Neurociencias: una introducción para abogados

Neurociencias: una introducción para abogados

Para el autor, profesor en el Departamento de Derecho del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), descifrar los fundamentos fisiológicos de nuestra conducta obligará a replantear muchos de los principios y conceptos que hoy damos por supuestos, no sólo en los ámbitos de la filosofía, la psicología, la sociología o la moral, sino, de forma ineludible, en el Derecho. Este artículo forma parte del libro Psicopatología forense, coordinado por Eric García-López, que próximamente se publicará bajo el sello de Bosch.

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Soy un abogado particularmente interesado en aquellas conductas que, a través del tiempo, se han considerado dañinas para la supervivencia de una sociedad: ¿qué hace que algunas personas se ciñan a las normas establecidas y otras las desafíen de modo permanente?

En un principio quise entender estas conductas a partir de la teoría del delito, la dogmática e, incluso, la política criminal. Averiguar, en concreto, si el castigo podría ayudar a prevenir futuras transgresiones. Sin embargo, las insuficiencias de estas disciplinas me orillaron al estudio de los nuevos campos de investigación para descifrar la naturaleza humana y sus vínculos con la sociedad: las neurociencias, la ciencia cognitiva, la genética del comportamiento y la psicología evolutiva.

Primero, porque estas disciplinas sugieren preguntas que rebasan por mucho el ámbito de las ciencias penales. Segundo, porque en estos campos tengo la esperanza de discernir lo que el Derecho ha sido incapaz de responder. Las reflexiones que hago a continuación giran exclusivamente en torno de las neurociencias y tienen un carácter divulgatorio. Me atrevo a pensar que podrían ayudar a introducir el tema a algunos abogados que pronto tendrán que estar abrevando de estas disciplinas.

No intento precisar aquí qué zonas del cerebro se desactivan cuando desafiamos la ley y qué zonas se activan cuando cumplimos con nuestras obligaciones —la corteza frontal, la amígdala o la articulación tempoparietal—, tema que corresponde a los neurocientíficos y no a los abogados.

Pese a ello, la posibilidad de adentrarse a estos campos con las herramientas jurídicas puede resultar atractiva para que otros profesionistas adviertan la necesidad de abandonar los enfoques “puros” y se vayan inclinando por aquellos multidisciplinarios.

1. La culpabilidad desde la óptica jurídica

Si nos atenemos a la definición clásica del delito —la conducta típica, antijurídica y culpable que sancionan las leyes penales— admitiremos que acreditar una conducta y encuadrarla al tipo no ofrece mayor dificultad. Al menos desde un punto de vista teórico.

Tampoco verificar si la ley proporciona salidas decorosas —causas de exclusión, precisa el Derecho penal— para quien actuó de acuerdo con la conducta descrita en la ley: ¿la persona golpeó a otra y le hizo perder un ojo? Que se le condene por lesiones. ¿La lesión ocurrió durante una pelea de box? Que se le absuelva. ¿La persona se apoderó de un iPhone sin consentimiento de su dueño? Que se le condene. ¿Lo hizo para alertar sobre una tragedia inminente y así salvó la vida de muchos? Que se le absuelva.

También, desde una perspectiva teórica, los problemas vienen con la culpabilidad: “Para que la acción o la omisión sean penalmente relevantes —precisa el Código Penal del Distrito Federal— deben realizarse dolosa y culposamente.”

El código define: “Obra dolosamente el que, conociendo los elementos objetivos del hecho típico de que se trate, o previendo como posible el resultado típico, quiere o acepta su realización”. Por otra parte, “obra culposamente el que produce el resultado típico, que no previó, siendo previsible, o previó confiando en que no se produciría, en virtud de la violación de un deber de cuidado que objetivamente era necesario observar”.

¿El sujeto acusado pudo optar por haber actuado de otra manera en las circunstancias en las que actuó? ¿Le era exigible una conducta distinta? Es cierto que privó de la vida a otro al embestirlo con su automóvil, pero el ahora occiso se atravesó imprudentemente. Es cierto que dio un empujón a su vecino, pero nunca consideró que éste fuera a perder el equilibrio y a romperse el cráneo.

“No podrá aplicarse pena alguna —vuelvo al código— si la acción o la omisión no han sido realizadas culpablemente. La medida de la pena estará en relación directa con el grado de culpabilidad del sujeto respecto del hecho cometido, así como de la gravedad de éste”.

Dentro de las escuelas causalista, finalista y funcionalista del Derecho penal se debate, incluso, de quién es la culpa a fin de cuentas: se quemó una escuela y murió una docena de niños ¿Quién debe responder por ello? ¿Las autoridades locales que autorizaron la construcción de la escuela al lado de un almacén que contenía material inflamable? ¿Las autoridades federales que no supervisaron la actuación de las locales? ¿El empleado del almacén que no tomó las medidas de seguridad establecidas en el manual de operaciones? ¿La conserje de la escuela que dejó encendido un calefactor defectuoso que echaba chispas? ¿El proveedor de dicho calefactor que lo vendió como nuevo?

Lo que termina ocurriendo en la práctica de los tribunales es que el abogado más habilidoso es quien convence al juez de que el culpable es uno u otro. Esto siempre resulta doloroso para la parte afectada, sin distinguir entre víctimas y delincuentes. Más aún cuando la sentencia del juez se presenta en términos pretendidamente técnicos que, en ocasiones, ni los propios abogados entienden.

¿Cómo condenar a la sirvienta de la casa 5, que dejó abierta la reja por donde escapó el perro bravo, cuando fue la sirvienta de la casa 6 la que dejó abierta la puerta por donde se escabulló el niño, que estaba a su cargo, y fue mordido mortalmente por el perro? Un juez puede condenar a la sirvienta de la casa 5 y, otro, a la de la casa 6. Todo depende del abogado del que dispongan. Esto, desde luego, sin contar con los vericuetos del proceso, donde el tema más complicado es la prueba.

2. La apuesta de Lombroso

Tratando de enfrentar estos problemas desde una perspectiva distinta a la jurídica, el médico italiano Cesare Lombroso (1835-1909) pensó que más que castigar los hechos había que evitar que éstos se cometieran, identificando a quienes pudieran cometerlos y tomando las medidas preventivas adecuadas.

Lo que había que hacer, enseñó, era descubrir qué rasgos físicos —lo mismo protuberancias del cráneo que inclinación de la nariz, lo mismo terminación del pabellón auditivo que forma de los dedos de la mano— delataban a los futuros asesinos, violadores y asaltantes.

Aunque la intentona de Lombroso fracasó, hoy día se le reconoce como padre de la criminología. Fue el primer autor, al fin y al cabo, que abordó el tema del delito, tomando como punto de partida nuestra fisiología y estudiándolo desde una perspectiva científica.

Si bien una nariz ganchuda y una cabeza bulbosa no bastan para que se detenga a un individuo por los homicidios que pueda llegar a perpetrar, el médico iba por buen camino, como lo demuestran los recientes avances de las neurociencias.

Para su desgracia, sus teorías sirvieron de pretexto para establecer la “inferioridad racial” con pretendidas bases naturales. Los disparatados silogismos que aplicaron colonialistas y dirigentes nazis dejaron mal parado al italiano. Lo mismo ocurrió con prácticas tan desafortunadas como las castraciones químicas o las lobotomías que, todavía en los años cincuenta, se aplicaban en países tan progresistas como el Reino Unido.

El desafío que encaramos en el siglo XXI es descifrar por qué nos comportamos del modo que lo hacemos, a partir de la interacción entre nuestra fisiología y el medio ambiente, y hasta qué grado el control de nuestros impulsos puede verse afectado por el exceso de algunas sustancias o la carencia de otras. Un vistazo al mundo animal puede auxiliarnos para decodificar mejor la conducta humana, pues observar a las hormigas o a los chimpancés suele hacerse sin los prejuicios sociales, religiosos o raciales que acaban sesgando la observación de los seres humanos.

3. Introducción zoológica a las neurociencias

Inspirados por Aristóteles, los iusnaturalistas medievales aconsejaban que las leyes positivas no fueran sino la ratificación de las “leyes naturales”. Si, “por naturaleza”, un hombre y una mujer, al emparejarse, tenían hijos, el Derecho debía dar forma al matrimonio, a la familia, a los derechos y obligaciones derivados del uno y de la otra. Si, “por naturaleza”, el hombre podía apropiarse de una vaca o de un terruño, el Derecho debía establecer condiciones y modalidades de la propiedad.

Aristóteles pontificaba que, “por naturaleza”, algunos hombres nacen para mandar y otros para obedecer; que la esclavitud, por tanto, era natural. La propuesta encantó a traficantes y dueños de esclavos. Los lobos mataban a los corderos para alimentarse, lo cual era absolutamente “natural”. Los hombres, por ende, podrían proceder de igual manera con el ganado: éste no tenía otro propósito que alimentarnos.

Durante el Renacimiento, algunos filósofos retomaron el tema del iusnaturalismo, pero con una visión más cruda: atengámonos a la naturaleza para definir lo bueno de lo malo y lo justo de lo injusto, sentenciaron. El problema, de nuevo, derivó de los modelos a adoptar. Para Hobbes, el hombre era malo por naturaleza —Homo homini lupus, adoptó la sentencia de Plauto— y enumeró diversos acontecimientos que probaban su tesis. Rousseau hizo lo propio, pero llegó a otra conclusión: los hombres eran buenos por naturaleza. Eran las instituciones las que los corrompían.

El iusnaturalismo, siempre ambiguo, acabó pasando de moda, hasta que los científicos —los etólogos, antes que ninguno— lo reivindicaron de modo involuntario. La información con la que contamos en el siglo XXI sobre nuestro ADN y nuestras hormonas, así como sobre el ADN y las hormonas de otras especies, nos obliga a repensar el tema del determinismo y a formular nuevas preguntas. Por ejemplo, ¿qué hace que las abejas produzcan miel y construyan panales con celdas hexagonales? ¿Por qué los castores edifican auténticos diques en los ríos donde deciden vivir? ¿Qué provoca que los perros salvajes se organicen con tanta precisión para cazar a un antílope?

Pensemos en el pulpo gigante del Pacífico, cuya hembra, después del desove, permanece custodiando la caverna donde depositó sus huevos hasta que nacen las crías. Su misión es tan delicada que, en su vigilia, ni siquiera se da tiempo para comer. Acaba muriendo por inanición.

Caso distinto es el del cuclillo: la hembra deposita su huevo en el nido de la hembra de otra especie y no vuelve a saber de él. En caso de que haya más huevos en el nido, el cuclillo recién nacido los empuja al suelo. Si son sus “hermanos” los que nacieron antes, los echa fuera del nido, aprovechando su mayor tamaño. La hembra parasitada empolla y alimenta a un hijo que no es el suyo.

¿Por qué ocurre esto? “Es instinto”, aducen los etólogos. “Es el DNA de cada especie”, aclaran los genetistas. A ninguno de ellos se les ocurriría, no obstante, una explicación romántica. Nadie habla de la vocación profesional de abejas y castores, ni de la maldad intrínseca de los perros salvajes. Nadie apoyaría la tesis de que estos últimos integran bandas propias de la delincuencia organizada.

Si el pulpo del Pacífico muere de inanición por cuidar a sus crías, no se trata de un arranque de abnegación material. Tampoco podríamos acusar al cuclillo de robo de identidad, fraude o algún género de usurpación. ¿De qué podríamos, pues, responsabilizar a los perros salvajes o al cuclillo? ¿Una sanción disuadiría a otros animales de su especie de hacer lo que hacen?

Curiosamente, decía, los animales también dan muestras inquietantes de lo que en el ámbito humano se atribuiría a la solidaridad, altruismo, cooperación y hasta sentido de la justicia. En su libro Justicia salvaje, Mark Bekoff y Jessica Pierce dan cuenta de algunos casos relevantes. ¿Lo hacen estos animales por sus altos valores? ¿No será más bien que están determinados por sus estructuras genéticas y sus sustancias químicas?

4. La libertad de los seres humanos

¿Lo que se aplica a los animales podría aplicarse, entonces, a los seres humanos? “No —precisan sacerdotes, filósofos, sociólogos y abogados—. Eso sería reduccionismo, puesto que los seres humanos están dotados de libertad: puede elegir entre una conducta y otra.” Y esta es, precisamente, la tesis que las neurociencias comienzan a cuestionar: ¿De veras un hombre es capaz de elegir lo que hace? ¿Hasta dónde? ¿No está determinada su voluntad por su anatomía y sus funciones neuronales, como ocurre con los animales, independientemente del medio en que se halle? ¿Puede elegir entre volar y no volar? ¿Hasta dónde es libre de escoger si engulle una manzana o un puñado de clavos?

Este último ejemplo puede parecer ramplón pero, si pensamos en situaciones menos obvias, podremos formular preguntas más atinadas: ¿un hombre siente apego por su familia porque creció en un entorno favorable cuando era niño y pudo adquirir los valores que caracterizan a todo individuo “cabal”, mientras otro abandona a su familia porque no cultivó estos valores desde edad temprana? ¿Puede encomiarse al primero y hacérsele un reproche al segundo?

Veamos: si hasta el siglo pasado pocos hablaban del papel de dos hormonas y neurotransmisores llamados oxitocina y vasopresina, ahora abundan los experimentos que se han hecho a partir de ellas. Destaca el que se ha realizado con ratones de pradera y de montaña en las universidades de Maryland y Emory. Los primeros tienen cantidades significativas de oxitocina y vasopresina. Son monógamos. Los segundos, no.

El experimento consistió en mantener a cada uno de estos ejemplares con sus respectivas hembras y su prole durante un tiempo. A continuación, se les separó de ellas unos días y se les volvió a juntar. Cada vez que se repitió el ejercicio, el ratón de pradera se aproximó a la hembra y a las crías, las cuales parecían regocijadas con el regreso del padre. Así lo demostraron en sus frotamientos e intercambios de contactos con el hocico. No fue el caso del ratón de montaña, el cual se mostró tan indiferente con su “familia”, como ésta con él. ¿Qué ocurrió? ¿Un problema de desintegración?

Ni los de pradera eligieron estar dotados de más oxitocina, ni los de montaña decidieron contar con menos oxitocina. ¿Hasta qué grado puede reprochársele a un ratón de montaña que no sea “cariñoso”? Nuestros patrones para evaluar su conducta, por ende, tienen que reducirse a lo que las sustancias de dichos roedores les permitan hacer o no hacer. Cuando los científicos de Emory incrementaron el receptor de vasopresina en los ratones de montaña machos, lograron convertirlos en monógamos.

Los seres humanos, hoy día, no elegimos los niveles de melanina que hay en nuestra piel —la que determina si somos más o menos morenos—, ni los de oxitocina. ¿Qué tan libre es, entonces, un individuo que se desentiende de su familia? ¿Qué tan encomiable es otro que permanece a su lado a pesar de las dificultades que esto supone? ¿De veras se trata de una decisión personal, como insisten algunos?

Al abordar el tema de la libertad, los neurocientíficos suelen citar el experimento que Benjamín Libet llevó a cabo en 1983 para demostrar que hacemos lo que hacemos incluso antes de estar conscientes de ello. Libet pidió a los participantes de su experimento —todos conectados a diversos aparatos de medición— que anunciaran los movimientos que pretendían realizar antes de ejecutarlos. Libet pudo anticipar, en sus aparatos, los movimientos. “De este experimento se concluye —escribe Francisco J. Rubia— que el clásico libre albedrío se convierte en una ficción cerebral.”

Esto nos lleva al tema de la narrativa. Damos explicaciones para aquello que, de cualquier modo, habríamos hecho, aducen los partidarios del determinismo a ultranza. “Si la luna, en el acto de completar su eterno camino alrededor de la tierra, estuviera dotada de autoconciencia —escribió Einstein— estaría completamente convencida de estar viajando su ruta de forma espontánea, por la fuerza de su propia resolución.”

Llevando nuestros ejemplos a la arena jurídica, ¿hasta dónde puede el Derecho exigir que un hombre permanezca al lado de la misma mujer y de los hijos que tuvo con ésta, cuando sus sustancias lo impulsan a alejarse de ella? Si, por añadidura, sus niveles de testosterona son altos, el sujeto en cuestión podría estar inclinado a tener hijos con otras mujeres, sin responsabilizarse de su crianza. No lo harían así un albatros o un lobo —animales con altos niveles de oxitocina—, pero sí un elefante marino o un bonobo.

Y pensemos en otras sustancias: si una mujer nace dotada de fuertes dosis de testosterona y se siente atraída sexualmente por personas de su mismo sexo, ¿podemos exigirle que actúe de otra forma? Si un hombre nace con más noradrenalina que el promedio y se comporta con mayor agresividad que sus compañeros, ¿podemos esperar que se comporte de modo pacífico ante lo que él considera una agresión? Para cada caso, desde luego, habrá una narrativa. Cada uno de ellos puede dar pie a una novela.

Imaginemos a un joven que presenta una carencia significativa de las sustancias que determinan nuestras inclinaciones sexuales: no tendría ningún interés por vincularse ni con hombres ni con mujeres. La historia que podría relatar para sí mismo, dependiendo del contexto social donde hubiera crecido, no tendría nada que ver con esta carencia: podría encerrarse en un monasterio, pretextando haber descubierto su vocación religiosa y haber sido llamado por Dios para emprender misiones más altas.

A esta luz, es fácil entender la premisa de David Hume: “La razón es, y sólo debería ser, la esclava de las pasiones”: nuestros sentimientos y nuestras emociones, determinados por nuestra estructura biológica, nos impulsan a buscar dinero, sexo, prestigio o poder. La inteligencia —la razón— nos ayuda a buscar los métodos idóneos para alcanzar estas metas y a dotar de sentido lo que obtuvimos con el esfuerzo invertido. Hume pensaba, contra la opinión de Platón, que nuestras pasiones eran el auriga, mientras la inteligencia jugaba el papel de los caballos.

El concepto libertad resolvió incontables problemas a lo largo de la historia. Sin embargo, ahora que conocemos más sobre nuestro organismo —sobre nuestro cerebro, en especial— comienza a mostrar fisuras. “Es libre quien tiene la capacidad de elegir”, se aprende en la escuela. Pero nuestra capacidad de elegir, decía, es limitada. Muy limitada, a decir verdad.

Así como las alteraciones en nuestra serotonina pueden provocar que se caiga en un cuadro de depresión, el equilibrio de la dopamina y las endorfinas nos permite experimentar placer en nuestro entorno. Pero ¿depende de una decisión personal poseer los niveles de dopamina y endorfinas que producen tal equilibrio? Sí, eventualmente, cuando lo provocamos. Para algunos bastan sexo o alimentos, Otros necesitan fármacos.

5. Las neurociencias

La posibilidad de que sean nuestras sustancias y estructuras las que determinen nuestra conducta tiene su origen en una visión materialista que horrorizó lo mismo a Descartes que a Kant, y que sigue despertando miedos cerriles entre sacerdotes, moralistas y educadores. Esta visión se contrapone, también, con las especulaciones metafísicas y se remonta a Demócrito y a la Grecia clásica. Hipócrates, padre de la medicina, entendió desde el siglo V a.C. que son nuestros humores —colérico, melancólico, sanguíneo y flemático— los que definen nuestra personalidad.

Pero inevitablemente las experiencias que aporta nuestro entorno —la familia, la escuela, la sociedad en que crecemos— influyen en nuestra conducta. No es que nuestra conducta pueda definirse a través de un proceso educativo, como predicaron los conductistas, pero el entorno puede modificar nuestras estructuras neuronales, sin lugar a dudas. El concepto de conectomas —los trazos que esculpen las vías de comunicación entre neuronas— cobra cada día mayor importancia en la discusión.

Esta influencia revela la “plasticidad” de nuestro cerebro, permitiéndole adaptarse al medio, según los estímulos positivos o negativos que vaya encontrando. La forma en que los factores externos modifican nuestra estructura molecular e, incluso, hacen que ésta se transmita hereditariamente se conoce como proceso epigenético. Cuando, en el siglo XIX, Jean Baptiste Lamarck propuso su estudio, recibió un rechazo unánime. Hoy, la epigenética ha cobrado un interés mayúsculo.

Pensemos en el cortisol —“la hormona del estrés”— que generamos a la hora de enfrentarnos a situaciones difíciles. El cortisol puede ser indispensable para sobrevivir, pues facilita respuestas rápidas ante las emergencias. Pero cuando éste se genera de modo constante, ante situaciones de acoso o violencia, inhibe facultades como las del aprendizaje y modifica la estructura del cerebro.

De aquí que la violencia resulte tan dañina, en especial para los niños: cambia sus conexiones neuronales y, por ende, su cerebro. Los periodos de hambruna permiten igualmente observar los cambios físicos en niños y adultos. Un evento exterior de nuevo altera la fisiología.

Los experimentos que llevaron a cabo Tornsten Wiesel y David Hubel no sólo les valieron el Premio Nobel en 1981, sino que confirmaron cómo el cerebro se va adaptando al entorno. Lo que hicieron estos científicos fue coser el párpado de un gato. Cuando lo descosieron, al cabo de un tiempo, el cerebro del animal había hallado inútiles las funciones de aquel ojo y, lisa y llanamente, las suprimió.

Así ocurre también con el lenguaje, la capacidad de establecer el apego o la forma de expresar las emociones. Nuestra fisiología determina, pero nuestras experiencias pueden acelerar o ralentizar un proceso. Pueden, incluso, modificarlo. La conclusión es que somos producto de nuestra estructura genética y nuestras sustancias, pero también de nuestro entorno.

La teoría de los temperamentos, que se desarrolló en la Edad Media, fue otro atisbo a las neurociencias. Descartes caviló que había un alma que dominaba al cuerpo. Spinoza le refutó: cuerpo y alma eran la manifestación de una misma “sustancia”. Más adelante, Lombroso efectuó las contribuciones a las que he aludido y la literatura —no faltaba más— hizo lo propio en libros como Frankenstein, de Mary B. Shelley, o Un mundo feliz, de Aldous Huxley, por citar dos novelas emblemáticas.

El acontecimiento que da el banderazo a las neurociencias, no obstante, puede ubicarse en 1848, cuando Phineas Gage, un trabajador de la industria ferroviaria, sufrió un accidente, derivado de una explosión en un apisonador de hierro: una varilla penetró por su ojo, destrozándole la corteza prefrontal. Aunque el hombre sobrevivió milagrosamente, algo cambió en él. De ser un tipo afectuoso y cordial se tornó hosco y bravucón. Abandonó a su familia y se dedicó a ir de un empleo a otro, sin obtener éxito en ninguno de ellos.

Esto alertó a algunos científicos: ¿una alteración en el cuerpo podía dañar el “alma”? ¿Eran Demócrito y Spinoza quienes habían ganado la partida a Descartes y a Kant? El debate no pudo progresar, como hubiera sido deseable, no tanto por la oposición de quienes preveían que sus andamiajes políticos y religiosos se derrumbarían admitiendo tal postura, sino porque no se contaba con los elementos suficientes para sostenerlo.

A mediados del siglo XX, no obstante, la ciencia cognitiva, las neurociencias, la genética del comportamiento y la psicología evolutiva ya cuentan con datos duros para responder qué hace que hagamos lo que hacemos. Hoy sabemos, por ejemplo, que nuestro temperamento es más bioquímico, como sostuvo Hipócrates, que psicológico o social, como lo barruntaron Freud o Skinner. Esto, insisto, no niega las influencias que el entorno puede tener en la plasticidad cerebral.

El trecho que hay que recorrer es largo. Aún localizadas, mediante estudios de imagenología, las zonas del cerebro que se activan cuando nos enojamos o sentimos miedo, cuando estamos eufóricos o deprimidos, quedan preguntas por responder en la arena jurídica: ¿es razonable castigar a un sujeto que robó o torturó? ¿No equivaldría este castigo a sancionar a una persona por tener diabetes?

6. Implicaciones jurídicas

Una práctica frecuente en los tribunales de otros países —y esta práctica permeará en México a medida que se consolide el sistema acusatorio— es que los abogados defensores de un individuo acusado de haber violado o asesinado “demuestran” que su cliente, dadas las sustancias químicas que lo conforman o dada alguna alteración nerviosa, no es responsable de haber hecho lo que hizo.

En su afán por convencer al jurado de que su cliente debe ir a un hospital y no a una prisión, muestran gráficas, diagnósticos médicos y resonancias magnéticas. En ocasiones las pruebas son contundentes y los jueces acaban admitiendo que el sujeto no sabía lo que hacía y que era, por tanto, inimputable. En otros —la mayoría— no.

¿Cuál será ahora el límite de la inimputabilidad? Los descubrimientos que a diario se suceden empiezan a abrir espacios amplísimos. La idea de que nuestra empatía dependa de cierto tipo de neuronas —“neuronas espejo”, las llamó Rizzolati— obligan a preguntarnos si es justo que una persona vaya a la cárcel por haber nacido sin estas neuronas. ¿No sería esto tan grave como enviar a prisión a un hombre por ser rubio o moreno?

Los psicópatas son personas que carecen de empatía. Debido a una amígdala muy disminuida o dañada —se ha lesionado el circuito entre la corteza orbitofrontal y la amígdala, precisan los neurocientíficos— algunos ni siquiera pueden percibir el miedo en los demás. “No son libres —aseguran algunos psiquiatras—, pues son incapaces de generar nuevas conexiones neuronales y, por ende, no miden lo que hacen.” Si a esto añadimos su tendencia a la agresión y a la violencia, parecen entendibles las declaraciones de algunos asesinos seriales cuando son condenados a prisión: “No me arrepiento de nada de lo que he hecho”.

Para la mala suerte de los litigantes que apuestan por las neurociencias para evitar que sus clientes pisen la cárcel —sería relativamente simple demostrar el daño en el circuito que une la corteza orbitofrontal con la amígdala—, cada vez queda más claro que el hombre es un animal sociable y que sus bases biológicas son, como hemos dicho, un punto de partida. Nada más. No existen todavía silogismos que podamos armar para concluir que una lesión en nuestros circuitos neuronales debe constituir una excusa absolutoria. Para establecer la moral o el Derecho es imprescindible tomar en cuenta el elemento social.

“La relación entre los impulsos y las prácticas sociales que sirven al bienestar no es sencilla ni, desde luego, silogística —precisa Patricia S. Churchland—. Hallar soluciones óptimas a los problemas sociales suele requerir una gran dosis de sabiduría, buena voluntad, capacidad de negociación, conocimiento histórico e inteligencia.”

Admitiendo cierto grado del determinismo que nos rige, Steven Pinker sostiene que el cerebro responde nítidamente a las repercusiones legales y sociales de nuestros actos y que cada ser humano está obligado a aceptar la responsabilidad de sus actos: “No hay razón por la que debiéramos rendirnos en nuestro intento de mejorar la conducta humana. Concretamente, los sistemas de inhibición del cerebro, por el simple hecho de que hoy tengamos una comprensión más amplia de los sistemas de la tentación”.

Que necesitemos orinar, en otras palabras, no significa que podamos hacerlo en cualquier sitio y a cualquier hora, si pretendemos formar parte de una sociedad. Con las necesidades excretoras contamos con un sistema de esfínteres y una conciencia que nos permiten satisfacer nuestra necesidad dentro de las condiciones que marcan las reglas sociales. Con las reglas jurídicas ocurre lo mismo. Que nuestras neuronas espejo —o de lo que hoy llamamos neuronas espejo— estén atrofiadas no justifica que torturemos o lesionemos a otros.

“La responsabilidad es un contrato entre dos personas, no una propiedad del cerebro. El determinismo carece de sentido en este contexto. La naturaleza humana permanece constante, pero en el mundo social la conducta puede cambiar”, escribe Michael Gazzaniga. Sostiene, asimismo, que las neurociencias podrán ayudar a las jueces, en un futuro, a determinar si una persona miente o si otra sufre realmente. Si consideramos la definición del dolo, al que nos referimos al principio, el delito de falsedad en declaraciones judiciales o el elemento subjetivo de algunos tipos penales (“el que a sabiendas…”), descubrir la mentira no será asunto menor.

La primera consecuencia de la aplicación de las neurociencias en el ámbito penal podría ser determinar, gracias a las nuevas tecnologías, si la persona estaba consciente o no de lo que hacía. En cuanto al daño producido en una persona, también podrá descubrirse y cuantificarse, lo que resultará de enorme utilidad al Derecho civil.

Gazzaniga nos hace ver, asimismo, que la mayoría de los delincuentes comete sus fechorías subrepticiamente: eluden a la autoridad y procuran borrar los rastros de su conducta. Hasta los más despiadados asesinos seriales entierran u ocultan los cadáveres de sus víctimas. Saben, pues, que la sociedad de la que forman parte reprobaría su conducta y que existen medidas punitivas para responder a lo que ha hecho. Esta conciencia bastaría, por sí misma, para hacerlos responsables de sus actos y sujetos a castigo, independientemente de sus posibles lesiones cerebrales.

Pero quizás Gazzaniga se queda corto a la hora de limitar el alcance de las neurociencias en el ámbito penal. Todo indica que, en algunos años —¿veinte?, ¿cincuenta?— cambiará la naturaleza del castigo. Conforme avancemos en el conocimiento de las bases fisiológicas de la conducta, en ciertos casos habrá que considerar la posibilidad de alterar estas bases para reinsertar a un sujeto a la sociedad.

No me refiero, en absoluto, a esos infames “centros de reeducación” que, a la fecha, siguen manteniendo algunos regímenes dictatoriales en el mundo, sino —repito— a la posibilidad real de que se pueda modificar la personalidad y el temperamento de una persona con miras a ser reinsertada.

Cuando habla del pacifismo, Norberto Bobbio alude a tres caminos para alcanzar la paz: el instrumental, que actúa sobre los medios; el institucional, que actúa sobre las instituciones, y el finalista, que actúa sobre los hombres. Esta clasificación no sólo puede aplicarse al pacifismo sino al Derecho, en general, como una herramienta para dirimir conflictos.

“¿Y si la guerra fuese, también ella, no tanto un mal en el sentido moral de la palabra, cuanto una enfermedad? —se pregunta el jurista italiano—. ¿Tendríamos que seguir confiando aún en la obra de las iglesias antes que en la de las clínicas? ¿Dónde se combate mejor la batalla para liberar al hombre de la violencia: en el púlpito o en el laboratorio?” Bobbio prefiere no tomar partido en este punto, pero deja abierta una puerta.

El avance de las neurociencias, sin embargo, nos obligará a tomar partido. A preguntarnos, por ejemplo, si de veras queremos reinsertar a un delincuente a la sociedad. Los criminólogos y los penalistas que hoy pontifican en nombre de la reinserción social saben que la prisión no ayuda a reinsertar a nadie, por más que así lo declare nuestra Constitución política.

Con el avance de las neurociencias habría una auténtica oportunidad para la reinserción social: se haría con la misma lógica con la que un psiquiatra receta hoy compuestos para atenuar la depresión. Habría que replantear la política criminal y los fines del castigo. Pero ¿de veras vamos a querer reinsertar a los delincuentes? ¿A cuáles? ¿Lo mismo al bravucón que ha lesionado a un vecino que a quien se dedica al secuestro?

Porque si lo que queremos es aislarlo o, simplemente, retribuir su conducta antisocial con un sufrimiento, las neurociencias tendrán poco que aportar. Pero son preguntas que los estudiosos de las ciencias duras y de las ciencias sociales —políticos y abogados, principalmente— tendremos que empezar a formular. El concepto de justicia terapéutica, ya adoptado por la Organización de las Naciones Unidas, es una primera incursión a lo que se anuncia como un proceso revolucionario.

A propósito de estos tratamientos, hoy dirigidos básicamente a los adictos a las drogas, el combate al narcotráfico podría pasar al olvido cuando, con la administración de un fármaco, puedan bloquearse las adicciones. Esto tendría repercusiones económicas significativas: haría inútil la brutal guerra contra las drogas, pero ¿convendría acabar con esta guerra a quienes se benefician con ella?

Por otra parte, habrá que discutir si la posibilidad de que a alguien se le inyecte serotonina o se le disminuya la noradrenalina va a depender de esa misma persona o de un juez. Esto implicará una revisión de la teoría de los derechos fundamentales: ¿el sujeto en cuestión desea recibir este tratamiento o prefiere permanecer en prisión? La decisión de cada sujeto, predecible según cada caso, acabará eliminando las cárceles, tal como hoy las conocemos.

Los tribunales del futuro tendrán que estar integrados por nuevos perfiles de profesionistas: psicólogos-criminólogos, psiquiatras forenses y farmacobiólogos de la conducta. Los programas de Derecho serán modificados en las universidades y la conducta se estudiará no en razón de lo que prescriben los artículos de un código sino con miras a modificarla para alcanzar ciertas metas sociales. Anatomía y fisiología serán asignaturas obligadas para los futuros abogados.

Esto será apenas el comienzo. Descifrar los fundamentos fisiológicos de nuestra conducta —la genética molecular— repercutirá en el Derecho civil y familiar, en el mercantil y administrativo. Muchos de los principios y los conceptos que hoy damos por supuestos se derrumbarán estrepitosamente. El estudio de las neurociencias impactará, ineluctablemente, nuestros conocimientos del genoma.

En el ámbito laboral, los patrones querrán saber cuántos años vivirán sus trabajadores y cuántos de éstos permanecerán sanos. Estos, a su vez, se empeñarán en la confidencialidad de dicha información. Las aseguradoras no se conformarán con un diagnóstico médico sencillo y no estarán dispuestas a asegurar a quien va a tener un cáncer al año de ser contratado. Pero quienes sepan que no tendrán cáncer en toda su vida no querrán asegurarse. ¿Sólo habrá, entonces, seguros para accidentes? Habrá que reinventar la industria.

La posibilidad de decidir el tipo de pareja que nos conviene, así como las características de nuestros hijos, desatará furibundos movimientos opositores. Dejemos la frivolidad de anhelar un hijo pelirrojo o con la nariz respingada: ¿los diseñaremos audaces y sin escrúpulos o, más bien, introvertidos y estudiosos? ¿Los queremos heterosexuales u homosexuales? El tema de la eugenesia y el diseño de los bebés ha vuelto a ser portada de The Economist, Time, The Spectator y otras revistas a últimas fechas. Esto, una vez más, obligará a la revisión de los derechos humanos y a la reglamentación en el Derecho familiar.

También habrá que echar un ojo a los perfiles profesionales para desempeñar ciertas tareas. Así como hoy se exige que un policía tenga determinada estatura, en el futuro se reclamará que sus niveles de noradrenalina sean los que establezca un comité médico o que se cuente con determinada variación del gen DRD4, que es el que supone arrojo y valentía. Los códigos deportivos serán reformados.

Miles de instituciones, que sobrevivían haciéndonos creer en lo misterioso de nuestro comportamiento, se colocarán en los umbrales de su extinción. Psicólogos, filósofos y sacerdotes deberán explorar nuevos campos, ya no para imaginar las raíces de la conducta sino para elaborar narrativas consecuentes.

La acción moral, antesala de la acción jurídica, no será definida por sociólogos, filósofos o teólogos. Así como el conductismo y el psicoanálisis ortodoxos perdieron su fuerza, la perderán incontables teorías más vinculadas con la imaginación que con los hechos. Ahora, podrá precisarse, incluso, el nuevo papel de la escuela o de los videojuegos violentos en los niños.

¿Es todo esto ciencia ficción? Tanto como lo fueron, en su momento, el automóvil, el teléfono y el avión. Nuestros conocimientos del mundo material aún son exiguos, pero el avance promete ser descomunal. Así como se logró integrar el genoma, se conseguirá precisar el papel de cada uno de nuestros genes, de cada una de nuestras hormonas y neurotransmisores en lo que hacemos y dejamos de hacer. Nos aguardan tiempos inciertos.

Lo que no es incierto, lo que no puede serlo, es la conveniencia de ir pensando la forma en que enfrentaremos estos retos desde nuestros respectivos ámbitos. Porque van a repercutir en nuestras vidas, seamos conductores del metro, arquitectos, limpiadores de vidrios… o abogados.

Bibliografía recomendada en español

- Bekoff, Marc, y Jessica Pierce: Justicia salvaje. La vida moral de los animales, trad. de Laura González de Rivera, Turner,  Madrid, 2010.

- Brockman, John (ed.), El nuevo humanismo, trad. de Elías Gómez, Kairós, Barcelona, 2007.

- Castro Nogueira, Laureano, Luis y Miguel Ángel, ¿Quién teme a la naturaleza humana?, Tecnos, Madrid, 2008.

- Churchland, Patricia S., El cerebro moral, trad. de Carme Font Paz, Paidós, Barcelona, 2012.

- Damasio, Antonio, En busca de Spinoza, trad. de Joandomènec Ros, Crítica, Barcelona, 2007.

- Dawkins, Richard, El gen egoísta, trad. de Juana Robles Suárez y José Tolá Alonso, Salvat, Barcelona, 2002.

- Gazzaniga, Michael S., El cerebro ético, trad. de Martha Pino Moreno, Paidós, Barcelona, 2006.

- Gazzaniga, Michael S., ¿Quién manda aquí?, trad. de Martha Pino Moreno, Paidós, Madrid, 2012.

- Iacoboni, Marco, Las neuronas espejo, trad. de Isolda Rodríguez Villegas, Katz, Madrid, 2012.

- Maroto Catalayud, Manuel (coord.), Neurociencias y derecho penal, Edisofer/IB de F, Buenos Aires, 2013.

- Pinker, Steve, La tabla rasa, trad. de Roc Filella Escolá, Paidós, Barcelona, 2012.

- Ramachadran, V.S., Lo que el cerebro nos dice, trad. de Joan Soler Chic, Paidós, Madrid (Col. Transiciones), 2012.

- Rubio, Francisco J., El fantasma de la libertad, Crítica, Barcelona, 2009.

- Smoller, Jordan, La otra cara de lo normal, trad. de de Roc Filella Escolá, RBA, Barcelona, 2013.

- Swaab, Dick, Somos nuestro cerebro, trad. de Marta Arguilé, Plataforma Editorial, Barcelona, 2014.

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