Neurocriminología y neuroderecho: ¿nuevas perspectivas para viejos problemas?

Neurocriminología y neuroderecho: ¿nuevas perspectivas para viejos problemas?

 

Actualmente vivimos en la época de las “neuro”: neuroderecho, neuropolítica, neuroética… Éstos son algunos términos que en nuestros días aparecen en diferentes campos de estudio, abriendo paso a conocimientos sobre el funcionamiento del cerebro y las implicaciones que puede tener en el ámbito del sistema penal. De este modo surgen la neurocriminología y el neuroderecho, sobre cuyos avances la autora nos ofrece su punto de vista. “Hay que ser extremadamente cautelosos”, previene.

 

 

Los avances científicos que se vienen produciendo en las últimas décadas comienzan a impactar en el Derecho penal. Diferentes líneas de investigación en neurociencias estudian las bases neurobiológicas de la violencia. Y no se trata de extraer conclusiones generales sobre el delito y la criminalidad, mucho menos aventuras explicaciones deterministas, ya que se trata de un fenómeno complejo en el que existen diferentes y múltiples causales. Por lo tanto, el estudio del delito debe ser abordado de manera multidisciplinaria, siendo la criminología, el Derecho y las neurociencias parte de sus herramientas.

Actualmente, ya es una práctica frecuente que en algunos tribunales de ciertos países se esté utilizando la técnica de la neuroimagen en tribunales de justicia y se estén generado nuevas investigaciones para tratar de explicar el comportamiento humano. Algunos autores han señalado las relaciones del funcionamiento del cerebro —para ser más precisos, del lóbulo frontal— y el comportamiento de las personas que han cometido una conducta considerada como delito y las implicaciones que pueden tener en el ámbito del sistema penal.

Es momento de dar lugar a un nuevo paradigma que no sólo permita dar algunas respuestas a lo más complejo de nuestra existencia, es decir, a las relaciones de los seres humanos entre sí, al conocimiento y a la aceptación del otro, sino también explicar por qué somos como somos y por qué hacemos lo que hacemos. Y en este sentido la neurociencia nos ayuda a comprender el funcionamiento normal y patológico del cerebro humano en sus interacciones sociales y cognitivas.

En el seno de las ciencias biomédicas el término neurociencias es relativamente reciente. Su empleo actual corresponde a la necesidad de integrar las contribuciones de las diversas áreas de la investigación científica y de las ciencias clínicas para la comprensión del funcionamiento del sistema nervioso. Las neurociencias abarcan un área del conocimiento que se encarga del estudio del sistema nervioso, desde el funcionamiento neuronal hasta el comportamiento. El principal propósito de las neurociencias es entender cómo el encéfalo produce la marcada individualidad de la acción humana, “aportar explicaciones de la conducta en términos de actividades del encéfalo, explicar cómo actúan millones de células nerviosas individuales en el encéfalo para producir la conducta y cómo, a su vez, estas células están influidas por el medio ambiente, incluyendo la conducta de otros individuos”.

El Premio Nobel de Medicina John Carew Eccles dijo: “Sin que quiera ser demasiado dogmático, se podría decir que el objetivo de las neurociencias es formular una teoría que pueda suministrar una explicación completa de toda la conducta de los animales y del hombre, incluyendo la conducta verbal humana”. Este campo del conocimiento también pretende explicar la actividad humana voluntaria a partir de la configuración del cerebro y de sus funciones.

El conocimiento de los mecanismos cerebrales puede mostrar un amplio espectro de nuestras acciones “humanas” en el devenir histórico-cultural y social, para poder comprender la base cerebral de la experiencia humana y contribuir de algún modo a nuestras interacciones dinámicas con el mundo que nos rodea. Dicho de otra manera, la neurociencia puede abordar estas cuestiones mediante la transdisciplinariedad.1

La influencia neurocientífica provoca transformaciones especialmente en dos áreas sociales: el Derecho y la criminología. Si bien el conocimiento neurocientífico no constituye por sí solo una teoría del conocimiento única, es un referente indispensable que debe tomarse en cuenta en el área jurídica. La gran interrogante que se plantea es la siguiente: ¿qué relevancia tendrán las aportaciones de la neurociencia en el estadio actual y en el desarrollo venidero del Derecho penal? Es decir, ¿es posible que los innegables aportes derivados de los descubrimientos en la ciencia y la técnica neural de las últimas décadas determinen un cambio radical en la concepción y el planteamiento del problema o, por el contrario, serán percibidos por los aplicadores y los pensadores del ordenamiento jurídico penal sólo como nuevas descripciones de una realidad secular?2 Lo anterior ha generado un debate entre juristas, filósofos, psicólogos, criminólogos, etcétera. Y se advierte claramente en el pensamiento de Descartes, cuando describía la mente “como una misteriosa sustancia inmaterial independiente, pero a la vez unida en relación causal con el cuerpo”.

Las últimas dos décadas han sido de fundamental importancia para el estudio y el entendimiento del sistema nervioso. Este progreso no sólo ha incluido el abordaje de fenómenos subyacentes a la masa cerebral de tipo neuroquímico, neurofisiológico, neuroanatómico, etcétera, sino también la relación de estos conocimientos con aspectos complejos de la conducta. En este sentido, la agresión y la violencia se revelan como dos conceptos que se hallan muy cercanos aunque no son lo mismo.

Los avances científicos han puesto sobre la mesa de discusión que la manifestación externa de determinados factores biológicos depende del entorno, en una interdependencia prácticamente indisoluble. Nos referimos al incesante avance que han tenido las neurociencias, las cuales han comenzado a influir en diferentes disciplinas, conformando un modelo criminológico que admite que el comportamiento criminal depende de ciertos factores biológicos, los cuales juegan un papel fundamental en la conformación del cerebro a lo largo del desarrollo del individuo. Esto es:

  1. La conducta nunca se origina en una sola causa. Más bien es resultado de una compleja red de interrelaciones y factores, entre los cuales destacan las tendencias heredadas de un individuo, la anatomía de su cerebro y sus experiencias en la infancia.
  2. Las anormalidades de la corteza cerebral, principalmente de los lóbulos frontales, pueden causar deficiencias en el control emocional, por lo cual ciertos sujetos no logran controlar sus impulsos. Además, las anomalías en regiones subcorticales como en el sistema límbico, pueden obstaculizar la comunicación entre el hipocampo y la amígdala, de modo que la información emocional no se procesa correctamente. La neuroquímica irregular también puede causar el aumento de la agresión en algunos sujetos.
  3. Si la biología y determinadas circunstancias naturales orillan a ciertos individuos a actuar con violencia, ¿cuánta responsabilidad tienen estas personas sobre sus acciones? Algunos expertos plantean la cuestión de si un agresor violento de verdad puede ejercer el libre albedrío.

 

Nuevas perspectivas de observar el delito: neurocriminología y neuroderecho

Entre 2009 y 2013 se publicaron en el mundo 1,790,000 artículos sobre neurociencia, con lo que la proporción que ocupa la investigación neurocientífica en las publicaciones científicas llegó a 16 por ciento. En España, el Parlamento declaró 2012 como el año de las neurociencias, mientras en Estados Unidos el presidente George Bush declaró la de 1990 como la “década del cerebro”.

Ahora bien, estas nuevas perspectivas y las nuevas posibilidades de conocimiento están abriendo paso a nuevos campos del saber. Por ejemplo, la neurocriminología. El término fue utilizado por primera vez por James Hilborn (del Centro Cognitivo de Canadá) y adoptado por el investigador, líder en el campo, Adrián Raine, presidente del Departamento de Criminología de la Universidad de Pensilvania y uno de los primeros científicos que desarrollaron estudios de neuroimagen en criminales considerados violentos. Estos expertos definieron la neurocriminología como “un campo de estudio que busca aplicar las técnicas y los principios de la neurociencia para mejorar el entendimiento del delito”.

Moya-Albiol señala que el conocimiento de los mecanismos neurobiológicos que subyacen al comportamiento, en el caso concreto de la violencia, “persigue aplicar la metodología y las técnicas de estudio de las neurociencias para comprender, predecir, tratar e incluso prevenir la delincuencia y la criminalidad. Es decir, a grandes rasgos, se ocupa de explicar qué ocurre en el cerebro y qué alteraciones biológicas pueden producirse en el organismo para que una persona llegue a comportarse de forma violenta”.3

Por su parte, el neuroderecho se ocupa de analizar los nuevos avances científicos en el campo de la neurociencia para reflexionar acerca de sus implicaciones para el Derecho, en particular para el Derecho penal. Según la Red de Investigación sobre Derecho y Neurociencia, el año 1984 marcó el principio del uso conceptual del vocablo neurolaw. Ese año, Deborah Denno, profesora de Derecho de la Universidad de Fordham, publicó un estudio longitudinal de casi dos décadas en el que evaluó las características neuropsicológicas de un grupo de adolescentes en conflicto con la ley.4

Narváez-Mora define el neuroderecho como “la reflexión sobre la forma y el alcance en que múltiples facetas de la comprensión, la producción y la aplicación del derecho se verán afectadas por el estudio empírico del cerebro en la medida en que éste se considera parte central de la explicación de la conducta”.

Los avances de la neurociencia, al producir su herramienta más valiosa —la neuroimagen—, han permitido a estas nuevas tecnologías arribar a la sociedad contemporánea con mucha fuerza. Por lo cual surge la pregunta: ¿deberían utilizarse en los tribunales de justicia las técnicas de neuroimagen? Estados Unidos ya está abordando el delito con una mirada basada en la neurocriminología y el neuroderecho, desde centros de investigación, fundaciones e incluso universidades. Hay que destacar que esas instancias están demostrando la relevancia que tiene sustentar el quehacer humano en premisas neurobiológicas.

Hay casos representativos, como Ferry J. Harrington vs. State of lowa, de 1982, que, a través de la brain fingerprinting (toma de huellas digitales del cerebro), comprobó que Harrington no conocía los detalles del homicidio que se le imputaba; así que, junto con otras pruebas, pudo comprobarse su inocencia. O bien el caso People State New York vs. Herbert Weinstein, de 1991, que para apoyar la defensa, anexó los escáneres del cerebro de Weinstein utilizando la tomografía por emisión de positrones. El propósito de estas imágenes era ayudar a que neurólogos y psiquiatras estudiasen las funciones metabólicas del cerebro de Weinstein en sus distintas regiones.

Como se ha señalado, los conceptos de neurocriminología y neuroderecho se encuentran en pleno desarrollo en diferentes partes del mundo. Y América Latina no es la excepción. En este sentido, Eric García-López señala que “la influencia de las evaluaciones neuropsicológicas y de imagen cerebral están teniendo un fuerte impacto en las cortes penales de Estados Unidos, donde el número de sentencias judiciales que mencionan evidencias neurocientíficas se ha duplicado entre 2005 y 2012”.

En ese periodo se emitieron más de 1,585 sentencias en las que se observó el incremento de un nuevo tipo de evidencias presentadas en los tribunales, las cuales tenían la intención de cuestionar la competencia de los acusados y reducir o eximir las sanciones penales durante los litigios. El potencial forense del neurolaw puede observarse en los datos presentados por la profesora Nita Farahany, que muestran que 25 por ciento de los juicios que implican pena de muerte ya incluyen evaluaciones neurobiológicas y neuropsicológicas con la intención de reducir los castigos de los delincuentes.5

Lo anterior quiere decir que los estudios de neuroimagen han aparecido en el ámbito jurídico penal como una asombrosa herramienta que ayuda a comprender los procesos mentales de las personas que han cometido delitos especialmente graves para hallar un factor diferencial que explique su conducta. En la actualidad la evolución de las técnicas de neuroimagen permite estudiar el cerebro a través de métodos no invasivos y hace posible que se visualicen cosas que antes no podían verse. Las modernas técnicas de imagen cerebral —la resonancia magnética, la resonancia magnética funcional, la tomografía por emisión de fotón único y la tomografía por emisión de positrones— permiten evaluar y medir funciones y disfunciones del cerebro.

Sobre el tema de la relación de estas áreas, para delitos especialmente graves, Pérez Manzano asevera que, “respecto de la delincuencia especialmente violenta, los neurocientíficos sostienen que cada vez hay más evidencia científica de que los autores de determinados delitos violentos presentan alteraciones en el funcionamiento de ciertas áreas cerebrales, de modo que no parece fundado sostener que han cometido el delito por decisión autónoma”.

Hay que ser extremadamente cautelosos para no caer en ideas lombrosianas o en determinismos biológicos del delito, pues la violencia no es innata, y no se trata de justificar la criminalidad a partir de las disfunciones neuronales y reemplazar los antiguos estigmas anatómicos por las alteraciones cerebrales y/o genéticas.

Ezequiel Mercurio sostiene que “no es posible extraer conclusiones a partir de las neuroimágenes, ya sean estructurales o funcionales, estudiadas en forma aislada, [para hacer] predicciones sobre las conductas humanas”. En este sentido, no es posible analizar imágenes cerebrales aisladas y dictaminar que un sujeto es delincuente o no, o predecir su peligrosidad, ya que la definición de delincuente y de peligrosidad no son patrimonio de la medicina o de las neurociencias”.6

La utilización de las neurociencias en el ámbito penal abre nuevos e interesantes debates sobre los conceptos de enfermedad mental, imputabilidad, libre albedrío y tratamiento penal. W. Hassemer sostiene que las neurociencias llegan a los científicos sociales y, más específicamente, a los penalistas, como cantos de sirena que llaman a repensar los fundamentos de la ciencia. Nada más y nada menos que la base esencial de cualquier sistema penal legítimo: el concepto de culpabilidad o, más bien, los fundamentos de ésta. En algún momento habrá que discutir la pertinencia de sustituir las irracionales togas negras por las blancas batas de la ciencia.

 


 

* Licenciada en criminología y criminalística por la Academia Internacional de Formación en Ciencias Forenses (AIFCF) y estudiante de la maestría en criminología y política criminal en el Instituto Nacional de Ciencias Penales.

1 Zoad Humar Forero, “Atravesando disciplinas: la institucionalización de los estudios culturales en Colombia”, Hispanic Research Journal Iberian and Latin American Studies, vol. 9, Estados Unidos, 2008, pp. 65-85.

2 Manuel Ruiz Martínez-Cañavate, “Neurociencia, Derecho y derechos humanos”, Revista de Derecho UNED, núm. 17, Madrid, 2015, pp.1261-1264.

3 Luis. Moya-Albiol (coord.), Neurocriminología. Psicología de la violencia, Pirámide, España, 2015. p. 1.

4 Deborah Denno, “Neuropsychological and Early Environmental Correlates of Sex Differences in Crime”, International Journal of Neuroscience, núm. 23, Estados Unidos, 1984, pp.199-213.

5 Eric García-López, “Crimen y neurociencias”, Nexos, 13 de junio de 2018, en https://discapacidades.nexos.com.mx/?p=467.

6 Ezequiel Mercurio, “Derecho penal y neurociencias. Violencia, neuroimágenes y su implicancia psiquiátrico-forense”, en Luis María Desimoni (comp.), Problemas actuales del campo criminológico-forense en América Latina, Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales, Buenos Aires, 2012, en http://reddecriminologia.blog.uces.edu.ar/files/2014/02/Problemas-actuales-del-campo-criminologico-forense-en-Americ.pdf.

 

Bibliografía:

  • García-López, Eric, “Crimen y neurociencias”, Nexos, México, 2018.
  • Hassemer, W., “Neurociencias y culpabilidad en Derecho penal”, InDret, núm. 2, 2011.
  • Jiménez Martínez, Custodia, “No es mi culpa, fue mi cerebro. ¿Es ésta una afirmación válida para aplicar la inimputabilidad a individuos con trastornos de la personalidad y psicópatas?”, Revista de Derecho Penal y Criminología, tercera época, núm. 14, España, 2015.
  • Mercurio, Ezequiel N., “Derecho penal y neurociencias. Violencia, neuroimágenes y su implicancia psiquiátrico-forense”, en Luis María Desimoni (comp.), Problemas actuales del campo criminológico-forense en América Latina, Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales, Buenos Aires, 2012.
  • Moya-Albiol, Luis (coord.), Neurocriminología. Psicología de la violencia, Pirámide, España, 2015.
  • Raine, Adrián, y José Sanmartín, Violencia y psicopatía, 4ª ed., Ariel, España, 2011.
  • Ruiz, Guarneros, Aura Itzel, “Neurocriminología y neuroderecho: ¿nuevas perspectivas para viejos problemas?”, El Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México, núm. 7, 2019.

 

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