Arturo Zaldívar

Levantando catedrales

Arturo Zaldívar

Todos conocemos la anécdota de los tres albañiles que apilan ladrillos y del niño que se les acerca para preguntar qué hacen. “Amontonando ladrillos”, dice el primero. “Haciendo una pared”, responde el segundo. “¡Levantando una catedral!”, se ufana el tercero. No importa qué hagamos, enseña el cuento, sino el sentido que demos a nuestra actividad. Esto es lo que hace valioso nuestro trabajo y nuestra vida.

Del ejemplo no escapan los ministros de nuestra Suprema Corte de Justicia de la Nación: algunos ya alcanzaron la meta que se propusieron. Pueden jactarse de ello ante familiares y amigos. Otros consiguieron una chamba bien pagada y una jubilación envidiable. La devengan resolviendo los asuntos que les llegan, sin preguntarse si éstos tienen alguna relevancia. Su mayor preocupación es quedar bien con quienes los ayudaron a llegar.

Los últimos, los mejores y más escasos de ellos, son quienes están convencidos de que, con su quehacer cotidiano, trazan los horizontes que debe seguir el país. Entre éstos, Arturo Zaldívar destaca por su entusiasmo.

Cuando habla de su trabajo, se le iluminan los ojos: “Cada vez que decido a quién se le va a quedar un niño, si a su madre o a su padre, cada vez que decido qué valor se le va a dar a la declaración del menor en un juicio, no estoy analizando el caso de María Pérez o Juan Rodríguez, sino enviando un mensaje a todos los tribunales de México para que sepan cómo proceder. Esto me obliga a ser tremendamente responsable”.

Considera que aunque nuestra Corte aún no tenga el peso de la de Estados Unidos, eso no significa que no pueda estar por encima de otros tribunales similares en el mundo contemporáneo. “Claro que somos un tribunal constitucional”, replica incómodo, cuando alguien le sugiere que nuestra Suprema Corte es sólo un tribunal de casación. Y, con esta óptica, su postura es irrefutable: la Corte es tribunal constitucional porque marca rumbos y señala tendencias, independientemente de que sus fallos afecten a una persona o a 320 millones, como la de Estados Unidos.

Conocí a Zaldívar cuando ambos éramos estudiantes en la Escuela Libre de Derecho. Aunque era unos años mayor que yo, pude convivir con él y disfrutar de su espíritu crítico y de su irreverencia. Mi encuentro con él ocurrió durante las campañas de las planillas estudiantiles. Él organizó una para burlarse de ellas —la llamó Mixtli— e iba, de salón en salón, haciendo propuestas disparatadas que todos los estudiantes festejábamos a carcajadas.

En la Libre, Zaldívar conoció a Elisur Arteaga quien —refiere él mismo— “me cambió la visión del mundo al develarme cómo el Derecho y la Constitución podían estudiarse como instrumentos de poder”. Más tarde, afirmaría algo similar de Héctor Fix Zamudio, quien le dio clases en el doctorado de la UNAM: “Me abrió los ojos frente al Derecho comparado y me hizo ver la importancia de proteger los derechos humanos”.

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