Hagamos las paces con la Tierra

Hagamos las paces con la Tierra

 

La actual crisis sanitaria es una demostración clara del grado de interdependencia alcanzado por nuestras sociedades y revela que ningún Estado ni comunidad nacional puede mantenerse aislado. Ha llegado el momento, sostiene la autora, de que la soberanía se torne “solidaria” y de que cada quien asuma su papel para alcanzar un bien común mundial.

  

La crisis económica y financiera, la crisis social, la del terrorismo global, el desastre humanitario de las migraciones y la crisis climática se coronan —si se permite decirlo así— con la crisis sanitaria del coronavirus. Sería oportuno tomar verdaderamente en serio esta crisis, a medida en que se acelera la cacofonía que nace de esta verdadera policrisis.

La indignación ciudadana contra las derivas securitarias, la cólera de los chalecos amarillos frente a las desigualdades sociales, la revuelta de las generaciones jóvenes y de los pensionistas, el llamamiento de los científicos por el cambio climático, no han sido advertencias suficientes. Ha sido necesario un virus para hacer temblar el mundo, hasta el punto de estremecer —por fin— las certidumbres de nuestros dirigentes.

Frente a un peligro real, los Estados, tanto a escala europea como mundial, se esfuerzan penosamente por detener la propagación de la enfermedad y por limitar sus consecuencias: ciudades desiertas, supermercados agotados, la educación de los jóvenes interrumpida, la actividad laboral suspendida, las bolsas en caída libre. Es como si ese minúsculo ser vivo hubiera venido para desafiar nuestra humanidad mundializada y revelar su impotencia. A menos de que ofrezca a la humanidad una última oportunidad para tomar conciencia de su comunidad de destino y para convencerse de que, embarcados todos como estamos en la misma nave, tenemos la imperiosa necesidad de una brújula común.

Ese debería ser el papel del Derecho. Pero para concebir un Estado de Derecho sin un verdadero Estado mundial, el universalismo resulta demasiado ambicioso, y el soberanismo, replegado sobre las comunidades nacionales, demasiado pusilánime. Para conciliarlos se requiere pensar en ello de forma interactiva: necesitamos a las comunidades nacionales para responsabilizar a los diversos actores, comenzando por los servicios de salud, pero sólo la comunidad mundial podrá definir los objetivos comunes y las responsabilidades que resulten de ello para los agentes globales: Estados, organizaciones internacionales y empresas multinacionales. Sólo su coordinación entrecruzada evitará que las dos dinámicas se enfrenten en un amplio caos.

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