo donde incluso llegó a recibir amenazas de muerte como administrador jurídico del SAT en Zapopan. Durante el tiempo que fuimos socios me consta que jamás quiso aprovechar la influencia de su padre, quien era ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, para litigar ningún asunto.

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