Reconstruyamos el Estado de Derecho

Reconstruyamos el Estado de Derecho

¿Qué ha pasado con el Estado de Derecho en México? ¿Por qué los mexicanos sentimos que vivimos en una sociedad sin ley? El autor nos ofrece sus reflexiones sobre las causas del debilitamiento del Estado de Derecho —la pérdida de valores y la falta de compromiso de algunas instituciones— y expresa su esperanza para el cambio.

 

 

El concepto de Estado de Derecho surge con la “teoría del Estado” del ilustre jurista alemán Hermann Heller, quien afirma que “el poder del Estado” siempre es legal, vale decir, es un poder jurídicamente organizado, “y la autoridad del Estado” se fundamenta en la legalidad, en tanto ésta se fundamenta en la legitimidad y en la teoría sociológica del Estado.

Es necesaria la existencia de una fuerza organizada que establezca, aplique y ejecute el Derecho, concebido como el conjunto de normas que regulan la vida cotidiana de la comunidad. Así pues, tenemos la expresión “Estado de Derecho” formada por dos componentes: el Estado, como forma de organización política, y el Derecho concepto jurídico, como el conjunto de normas que rigen la vida de la sociedad.

En consecuencia, en las sociedades democráticas el poder surge del pueblo como contraposición a las sociedades absolutistas y concebido para elegir a sus representantes en el gobierno.

Con esta concepción de “Estado de Derecho” vale hacer las siguientes reflexiones:

  • ¿Qué ha pasado con el Estado de Derecho en México?
  • ¿Por qué nadie respeta la autoridad y, por ende, la ley?
  • ¿Qué necesitamos hacer los mexicanos para acreditar una cultura de la legalidad?
  • ¿Por qué los mexicanos sentimos que vivimos en una sociedad sin ley, en la anomia social que pone en entredicho la existencia del Estado y fortalece la concepción de un “Estado fallido”?
  • ¿Por qué estamos viviendo una severa crisis (del griego Krinein = ruptura del orden social)?

Hoy vemos con desencanto que en México estamos sumidos en una crisis económica, política y social, aunque la más grave es la crisis de valores axiológicos que son el sustento primordial de toda sociedad. Frente a este ominoso escenario todos somos corresponsables: los padres de familia, los maestros, los partidos políticos y el propio gobierno.

Cuánta razón tiene el presidente Enrique Peña Nieto cuando afirma que “los valores se inculcan en el hogar, se consolidan en la escuela y se practican en la vida”.

Con sus reformas estructurales de gran calado y su visión de largo alcance, ha convocado a los mexicanos a una cruzada nacional para edificar las bases de un México nuevo. En la respuesta surgen tres actores protagónicos: la familia, la escuela y la sociedad.

De acuerdo con algunas estadísticas 60 por ciento de los delitos se cometen en el seno familiar, donde estamos fallando los padres de familia que tenemos que retomar nuestra responsabilidad de sembrar valores en la mente y en el corazón de nuestros hijos. No se justifica el argumento de que hoy las madres tienen que trabajar y por eso abandonan a sus hijos. Esa es una excusa, pero su responsabilidad es muy grave.

No estamos formando futuros ciudadanos sino delincuentes; las últimas bandas de secuestradores detenidas están integradas por menores de edad y menores de 25 años. En este fenómeno estamos fallando por igual padres y madres.

En las escuelas primarias se tienen que consolidar las clases de educación cívica, para enseñar a los alumnos el respeto a sus padres, a sus semejantes, a sus maestros; a los símbolos nacionales, a la Constitución y a la sociedad.

Ya el patricio de Guelatao, Benito Juárez, afirmaba: “La educación del pueblo es una de las primeras atenciones de todo gobierno. Sin escuelas jamás podrá nuestro pueblo tener el conocimiento de sus deberes y la apreciación de sus derechos”.

Los partidos políticos hoy lamentablemente están desprestigiados con justa razón, porque siguen deambulando en la pasarela de ambiciones políticas sin escrúpulos, sin definición ideológica y carentes de ética.

Y, finalmente, el gobierno debe cumplir honesta y escrupulosamente con su función para ostentar la autoridad moral y exigirnos a los ciudadanos lo que corresponda. El presidente de la República, por ley, es el jefe de la administración pública federal centralizada y paraestatal y, por ende, responsable de todas las acciones de gobierno del país. No obstante, cada titular de dependencia o entidad es responsable de sus aciertos, sus omisiones y sus errores.

¿Qué culpa tiene Enrique Peña Nieto de que el Senado no cumpla con su función de designar al fiscal general de la nación y al fiscal de anticorrupción? ¿Qué culpa tiene de que los diputados de la Comisión de Justicia de la Cámara de Diputados no hayan propuesto un catálogo de delitos graves ante la entrada en vigor del Código Nacional de Procedimientos Penales, el 18 de junio del 2016, entre los que se incluyan, entre otros, el lavado de dinero, el robo a ferrocarriles y el robo de hidrocarburos por huachicoleros, que tanto ofenden al pueblo de México?

Frente a este escenario en que todos esperan que Enrique Peña Nieto resuelva los problemas de todos, hay que valorar su desempeño en las dos categorías de la historia: tiempo y espacio, y reconocer los logros de su gestión.

Hoy cabalgan en México los cuatro jinetes del apocalipsis: la desconfianza, la corrupción, la impunidad y la delincuencia, pero no por culpa de Peña Nieto, sino a pesar de sus esfuerzos para combatirlos. En esta batalla tenemos que apoyarlo todos los mexicanos, de todos los credos y signos ideológicos y políticos. Sólo así podremos construir un México mejor que el que recibimos de nuestros padres. Esa es nuestra responsabilidad dialéctica.

El próximo 1° de julio los mexicanos elegiremos a un nuevo presidente de la República. Tendremos que escoger entre un candidato demócrata que continúe la consolidación de las reformas estructurales o un vendedor de utopías disfrazadas de populismo, que degenere en una oclocracia (gobierno de la muchedumbre), que al igual que en Cuba, Venezuela, Bolivia y Nicaragua, desembocaron en una dictadura, contraria bipolarmente a un gobierno democrático.

Estamos frente a un gran riesgo y los abogados tenemos un papel axial en esta hora de definiciones. Debemos, por nuestra formación, defender en todos los foros, de todas las formas y con toda la convicción, el Estado de Derecho, que es el fundamento sine qua non de toda sociedad civilizada, donde impere la razón sobre la fuerza, la tolerancia frente a la incomprensión y la esperanza de que podemos construir un México mejor frente a los apátridas del caos.

 


 

* Ex procurador general de la República, ex procurador del Distrito Federal, ex procurador del Estado de México. Presidente del Colegio Mexiquense y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

 

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