El ius puniendi y la fundación de la Villa Rica de la Vera Cruz

El ius puniendi y la fundación de la Villa Rica de la Vera Cruz

 

Con motivo de los 500 años de la fundación de la ciudad y puerto de Veracruz, que se conmemora el 22 de abril del año en curso, el autor, originario de esa ciudad, aborda desde un punto vista jurídico-penal una de las aristas poco exploradas sobre la constitución del ayuntamiento y cabildo más antiguos de México y la América continental.1

 

La fundación de la ciudad y puerto de Veracruz hace cinco siglos años ratifica el impacto del Derecho penal en los procesos de evolución e involución social. En este tenor ubicamos al ayuntamiento más antiguo de la América continental, cuyo cabildo fue constituido —en nombre y bajo la autoridad de sus majestades los reyes Juana (la Loca) y su hijo Carlos I de España y Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico— tras el desembarco de Hernán Cortés de Monroy y Pizarro Altamirano en los arenales de chalchihuecan (vocablo que alude a la “diosa indígena del agua”, Chalchiuhtlicue), el 22 de abril de 1519.

Sin lugar a dudas, la fundación de este ayuntamiento resultó un magistral acto jurídico a través del cual el capitán extremeño se posicionó como el gran conquistador de México. Cortés era un hidalgo que en su juventud había cursado algunos estudios de leyes, conocimientos que afianzó al haber trabajado con un escribano en Valladolid. Su espíritu aventurero lo embarcó hacia el Nuevo Mundo, participando en 1511 en la expedición de conquista de Cuba, a cargo de Diego de Velázquez. Las ambiciones concomitantes de ambos personajes hicieron desde siempre su relación muy tensa, como lo evidencia el hecho de que Cortés, designado alcalde de Santiago de Cuba por el propio De Velázquez, a la sazón gobernador de la isla, fue mandado a encarcelar por este mismo.

Realizadas las expediciones de Francisco Hernández de Córdoba (descubridor de Yucatán) y de Juan de Grijalva (hacia las costas yucatecas), a finales de 1518, De Velázquez encomendó al extremeño el mando de una tercera expedición hacia tierra firme, cuyos propósitos eran la búsqueda de náufragos, el rescate de cautivos, comerciar y, claro está, continuar descubriendo las nuevas tierras, pero nunca fundar asentamientos. Daba la desconfianza que el gobernador de Cuba mantenía hacia Cortés, canceló la empresa; a pesar de ello, este último decidió emprender el viaje, zarpando clandestinamente, en febrero de 1519, con 11 barcos y poco más de 600 hombres.

A la luz del ius puniendi, la desobediencia del capitán extremeño encuadraba en un delito de lesa majestad que, juzgado a través de un proceso de corte inquisitorial (en el más puro sentido de dicha expresión), hubiese sido sancionado con pena capital. Cabe recordar que el Derecho penal español de aquella época era muy discrecional y sus punibilidades se agravaban en función de los estamentos sociales. Consciente de esta situación, el conquistador español costeó el litoral del Golfo de México; iniciada la aventura, en su tripulación se formaron dos bandos: los que lo apoyaban y los que seguían siendo leales al gobernador de Cuba (más que nada, temerosos de sus represalias).

Ese descontento propició que Cortés se viese en el dilema de volver a Cuba y enfrentar a la “justicia” de su gobernador, a quien había desobedecido, o bien, desembarcar en tierra firme, avanzar, conquistar e, incluso, poblarla, con lo que incrementaba el número de conductas que le agravarían el castigo por el desacato hacia dicha autoridad. Sabedor de las riquezas que albergaban las nuevas tierras, el extremeño se inclinó por la última opción. El jueves santo de 1519 los conquistadores llegaron al islote de tecpan tlayácac (santuario de Yacatecuhtli, “señor de la nariz”, dios de los mercaderes), que De Grijalva había bautizado como San Juan de Ulúa un año antes, y aparentando acceder a las pretensiones de su bando adverso, su capitán general les ofreció que emprenderían el regreso a Cuba. Para poder continuar con sus planes, Cortés necesitaba romper jurídicamente con la autoridad que ejercía sobre él De Velázquez; para tal efecto, esa misma noche y cual iter criminis realizó los actos preparatorios, confirmando las lealtades de sus oficiales partidarios.

Al día siguiente, viernes 22 de abril, desembarcó frente a las costas del islote en cuestión, donde levantó un campamento militar. Conocedor del Derecho, con fundamento en el “derecho de conquista”, de la bula menor Inter caetera II (otorgada por Alejandro VI a favor de los Reyes Católicos el 4 de mayo de 1493), Cortés erigió, en nombre de sus soberanos, un ayuntamiento; con esta fina obra de ingeniería legal se desligaba del imperium militae del gobernador de Cuba, quedando legitimado para entablar contacto directo con los monarcas hispanos, a quienes, a partir de ese momento, debía rendir cuentas por sus actos de conquista y colonización (de ahí sus Cartas de relación).

Alonso Hernández de Portocarrero (amigo de Cortés) y Francisco de Montejo (leal a De Velázquez) fueron nombrados alcaldes ordinarios del nuevo cabildo. De igual forma se designaron regidores, alguaciles, procurador, tesorero, contador; todos ellos, evidentemente, adeptos a Cortés. Éste, en la primera reunión de dicha comuna, presentó su formal renuncia como capitán general de la expedición realizada “bajo la autoridad” del gobernador De Velázquez, la cual de inmediato fue aceptada y, tras una breve deliberación, el extremeño fue investido como justicia mayor de Veracruz y nuevo capitán general de la expedición, ya bajo la directa autoridad real de la Corona española. Dichos actos quedaron asentados en acta formal (que se considera como la primera acta notarial protocolizada en la América continental), que levantó Diego de Godoy, nombrado, ex officio, escribano real.

Bernal del Díaz del Castillo, en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, reseña el porqué del nombre de Villa Rica de la Vera Cruz. Siguiendo al historiador, discernimos que, a la usanza medieval, el improvisado campamento se erigió como “villa” (asentamiento de menor rango que el de una ciudad) para establecer la ficción de un órgano de gobierno propio, representado en la figura de su cabildo; recibió el calificativo de “rica”, en virtud de los tesoros que el tlatoani Moctezuma mandó a entregar a los conquistadores como seña de buena voluntad. Y, cual apellidos, quedó asentada como “de la Vera Cruz”, porque el desembarco español se efectuó un viernes santo, día en que se rinde tributo a la cruz donde falleció Jesucristo.

Así comenzó a escribirse la historia de una ciudad y puerto que, dada su situación geográfica y sus condiciones climáticas, ha tenido tres asentamientos distintos (de ahí el mote de “Ciudad Vagabunda”). Su actual ubicación corresponde, paradójicamente, al primero de ellos. Desde hace cinco siglos, en Veracruz se ha descorrido el telón de los más importantes aconteceres de la historia nacional. Allí inició la conquista que motiva esta efeméride (1519); allí mismo, Antonio López de Santa Anna proclamó la república como forma de gobierno (1823), y desde ese punto fueron expulsados los españoles que, consumada la independencia, mantenían en San Juan de Ulúa el último reducto colonial (1825). Dado su asiento, en sus costas iniciaron tanto las dos intervenciones francesas (1833 y 1862) como las dos invasiones estadounidenses (1847 y 1914). En sus recintos se expidieron y se promulgaron la mayoría de las Leyes de Reforma del gobierno juarista (1859). Una ciudad cuya infraestructura ha sido idónea para albergar, en dos ocasiones, a la capital de nuestra nación (con Benito Juárez de 1857 a 1859, y con Venustiano Carranza, de 1914 a 1915); el único municipio del país que, por su defensa al suelo patrio de hordas extranjeras, ostenta el título de “Cuatro Veces Heroica”.

Veracruz encuentra en el ius puniendi una de sus células de gravidez; su acto fundacional —una simulación legalizada— fue, a todas luces, un subterfugio del controversial Cortés para salvar su vida e iniciar la conquista. Las acciones que realizó con dicho propósito a la postre lo llevaron a enfrentar un juicio de residencia.

Hoy día, la tierra veracruzana se caracteriza por la alegría que desbordan sus tradiciones, su música y su folclor; evoca las leyendas de piratas; pionera de las redes ferroviales y telegráficas; entre muchas cosas, tiene el café, el periódico, el hotel, el cuerpo de bomberos y el registro civil más antiguos del país; su puerto, otrora principal puerta de entrada y salida de personas y mercaderías (sobre todo durante la llamada carrera de Indias), sigue siendo el más importante del Golfo de México. Veracruz, es un “rinconcito de patria” que, estoy seguro, seguirá teniendo un papel preponderante en el desarrollo de nuestra nación. Felicidades por su quingentésimo aniversario.

 

 


 

 

* Veracruzano. Doctor en ciencias jurídico penales.

1 La fundación de Veracruz ha sido poco explorada desde la óptica del Derecho penal. Este sucinto ensayo presenta una visión particular sobre dicho acontecimiento y, en atención a la estructura de este tipo de textos, omite incluir el sinnúmero de fuentes bibliográficas que lo sustentan.

 

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