Raúl Cervantes Andrade

“Soy mejor negociador que litigante”

Raúl Cervantes Andrade

Agosto, 2015

A cuatro meses de que dos de los 11 ministros de nuestro Máximo Tribunal concluyan sus funciones, uno de los nombres que se escucha con más insistencia para ser propuesto es el de Raúl Cervantes Andrade. Defensores y detractores han comenzado a señalar por qué debería o no ocupar un sitio en la Corte. Pero ¿quién es Cervantes en realidad?

 

Raúl Cervantes creció entre abogados. Tanto su padre como su madre estuvieron dedicados al amparo administrativo y él, desde pequeño, escuchó las discusiones de ambos acerca de los conceptos de una violación. También desde entonces decidió que sería abogado. De hecho, él y sus tres hermanos acabaron siéndolo. En el caso del mayor, que comenzó estudiando ingeniería química, fue Raúl quien lo convenció para cambiar de giro.

A los 24 años de edad dio un paso decisivo: abrió un despacho e invitó a su padre a que renunciara a la dirección jurídica que ocupaba en una empresa para convertirse en su socio. La razón social del despacho —Cervantes Andrade—, sin embargo, provocó que su padre dijera, en broma, que “había pasado de socio a asociado”. Pero, bueno, la idea y el impulso habían sido los de Raúl. Así lo expresaba la razón social de su proyecto.

Desde el principio quedó claro, eso sí, que el despacho se dedicaría a temas vinculados con la industria del transporte. Y aunque de los camiones pasó a los puertos, de los puertos a los ferrocarriles y de los ferrocarriles a los aviones y a los aeropuertos, nunca perdió de vista esta vocación. Cuando uno se especializa es más fácil que un cliente lleve a otro cliente, admite Cervantes.
Pero para resultarles útil, advirtió en los inicios de su carrera, el litigio debía ir de la mano de la negociación. “Soy buen litigante” —dice—, “pero me considero mejor negociador.” De poco sirve una resolución favorable, añade, si ésta se obtuvo a un alto costo: esto suele llevar a la ruina los negocios. Cervantes ha apostado a dar consejos jurídicos que se reflejen en un mayor valor de los intereses de sus clientes. Esa es su consigna. Le preocupa más obtener buenos resultados y ganancias que sentencias favorables.

Esto se dice fácil, pero ¿cuántos abogados se empantanan en el proceso y se olvidan de los resultados? En el camino, son sus clientes los afectados. “Hay juicios donde están en juego 80 pesos —dice él—, pero defenderlos cuesta 1,000… Un abogado honesto no debería aceptar esos asuntos”.

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